Serie: Demostrando la existencia de Dios

El argumento de la contingencia: La tercera vía de Santo Tomás de Aquino

Por Mauricio Briceño

Serie: Demostrando la existencia de Dios

El argumento de la contingencia:

La tercera vía de Santo Tomás de Aquino

por Mauricio Briceño

En el artículo El argumento de la causalidad, se afirmó que unos de los argumentos teístas más sólidos para demostrar la existencia de Dios son las cinco vías de Santo Tomás de Aquino. Asimismo, se explicó cuál el proceso lógico-deductivo que comparten, con el cual se concluye la afirmación «Dios existe». En este artículo, se explicará la tercera de estas vías, conocida como el argumento de la contingencia (1), que ha sido entendida como la vía más directa.

Otra objeción atea afirma que efectivamente en la realidad deben existir seres necesarios, los cuales funcionan como una «roca madre» ontológica de todo lo existente, pero niega la necesidad de acudir al «especial» Ser Subsistente que se identifica con Dios. Estos seres necesarios podrían ser elementos físicos como partículas aún no descubiertas.

Las premisas del argumento son las siguientes (2):

1. Es evidente, por nuestra experiencia, que existen cosas que pueden existir o no, es decir, que son contingentes.
2. Un ser contingente depende de otro ser para existir, no existe por sí mismo.

3. Si se asume que todos los seres que existen en la realidad son contingentes, sucederá que un ser dependerá de otro ser contingente, y este último de otro ser contingente, así sucesivamente. Esta serie no puede continuar indefinidamente, puesto que una cadena infinita de dependencia de seres contingentes es una idea absurda. Entonces, es necesario que exista al menos un ser no-contingente, es decir, cuya existencia es necesaria. Este ser corresponde con la definición del Ser Subsistente.

4. Este Ser Subsistente, el cual constituye el fundamento último de los demás seres contingentes, es Dios.

5. Conclusión, Dios existe.

Expliquemos de manera más comprensible cada premisa. La premisa 1 narra que es evidente para cualquier ser humano, creyente o ateo, la existencia de seres que tienen la posibilidad de existir o no. Esto es comprobable empíricamente cuando estos seres comienzan o terminan de existir. Pensemos en nosotros, hemos comenzado a existir en el momento de nuestra concepción y dejamos de existir en el momento de nuestra muerte. Pensemos en los planetas de nuestro sistema solar, comenzaron a existir a partir de la reunión de materia de una nebulosa y cesarán de existir cuando un objeto los destruya, por ejemplo, cuando el sol se convierta en una gigante roja y, en su proceso de expansión, «absorba» a los planetas más cercanos a él. Incluso también el universo es contingente en esencia. En los artículos El argumento cosmológico Kalam y El argumento de la causalidad, se explica que científicamente es razonable afirmar que el universo tuvo un inicio en el Big Bang y que, incluso este no fuera el caso, de acuerdo al teorema Burde-Guth-Vilenkin (3), el universo igualmente contaría con un límite espacio-temporal en el pasado y, por tanto, tiene un inicio. Asimismo, se narra que científicamente el universo también cuenta con un final: una «muerte térmica» ocasionada por la segunda ley de la termodinámica o la ley de la entropía.

La premisa 2 afirma que un ser contingente existe en virtud de otro ser. Como un ser contingente puede o no existir, entonces implica que en sí mismo, en su propia naturaleza o esencia, no tiene la base o motivo de su existencia, porque, de lo contrario, este ser existiría necesariamente y desde siempre, lo cual contradice nuestra experiencia sensible según la premisa 1. La naturaleza de un ser contingente, por tanto, no incluye o presupone la existencia de dicho ser. Por ejemplo, mi naturaleza humana describe que soy un animal racional, pero ello no concluye que yo, un miembro único de dicha especie humana, exista. Esto es más evidente en el caso de seres imaginarios: sabemos «cómo es» un unicornio, es decir, conocemos su naturaleza o esencia, pero ello no implica que el unicornio exista en la realidad. Por tanto, dado que un ser contingente no tiene la explicación de su existencia en sí mismo, en su naturaleza o esencia, este tiene que ser dotado de existencia por otro ser, depende de otro ser.

Como los seres contingentes dependen de otros, la premisa 3 deduce, por tanto, que existe una serie de dependencia de seres: una cadena de dependencia ontológica. Yo, por ejemplo, dependo de mis miembros, como brazos o piernas. Estos dependen de sus tejidos. Los últimos dependen de células, las cuales dependen de microestructuras biológicas, que están compuestas de moléculas, etc. Cada ser anterior en dicha serie otorga la base de la existencia del ser siguiente. En el mismo ejemplo, el conjunto ordenado de células da un tejido y el conjunto ordenado de tejidos da un miembro. Sin embargo, esta cadena de dependencia jerárquica no puede prolongarse indefinidamente hacia atrás, puesto que implicaría que únicamente existen «seres intermedios» contingentes. Y si esto es así, ¿por qué existe algo en lugar de nada, si es que ninguno de estos seres tiene existencia necesaria? ¿Por qué hay un efecto final que procede únicamente de seres que no existen por sí mismos? Pensemos en la cadena de dependencia ontológica como una cadena de hierro que llega desde las nubes hasta la tierra. Naturalmente notamos que ningún eslabón tiene la capacidad de «permanecer colgado» en el aire por sí mismo, por lo contrario, vemos que el último eslabón está colgando del eslabón anterior y así sucesivamente. Entonces, ¿es racional afirmar que la cadena de hierro se extiende infinitamente y no cuelga finalmente de nada? Pues, no. Si la cadena de hierro permanece colgada, entonces, en el inicio de la serie, la cadena debe «estar fijada» en algún lugar que lo sostenga. De manera similar, para que exista un efecto final en nuestra experiencia, la cadena de dependencia ontológica debe «fijar» su existencia en un ser que no sea contingente, es decir, un ser cuya existencia sea necesaria. Este ser, por tanto, debe existir por sí mismo, por su naturaleza o esencia, y no depende de otros seres para existir. Esta es la definición del Ser Subsistente.

La premisa 4 identifica al Ser Subsistente con Dios. Invitamos al lector a revisar el artículo Entendiendo racionalmente los atributos de Dios, en el cual definimos justamente a Dios como el Ser Subsistente. A diferencia de otras vías, esta premisa del argumento de la contingencia es deducida inmediatamente. En la segunda vía se concluyó la existencia de una Primera Causa, pero en esta se concluye directamente la existencia del Ser Subsistente.

Conclusión: si en un razonamiento deductivo las premisas son verdaderas y el proceso deductivo es válido, la conclusión a la cual se llega es necesaria. Y no aceptar la conclusión sería irracional. Por tanto, Dios existe.

A la tercera vía le han sido planteadas algunas objeciones. En primer lugar, contamos con aquellas similares a las objeciones de la segunda vía. En estos casos, se puede responder según las soluciones del artículo anterior El argumento de la causalidad. Sin embargo, agregaremos un comentario respecto a la siguiente objeción: «Si bien cada ser es contingente, el universo en su conjunto no lo es». En la explicación de la premisa 1, se concluye científicamente que el universo es contingente, pues tuvo un inicio y tendrá un final. Esto ya responde la objeción, pero es necesario notar que la contingencia del universo no afecta la tercera vía tomista. Incluso aunque el universo sea eterno, es un hecho que los seres que lo componen existen aquí y ahora, e igualmente es necesario, por tanto, un Ser Subsistente en el presente. Recordemos que se ha argumentado esencialmente según una cadena de dependencia jerárquica, es decir, de una cadena de dependencia que existe en este instante, independientemente del pasado. Es por ello que se dio el ejemplo del hombre, miembros, tejidos y demás: esta serie no es una serie temporal, sino es una serie lógica que existe en cada instante. En ese sentido, el Ser Subsistente sostiene la existencia de los demás seres en este momento, no únicamente en el pasado. En conclusión, estas objeciones no son efectivas.

Otra objeción atea afirma que efectivamente en la realidad deben existir seres necesarios, los cuales funcionan como una «roca madre» ontológica de todo lo existente, pero niega la necesidad de acudir al «especial» Ser Subsistente que se identifica con Dios. Estos seres necesarios podrían ser elementos físicos como partículas aún no descubiertas. A esto hay que decir que, respecto a un ser necesario, su naturaleza o esencia es existir o ser, puesto que su existencia no la deriva de otro, sino de sí mismo. Su esencia se corresponde con su existencia, su esencia es ser. Posee, entonces, el ser plena y perfectamente. Si existen al menos dos seres necesarios (llamémosles ser A y ser B) entonces, deberían tener, al mismo tiempo, el ser en plenitud y además un elemento diferenciador, puesto que ambos seres, como son distintos, deben tener «algo» que los diferencie. Si en el ser necesario A, este «algo» constituye un tipo de privación, entonces ya no poseería la plenitud y perfección del ser. Y si en el ser necesario A, este «algo» constituye un tipo de perfección, entonces el ser B no la tendría y ahora este no poseería la plenitud y perfección del ser. Por tanto, de existir seres necesarios, solamente puede existir uno. Asimismo, es necesario notar que este ser necesario no puede ser un ser físico, debe ser inmaterial o espiritual. Esto es así, debido a que lo material es limitado y finito, pero, como se demostró en el artículo Entendiendo racionalmente los atributos de Dios, el Ser Subsistente es ilimitado e infinito. Además, según allí fue argumentado, el Ser Subsistente es omnisciente y personal, y la materia por sí misma no es un principio de inteligencia o personalidad. Por tanto, esta objeción no es efectiva.

Otra objeción afirma que esta cadena de dependencia podría ser, en realidad, una cadena circular o cíclica, en la cual no es necesario postular la existencia del Ser Subsistente puesto que los seres contingentes mismos se dan continuamente la existencia unos a otros. Como explica Dante Urbina (4), el problema de la existencia es esencialmente uno de contenido y no de forma. Es decir, lo determinante en la argumentación no es distinguir la linealidad o circularidad ontológica, sino la absoluta imposibilidad de que únicamente los seres contingentes puedan ofrecer el fundamento último de la realidad. Aunque se reúnan todos los seres contingentes y se les agrupe de distintas maneras, será imposible que se obtenga un ser necesario o un conjunto de seres necesario. Similarmente, si se reúnen a todos los ciegos existentes, nunca tendremos a uno que vea o, aunque se sumen todos los ceros, no tendremos de resultado un número positivo. Lo máximo que puede conseguirse con una dependencia circular es explicar cómo se transfiere la existencia entre los seres, pero no explica por qué existen en primer lugar. Por tanto, objeciones semejantes a esta, como la que planteó el renombrado filósofo ateo Graham Oppy (5) no son efectivas. 

La tercera vía cuenta con un proceso deductivo semejante a la segunda, no obstante, también constituye una vía sólida de la existencia de Dios. En el contenido próximo, se continuarán empleando las vías tomistas para evidenciar que la posición teísta o del creyente es la más racional.

1

Considerable contenido del artículo es narrado según Dante Urbina, ¿Dios existe?, part. 2, cap. 3.

2

Si bien la tercera vía está presente en la Suma Teológica, la argumentación está formulada según Santo Tomás de Aquino, Summa Contra Gentiles, I, 15.

3

Arvind Borde, Alan Guth y Alexander Vilenkin, “Inflationary Space-Times are Incompleted in Past Directions”, Physical Review Letters, n° 90, 2003, pp. 151-301.

4

 Dante Urbina, ¿Dios existe?, part. 2, cap. 3, obj. 2.

5

Graham Oppy, Arguing About Gods, Cambride University Press, New York, 2006, p. 105.

Por Mauricio Briceño

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