Fe y Razón

¿amigas o enemigas?

por Mauricio Briceño

Fe y Razón

¿amigas o enemigas?

Actualmente, en nuestra sociedad occidental, vivimos tocados de constantes prejuicios y malinterpretaciones de la fe. Uno de los principales errores nocivos es la creencia de que fe y razón viven en una constante contradicción o, peor aún, en una enemistad.

Hay quienes afirman que la fe es un conjunto de creencias mitológicas o mágicas, semejantes a un cuento de hadas, que es una narrativa precientífica. Según ellos, la fe es propia de los ingenuos, aquellos temerosos de la muerte, de los no modernos, o de los no iluminados por la razón. Por ello, afirmarían que la subsistencia de la fe es un hecho trágico en la humanidad y que esta debe ser superada para la realización auténtica del hombre. Estas afirmaciones que presenciamos hoy, las cuales anulan la fe ante la razón, se han desarrollado y fortalecido en un proceso histórico cuyo origen se ubica en la Edad Moderna. En el siglo XVIII, los iluministas franceses desarrollaron el racionalismo, que afirmó que únicamente la razón es la fuente y medida de toda verdad que puede conocerse, negando la fe como medio de conocimiento. En el siglo XIX, surgió el materialismo dialéctico, base de la ideología comunista de Marx; este afirmó que el hombre es un ser únicamente material, negando su dimensión espiritual, e intentó resolver el problema del hombre únicamente enfocándose en sus relaciones sociales. En el siglo XX, observamos al positivismo, que afirmó que las únicas verdades válidas son aquellas que pueden ser probadas mediante el método científico, excluyendo a verdades centrales de la religión cristiana.

En el otro extremo de la tesis de enemistad entre fe y razón, se sitúa el fideísmo. Este afirmaría que la razón no puede obtener la noción de Dios por sí misma, ni la certeza de su existencia, ni es capaz de deducir verdades sobre la moral: estos conocimientos solo podrían alcanzarse por medio de la fe. Este pensamiento se encuentra mayormente en el protestantismo o en sectas cuasi cristianas. El fundador de la primera denominación protestante, Martín Lutero, afirmó que la razón de ningún modo puede iluminar los asuntos de la fe, que razón y fe se oponen directamente, e incluso llegó a afirmar radicalmente que «la razón es la prostituta del diablo¹».

Antes de evaluar la verdadera relación entre fe y razón, definamos ambos términos. La razón es una facultad propia del ser humano, una forma de conocimiento, que parte de nuestra experiencia sensible o física de la realidad y elabora conceptos abstractos para comprenderla. Es decir, con nuestros sentidos vemos, escuchamos y tocamos el mundo, y con nuestra razón lo vamos comprendiendo a profundidad. Por ejemplo, con nuestras manos nos podemos percatar que el agua moja, pero a través de nuestra razón conocemos sus características químicas y físicas, notamos que es necesaria para la subsistencia de los seres vivos, e incluso ideamos aplicaciones de esta en nuestras labores cotidianas y en la industria. Asimismo, la razón es capaz de analizar los conceptos abstractos y establecer relaciones entre estos, lo cual sucede en las matemáticas y en la lógica, comprendiendo sus principios. La fe es, ante todo, una adhesión personal del hombre a Dios, y es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda verdad que Él ha revelado ². Dios, quien «habita en una luz inaccesible» (1 Tim 6, 16), deseó manifestarse al hombre y lo realizó gradualmente, primero, a través de los profetas y, de manera perfecta, en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo (Hb 1, 1-2)³. A aquello, a esta manifestación de Dios al hombre, le denominamos revelación divina o revelación sobrenatural. El libre asentimiento a esta revelación, entonces, conforma la fe. Además, dado que «nadie puede decir “Jesús es Señor” sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12, 3), la fe, aparte de ser un acto auténticamente humano, es también un don gratuito, es una gracia proveniente de Dios mismo. (4) En ese sentido, Jesús le diría a Pedro, cuando este afirmó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que aquello «no se lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17).

«Hemos explicado la necesidad y conveniencia de la fe. Pero, ¿de cuál fe? ¿Qué religión puede afirmar con certeza que es la verdadera? ¿Cuál cuenta con la auténtica revelación de Dios?»

Habiendo definido fe y razón, se debe llegar a la conclusión que estas no pueden contradecirse en esencia, puesto que sus objetos de conocimiento son esencialmente distintos: el de la razón es la realidad natural y el de la fe, la realidad sobrenatural. Intentar contraponer en sustancia a la fe y la razón sería intentar contraponer, por ejemplo, a la biología y la física. Asimismo, Dios es la fuente y sustento de toda la realidad, Él es el origen de la luz de la razón, de la revelación divina y de la luz de la fe. Dado que ambas, fe y razón, proceden de Dios y, debido a que la verdad es una, entonces, no pueden contradecirse, porque Dios no puede contradecirse a sí mismo (5). ¿Qué sucederá, por tanto, si creemos que hallamos una contradicción entre la fe y la razón en algún asunto? Ello significa que la contradicción existe únicamente en nuestro intelecto: o nuestro razonamiento es incorrecto o, de alguna manera, estamos malinterpretando las verdades de la fe. Nuestra labor como cristianos será descubrir cómo encajan ambas armoniosamente.

Sin embargo, el hecho de que ambas no entren en verdadera contradicción, no significa que solamente guardan una relación de independencia. Estas guardan una relación de complementariedad. Dado que la verdad que busca el hombre se encuentra en la realidad y esta está compuesta de elementos naturales (el cosmos, la naturaleza y el hombre) y sobrenaturales (Dios), es necesario que en esta búsqueda se apoye tanto de la razón como de la fe. Así, San Juan Pablo II afirmaría, en su encíclica Fides et Ratio, que ambas son como «dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». Asimismo, esta relación de complementariedad es estrecha, dado que la razón también puede dar certeza de la existencia de la realidad sobrenatural y ciertas características de esta. Por ejemplo, a partir de la reflexión sobre la estructura del mundo, su orden y belleza, se puede concluir y reconocer a Dios como origen y fin del universo. (6)  Así, San Pablo afirmaría que Dios se ha manifestado a los no cristianos, desde la creación del mundo, a través de sus obras, así les ha mostrado su poder eterno y su divinidad (Rom 1, 19-20). De manera similar, el autor del libro de Sabiduría afirmaría que a través de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Creador (Sb 13, 5). En ese mismo espíritu, Santo Tomás de Aquino diseñó cinco argumentos, conocidos famosamente como las cinco vías (7), que parten de conocimiento evidente para todo ser humano, creyente y no creyente, y, con un método lógico-deductivo, concluyen necesariamente la existencia de Dios. Por otra parte, también se puede obtener certeza de la existencia de la realidad sobrenatural a través de la reflexión sobre la naturaleza del mismo hombre: ¿de dónde proviene su sentido del bien moral, su libertad y su conciencia, su aspiración al infinito? En estas características suyas, el hombre puede percibir signos de su alma espiritual, que es la semilla de eternidad que él lleva en sí mismo, lo cual es irreductible a la sola materia. (8) Estas vías de la razón a lo sobrenatural nos muestran que el hombre de manera natural puede alcanzar conocimiento del Dios personal y ciertos atributos suyos, como su ser creador, eterno e inmaterial. Ello reafirma la tesis de complementariedad entre fe y razón y nota de manera explícita que la razón no se opone a la fe.  

No obstante, la razón tiene sus límites, dado que el hombre y sus facultades son finitas. Si el hombre desea conocer a Dios como Él es, en su intimidad, requerirá de la asistencia de Él mismo. Dios tendrá que revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe dicha revelación (9). Lo anterior también nos sucede de manera cotidiana en nuestras relaciones humanas. Imaginemos que deseamos conocer a Juan Pérez. Podríamos investigar su currículum, sus redes sociales y lo que otros dicen de él. Sin embargo, si deseamos conocerlo realmente, conocer su interior, es necesario que conversemos con él y confiemos en sus palabras, que seamos su amigo. Dios, pues, toma iniciativa y se nos revela en su Hijo, quien nos «da a conocer lo que ha oído del Padre» con una confianza propia de los «amigos» (Jn 15, 15). El hombre, por tanto, requiere de la fe y no solo de la razón para conocer a Dios plenamente. Esta precisión es necesaria para reivindicar el rol de la fe ante quienes buscan a Dios con su intelecto, pero que lo hacen excluyendo la revelación cristiana. Además, sin la fe, ciertas verdades alcanzables sobre Dios serían conocidas únicamente por pocos, luego de continuo y profundo razonamiento, y con gran riesgo de error, lo cual no sería acorde con el amor de Dios, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 4). Mediante la fe, Dios hace capaz a cada hombre, incluyendo a «los pequeños», de conocerle (Mt 11, 25). Por último y sumado a la dificultad anterior, en el camino racional de la búsqueda de la verdad y de Dios, el hombre podría distraerse y atender única o principalmente a la satisfacción de sus placeres, imposibilitando su profundización en la sabiduría humana. San Pablo, en ese sentido, explicó que los no cristianos, a pesar de contar con vías racionales del conocimiento de Dios, a causa del pecado, «se ofuscaron en sus razonamientos» y se orientaron a lo falso (Rom 1, 21-22). En suma, ante estas dificultades intelectuales y morales del hombre y la necesidad de la asistencia de la fe para el conocimiento de Dios, el autor del libro de Proverbios coincidiría: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría» (Pr 1, 7; Si 1, 14).

Hemos explicado la necesidad y conveniencia de la fe. Pero, ¿de cuál fe? ¿Qué religión puede afirmar con certeza que es la verdadera? ¿Cuál cuenta con la auténtica revelación de Dios? Algunos no creyentes afirmarían erróneamente que, dado que la fe es creer sin evidencia, daría igual creer en Zeus, en Buda o en Jesucristo: la fe sería tan arbitraria como lanzar los dados y tan subjetiva como nuestro color favorito. A ello debemos afirmar que la fe cristiana es eminentemente racional. El Dios cristiano, al revelarse, no pide abandonar nuestra razón, sino que la ayuda a creer dándonos signos de credibilidad, los cuales garantizan la racionalidad de aceptar la fe cristiana. Por ejemplo, nos ha dado los milagros de Jesús y su Resurrección, los cuales han sido observados públicamente por muchos. Observemos también el férreo testimonio de los apóstoles y los primeros discípulos, que, a pesar de que sabían que serían martirizados por su fe, no renegaron de esta, ni se arrepintieron de su predicación. Asimismo, notemos la improbable y milagrosa expansión del cristianismo y la existencia duradera de la Iglesia a través de veinte siglos, manteniendo una increíble unidad y consistencia de enseñanzas: ¿qué institución humana, conformada por hombres falibles y enfrentada a tantas amenazas políticas, militares, culturales y religiosas podría continuar existiendo en la actualidad si no es con la ayuda del Todopoderoso? El trabajo de la apologética será precisamente este, el de mostrarnos, a través de argumentos como estos, los signos de credibilidad y confirmar que la fe cristiana es racional.

En conclusión, mostrando la no contradicción, complementariedad y necesidad mutua de fe y razón, y la racionalidad de la fe cristiana, podemos afirmar con seguridad que nuestra fe y nuestra razón no guardan enemistad, sino que son verdaderas amigas. Elevémonos, pues, con ambas, a la contemplación de la verdad.

1

 Martín Lutero, Weimarer Ausgabe, XVIII, 164, 24-27 (1524-1525)

2

 Catecismo de la Iglesia Católica, 150

3

Ibid, 52-53

4

 Ibid, 153

5

 Ibid, 159

6

 Ibid, 32

7

Estas vías están escritas en la Summa Theologiae o Suma Teológica de Santo Tomás. Estas cinco parten respectivamente del conocimiento de la existencia del movimiento, el orden de las causas y efectos, la existencia de seres contingentes, la existencia de los grados de perfección en los seres y el orden del universo.

8

 Catecismo de la Iglesia Católica, 33

9

 Ibid, 35

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