Dios, no tengo ganas

Por Mike

Hace poco tuve la oportunidad de experimentar un retiro espiritual donde meditamos sobre los pecados capitales. Si bien hay muchas cosas que me he llevado, hoy me gustaría compartir con ustedes una pequeña reflexión sobre el pecado de la pereza. 

El desánimo por la vida espiritual es conocido como acedia. Es decir, el no querer hacer oración o hacerla superficialmente; el relajar nuestra conciencia; e incluso el pensar en abandonar la vida espiritual pensando que nuestros esfuerzos son en vano. Creo que muchas veces nosotros pensamos que podemos combatir la pereza meramente con nuestra fuerza de voluntad. Sin embargo, lo que más me impactó de esta charla, y en lo que me gustaría meditar con ustedes hoy, es el combatir la acedia sabiendo que verdaderamente somos elegidos y enviados por Dios. 

Cuando nosotros sabemos que hemos sido elegidos por Dios para una misión, sabemos que nuestros esfuerzos van orientados hacia un propósito concreto. De esta forma, es menos probable que nos desmotivemos. 

Pero, ¿qué implica el saberse escogido y enviado? ¿Qué ocurre con aquellos de nosotros que quizás aún no tenemos muy claro qué es lo que Dios nos pide? Lo que debemos hacer en este caso es saber que, por más que aún no conozcamos lo que Dios tiene preparado para nosotros, el haber sido elegidos para conocerlo a Él es una misión en si misma. 

Cada uno de nosotros ha sido creado por Dios, quien nos ha llamado por nuestro nombre. Pero, como católicos, debemos ser aún más conscientes de nuestro llamado particular. Habiendo tantas personas, probablemente muchas de ellas más virtuosas que nosotros, Jesús ha decidido elegirte a ti particularmente para que lo conozcas. ¿Cuántas personas jamás tendrán ese regalo inmerecido en su vida? Por eso, por más que no sepamos aún cuál es nuestra misión personal, debería bastar para nosotros el saber que fuimos elegidos por el Amor de los amores. 

Junto con el gran regalo que es el haber sido elegidos para conocer a Jesús, debemos también ser conscientes de la gran responsabilidad que esto conlleva. Al sabernos amados, debemos corresponder a ese amor. No buscando saldar una deuda o haciéndolo por obligación, sino porque su amor nos mueve a amarlo. Porque Él nos amó primero, y hasta el extremo. 

Tenemos también el deber de sabernos elegidos para ser apóstoles. Pidámosle a Dios que nos de celo por las almas, para poder acercarlas a todas de Él. Para que conozcan al primer y único Amor. 

De esta manera, teniendo en claro nuestra misión, y sabiéndonos escogidos por Dios, podremos vencer la pereza espiritual. Porque al saber que trabajamos para un propósito, y que no somos nosotros quienes lo elegimos, sino que Él nos eligió, podremos encontrar los ánimos que muchas veces nos hacen falta.

Por Mike

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