Dios me ha preferido

- reflexiones del Evangelio -

Dios me ha preferido

reflexiones del Evangelio

Ayer, mientras escuchaba misa como todos los domingos, tuve una cercanía especial con la homilía. Cuando terminó y después de meditar un momento en mi corazón, pensé que me gustaría mucho compartirla con ustedes. Emplearé las palabras dichas por el Padre Alonso Yap durante la Misa, para comentarlas brevemente.

Primero es importante recordar que la parábola del Evangelio es aquella del dueño de la viña que paga a todos los trabajadores un denario, aunque algunos trabajaron el día entero y otros trabajaron una hora (Mateo 20, 1-16). Es aquel Evangelio que hemos escuchado muchas veces terminando con este versículo: “Así, los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos”.

Es importante, primero, entender a fondo el significado de esta parábola empleada por Cristo. Sobre eso, el Padre Alonso decía lo siguiente: “Para comprender el sentido de la parábola en toda su profundidad, es importante tener presente lo siguiente: en la época de Cristo, los fariseos y escribas se creían más que los demás porque habían sido durante más tiempo fieles a Dios. La opción de ser escriba o fariseo se tomaba en la niñez, era casi una tradición familiar serlo. Estos niños, ya en la edad adulta, después de haber sido educados en las Sagradas Escrituras, de haber cumplido puntualmente el pago de los impuestos, después de haber observado con detenimiento la Ley de Dios, concluían que habían trabajado mucho. Podemos identificar fácilmente a estos fariseos y a estos escribas con los jornaleros del primer turno: aquellos que trabajaron en la viña la jornada entera. Y claro, miraban con desprecio a toda la gente que andaba con Cristo: campesinos, pescadores, cobradores de impuestos y prostitutas, que recién se habían convertido y comenzaban a perseverar en una vida de fe después de una vida disipada. Podemos identificar fácilmente a estos últimos con los jornaleros que son llamados a última hora a trabajar a la viña. Por tanto, Cristo, con esta parábola, quiere romper esa idea errónea de los fariseos, quienes creían que tenían más derechos que los demás porque habían trabajado mucho más tiempo en la viña del Señor. Este pensamiento erróneo, uno podría concluir, que no se da en la Iglesia de Cristo. ¡Pero si se da! Es algo a lo que, permanentemente, vuelve nuestro corazón egoísta. ¡No, hermanos! Si alguien vuelve a la fe, alejándose de las tinieblas, ¡seamos luz!

Una vez dicho esto, quiero hacer dos aplicaciones:

«El Evangelio es exigente, sí, pero agradezco el que Cristo me haya llamado a trabajar en su viña.»

En primer lugar, el dueño de la viña no fue injusto en lo absoluto con los jornaleros: pagó a cada uno lo que había prometido. Pero es correcto señalar que con unos fue “justo” y con otros fue “justo y algo más”. Claro, la pregunta a continuación es: ¿Cómo quieres que Dios te trate, con justicia o con justicia y algo más? Si tú te acercas a Dios hablándole en el lenguaje de la justicia, de los contratos, vas a salir perdiendo. Recuerda aquello que dice el Salmo 130: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¡quién podrá resistir!” Si te acercas a Cristo con el lenguaje de los contratos, Él te dirá: “Muy bien, toma asiento y hagamos cuentas”. Y siempre, después de hacer cuentas con Cristo, es uno el que sale perdiendo. ¿Por qué? Porque Cristo te dirá, como a los jornaleros que reclamaban: “Muy bien, toma tu denario y vete. Aléjate de mi”. Este tipo de personas se olvidan que todo es don, que todo es regalo: tu conversión, tu sabiduría, tu inteligencia, tus capacidades humanas e incluso tu prosperidad económica, todo es un don de Dios. Hermanos, a Cristo no hay que acercarnos con el lenguaje de los contratos, sino con el lenguaje de la súplica, de la humildad, de la confianza, diciéndole: “Señor, gracias por todo y ten piedad por aquello que hemos hecho con lo que no te hemos agradado”.

En segundo lugar, mencionar que la parábola nos presenta dos maneras de vivir la fe. La primera es ver la fe y la vivencia de la religión como una carga, como algo pesado. ¡Cuántas veces vivimos nuestra fe de esa manera! En la Santa Misa estamos más pendientes de la hora en que termina, que de aquello que se celebra y acontece en ese momento. Asistimos a la Santa Misa como si tuviéramos que pagarle algo a Dios y luego reclamamos que Él nos pague de vuelta ese pequeño esfuerzo. Siempre todo medido con con Dios: mido mi tiempo, mi talento, mi limosna. Y obviamente si llevo cuentas, la religión termina siendo una carga.

La segunda forma de ver la religión, que es aquella que presenta la parábola, es la correcta. No fijarnos tanto en el reloj, no fijarnos tanto en el sol abrazador del día, ¡porque sí! Es verdad, la fe cristiana es exigente, pero no hagamos caso a la exigencia, mas bien, en lo que hay que fijarnos, es en la posibilidad de poder afirmar al final del día: ¡Sí! Hoy pasé tiempo en la viña del Señor, hoy gocé de la amistad de Cristo. Hoy Dios me prefirió.

 

A veces los jóvenes vienen a mí y me dicen: “Padre, ¡qué difícil permanecer en el camino! ¡Qué difícil ser coherentes! Quisiera no haber aprendido tanto acerca de Dios y la religión. Sería más libre”. Yo siempre les respondo: “Que oscura y vacía sería tu vida sin Dios. Que oscura estaría tu alma. Caminarías sin horizonte y lo peor es que no te darías cuenta”. Recordemos que los santos nos invitan, día a día, a agradecer y vivir en la presencia de Dios. San Francisco de Asis decía: Deus meus et omnia”. Mi Dios y mi todo. En Cristo lo tengo absolutamente todo. El Evangelio es exigente, sí, pero agradezco el que Cristo me haya llamado a trabajar en su viña, a gozar de su amistad, que me haya preferido, que me haya visto con ojos de bondad y misericordia. Vivamos esta dimensión de la religión, que es la verdadera, y demos gracias a Dios todos los días por nuestra fe católica.

 

Que así sea”.

 

– Padre Alonso Yap (P.E.S)

 

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