Por definición, Dios es auto subsistente, acto puro —en palabras de Santo Tomás—necesario, inmaterial, causa primera de todas las causas, creador de todo lo conocido. Dios está por encima del tiempo y del espacio que son, más bien, dimensiones propias de la materia. En Él no existe pasado ni futuro, sino aquello que los teólogos han llegado a denominar «el eterno presente». Asimismo, Él excede al universo con todas sus galaxias, pues nada puede contenerlo ni estar por encima de Él porque entonces dejaría de ser Dios. Esta definición no es exclusiva del judeocristianismo, sino que es propia del teísmo en general. De hecho, fue creída por muchos filósofos griegos que eran ciertamente paganos. ¿En qué momento entra en escena, entonces, el Dios cristiano? Con el amor. Dios, ese ser estrictamente espiritual, inmaterial, todopoderoso y omnisciente, en un momento de la historia decidió hacerse hombre para la salvación de los hombres. Por amor. Dios decide encarnarse y morir por la humanidad, motivado por el más puro y alto amor. De hecho, no es preciso decirlo así, pues Él no actuó por amor porque tuviera amor, ni porque lo motivara el amor, sino porque Dios mismo es el amor (I Jn 4, 8). «Dios es amor», frase que hoy se ha convertido en un manoseado cliché para justificar nuestras malicias y abusar del perdón divino, la repetimos sin entender lo que realmente significa: Dios es amor. Esto no lo comprenden musulmanes ni judíos, pues su dios es sobre todo un juez y ahí ha permanecido, pero el Dios cristiano no se ha quedado en su trono para impartir justicia, sino que ha descendido para abrir los brazos con el amor de un padre. Él es la manifestación, la plenitud y la naturaleza misma del amor. Si queremos empezar a definir y entender el amor, deberíamos empezar por Dios, así como si queremos entender mejor un lienzo nos convendría más conocer al pintor.