
Jesús lloró.
Hoy el Evangelio nos muestra a un Jesús con el corazón roto, que llora sobre Jerusalén. Llora mientras la contempla, como si mirara no a la ciudad, sino al corazón de cada uno que la habita.
15 de abril








Hoy el Evangelio nos muestra a un Jesús con el corazón roto, que llora sobre Jerusalén. Llora mientras la contempla, como si mirara no a la ciudad, sino al corazón de cada uno que la habita.
Hay gestos que no se olvidan. Gestos que no se explican, pero que lo dicen todo. María de Betania no pronunció palabra. No hizo un discurso. No ofreció consejo. Simplemente se acercó, se postró y derramó todo su perfume sobre los pies del Señor. No fue un gesto útil, ni un servicio necesario. Fue un acto de amor puro, desbordado. Y ese amor, aunque no dijo nada, se quedó. Se impregnó en la carne de Cristo.
En ese momento, seis días antes de la Pascua, Jesús comenzaba a caminar hacia su Pasión. Y ya desde entonces llevaba sobre su cuerpo la fragancia de alguien que lo amó de verdad. El perfume de nardo, tan caro, tan fuerte, tan penetrante, se adhirió a su piel, a sus ropas, a su humanidad. Y ese olor no se fue.
En Getsemaní, cuando sudó sangre, el perfume seguía allí. Cuando Judas lo traicionó con un beso, tal vez ese mismo aroma lo golpeó con dolorosa contradicción. Cuando los soldados lo azotaron, el perfume permanecía. Mientras cargaba la cruz, con el cuerpo ya herido y vencido por el dolor, el amor silencioso de María de Betania seguía hablándole al corazón. Y en la cruz, en la cima del abandono, del escarnio, del sufrimiento, Jesús seguía oliendo a amor.
Ese nardo no era un perfume cualquiera. Era un aceite aromático extremadamente costoso, reservado para momentos únicos: ritos de bodas, preparaciones nupciales, unciones íntimas. Era el perfume que la novia se ponía para su esposo, para el banquete, para la entrega. Así, Jesús, colgado en la cruz, olía como alguien que va entrando a un banquete nupcial. Qué misterio profundo. Ese perfume nupcial revela que el sacrificio del Calvario fue también un matrimonio místico: la entrega total de Cristo, el Esposo, por su Esposa, la Iglesia. El altar de la cruz fue su tálamo nupcial. Su sangre, la dote. Su cuerpo ofrecido, la alianza eterna.
Pero ese perfume también incomodaba. Ese olor dulce, delicado, íntimo, fue también una denuncia silenciosa. A los fríos, a los indiferentes, a los traidores, ese perfume les ardía. ¿Cómo podía haber tanta ternura en medio de tanto odio? ¿Cómo podía un condenado exhalar belleza? El perfume del nardo no se podía ignorar. Era como si Jesús gritara sin palabras: "He sido amado". Y la Palabra vuelve a resonar con fuerza: es el más hermoso de los hombres, incluso en el dolor más inhumano.
Y ahora, la pregunta vuelve a nosotros. ¿Y yo? ¿Llevo el aroma de Cristo? San Pablo lo dice sin rodeos: Somos para Dios el buen olor de Cristo (2 Cor 2,15). Cuando amas sin medida, cuando sirves en lo escondido, cuando permaneces en adoración aunque nadie lo vea, dejas perfume en el cuerpo de Jesús. Un perfume que lo acompaña en su Pasión, en sus sufrientes de hoy, en su Iglesia herida. Y a veces, ese olor será atractivo. Y otras veces, será insoportable para el mundo.
Sé ese perfume. Sé ese gesto gratuito. Sé esa caricia que permanece.
Imagina a Jesús caminando por las calles de Jerusalén. Detente en su olor. No hace falta quedarse cerca de Él para percibirle mejor? No hace falta hacer más caso a ese olor que nos atrae al amor? Entreguémonos como María en Betania. Que nuestro amor se quede con Él durante estos días de dolor. Y que permanezcamos cerca, muy cerca de su perfume.
Oración final Jesús, amado nuestro... Repleto de heridas, pero todavía oloroso de amor, recibe hoy nuestro perfume. Tómalo. Hazlo tuyo.
Y que nunca se evapore.
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