Serie: Apologética Cristiana

La milagrosa expansión del cristianismo

Por Mauricio Briceño

Serie: Apologética Cristiana

La milagrosa expansión del cristianismo

por Mauricio Briceño

Una vía para demostrar la veracidad de la religión cristiana se titula «el argumento de la milagrosa expansión del cristianismo». Esta es enunciada en su forma contemporánea por D. Urbina (1), y analiza el carácter milagroso del establecimiento del cristianismo y su increíble expansión en los primeros siglos de nuestra era. Su estructura es la siguiente:

1. Si una religión exhibe singularmente una clara «ayuda divina» en su expansión inicial, debe ser la religión verdadera.

2. Teniendo prácticamente todo en su contra desde el punto de vista humano, el cristianismo logró una rápida e impresionante expansión inicial.

3. La explicación más razonable para esto es una ayuda divina especial.

4. Luego, el cristianismo es la religión verdadera.

En artículos anteriores, se concluyó racionalmente que la Resurrección de Jesús fue real y, en consecuencia, que el cristianismo es verdadero. Esto es así debido a que la Resurrección es un milagro, el más magnífico y sublime, y, como los milagros son muestra del actuar sobrenatural y divino, la Resurrección fue deseada y ejecutada por Dios mismo. Y como Dios obró en la Resurrección, confirmó la doctrina de Jesucristo, demostrando que lo dicho por él fue verdadero. Este razonamiento, que parte del hecho milagroso y concluye en la validez de la religión, es también aplicable a otro milagro, el cual exponemos en el presente artículo: la expansión de la religión cristiana. Pues, si la continua expansión de una religión tiene un carácter milagroso, es razonable creer que su origen no es humano o natural, sino lo contrario, divino y sobrenatural. Y, siendo este su origen, es, por tanto, la religión deseada por Dios, quien la ha creado con el objetivo de reestablecer su relación con el hombre. En conclusión, esta sería la única religión verdadera. Curiosamente, la primera formulación de este argumento es recogida en las Escrituras: fue dada por un fariseo, Gamaliel, «doctor de la ley, un hombre con prestigio ante todo el pueblo» (Hechos 5, 34), el cual, cuando trajeron a Pedro y a los apóstoles ante el Sanedrín, dijo sabiamente: «Israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. Lo digo porque hace algún tiempo se presentó Teudas, que pretendía ser alguien y al que siguieron unos cuatrocientos hombres. Pero, una vez muerto, todos los que le seguían se dispersaron; y la cosa quedó en nada. Después de este, en los días del empadronamiento, se presentó Judas el galileo, que arrastró al pueblo en pos de sí; también este pereció y todos los que le habían seguido se dispersaron. Ahora, pues, os digo: Desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si este plan o esta obra es de los hombres, fracasará; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirlos. A ver si a la postre os vais a encontrar luchando contra Dios» (Hechos 5, 35-39). De esta manera, puede comprenderse la primera premisa de la vía.

La segunda premisa expone dos hechos históricos: primero, la inmensa dificultad que tuvieron los primeros cristianos en expandir su religión y, segundo, en que, a pesar de ello, lograron propagarla rápidamente.

«Pero en el caso de los cristianos, el Senado romano, los emperadores contemporáneos, el ejército, el pueblo y los familiares de los creyentes lucharon contra el Evangelio y lo habrían obstaculizado; y habría sido derrotado por la fuerza combinada de tantos, a menos que hubiera vencido y superado la oposición por el poder divino, de modo que haya conquistado el mundo entero que conspiraba contra él».

La primera dificultad fue dada por la sociedad judía. Cuando el cristianismo intentó propagarse en la Judea del siglo I, encontró una fuerte resistencia de los judíos, quienes creían únicamente en la ley de Moisés y no en la doctrina de Jesús (Juan 1, 17; 5, 46-47; 9, 28-29), que, además, esperaban que el Mesías haga de ellos la nación más poderosa y gloriosa en términos humanos (Daniel 7, 13-14), lo cual no era compatible con el auténtico significado de ello dado por el Mesías (Juan 18, 36) y con la enseñanza cristiana sobre la predicación a las demás naciones (Hechos 13, 45-48; Mateo 16, 15). Si dicha sociedad fue quien crucificó al líder del cristianismo, qué no podría esperarse que cometieran con sus seguidores (Mateo 10, 24-25), los cuales fueron continuamente enjuiciados (Hechos 5, 27-28.40; 25, 2.7), encarcelados (Hechos 5, 17-18; 24, 27), perseguidos (Hechos 9, 50; 17, 5-7.13; 18, 12-13.17; 20, 3.19; 21, 27-28) y asesinados por ellos (Hechos 5, 33; 7, 57-60; 9, 23-25; 14, 5.19; 21, 36; 22, 22; 23, 12-15). La segunda dificultad fue dada por la sociedad pagana del Imperio romano, durante los tres primeros siglos de nuestra era. El paganismo romano era politeísta, reinó durante siglos anteriores a la aparición del cristianismo (representando la religión de los antepasados), estaba presente en todos los actos de la vida pública y privada, y era sostenida por todos los poderes políticos. Como nota A. Hillaire (2), si el cristianismo deseaba convertir a la sociedad romana, tendría que enfrentar a los sacerdotes de ídolos, cuyo crédito e intereses estaban en peligro; a los sabios y filósofos, cuyo orgullo despreciaba a los misterios cristianos; al poder público, que veía con indignación a una nueva religión que se iba constituyendo de manera independiente ante él; y a la multitud ignorante y vulgar, que rechazaba la condena que realizaba el cristianismo a su vida de placeres y goces ilícitos. Es por ello que no tardó el rechazo del paganismo, que consideró a los cristianos como lo «plebeyo y despreciable» (1 Corintios 1, 28). Este trato de los paganos devino progresivamente en calumnias, persecuciones y genocidio. Una muestra de ello es recogida en la literatura antigua por el historiador romano Tácito (3), quien narró lo siguiente en el contexto del gran incendio ocurrido en Roma: «En consecuencia, para acabar con los rumores [de que causó el incendio], Nerón presentó como culpables y sometió a los más rebuscados tormentos a los que el vulgo llamaba cristianos, aborrecidos por sus ignominias. […] La execrable superstición, momentáneamente reprimida, irrumpía de nuevo no solo por Judea, origen del mal, sino también por la Ciudad [Roma], lugar en el que de todas partes confluyen y donde se celebran toda clase de atrocidades y vergüenzas. El caso fue que se empezó a detener a los que confesaban abiertamente su fe, y luego, por denuncia de aquellos, a una ingente multitud, y resultaron convictos. […] Pero a su suplicio se unió el escarnio, de manera que perecían desgarrados por los perros tras haberlos hecho cubrirse con pieles de fieras, o bien clavados en cruces, al caer el día, eran quemados de manera que sirvieran como iluminación durante la noche. Nerón había ofrecido jardines para tal espectáculo, y daba festivales circenses mezclado con la plebe, con atuendo de auriga o subido en el carro». Y esta intensa hostilidad hacia los creyentes de la religión novedosa duró unos trescientos años; fue recién en el año 313 cuando se le otorgó libertad de culto a los cristianos mediante el Edicto de Milán. Estas dos primeras dificultades, la judía y la romana, fueron profetizadas por Jesucristo mismo: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; seréis conducidos ante gobernadores y reyes por mi causa, para que deis testimonio ante ellos [los judíos] y ante los paganos» (Mateo 10, 17-18). Por otro lado, la misma doctrina cristiana constituye, en cierto sentido, una dificultad. Si se acepta la religión del Nazareno, se deberán reconocer dogmas que sobrepasan la razón humana. Por ejemplo, deberá aceptarse que Dios es uno y trino a la vez (Mateo 28, 19; 2 Corintios 13, 24), que la Segunda Persona divina se hizo hombre (Juan 1, 1-2.14), que resucitó (Mateo 28, 1-10; 1 Corintios 15, 12-20) y que nos da de comer su Cuerpo y beber su Sangre a través de la celebración eucarística instituida por Él (Juan 6, 51.53-58; Mateo 26, 26-28; 1 Corintios 11, 23-25). Las Escrituras nos narran muestras de rechazo a estas doctrinas: la divinidad del Hijo fue negada por los fariseos, quienes acusaron a Jesús de blasfemo (Mateo 26, 62-66; Lucas 5, 20-21; Juan 10, 24-39), la Resurrección fue negada por los atenienses durante la predicación de Pablo en el Areópago (Hechos 17, 32), la Eucaristía como presencia real del Cuerpo y Sangre de Jesús fue negada por muchos de los primeros discípulos (Juan 6, 52-60.66). Además, la doctrina cristiana constituye una dificultad en cuanto a su enseñanza moral, pues combate la concupiscencia del hombre condenando todo acto inmoral, que denomina pecado (Mateo 5, 29-30; 18, 8-9; 1 Corintios 6, 9-10), incluso desde el pensamiento mismo, el interior del hombre (Mateo 5, 27-28). Asimismo, expone la virtud y de la manera más heroica, solicitando al hombre amar como Dios, sumo bien, ama (Juan 13, 34-35), detallando lo siguiente sobre dicho amor: «La caridad es paciente y bondadosa; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa ni orgullosa; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Corintios 13, 4-7). Dada la condición humana, la cual tiende a la comodidad y la satisfacción rápida y desordenada de los placeres, es razonable esperar resistencia ante la doctrina moral cristiana. Finalmente, el cristianismo tuvo otra dificultad: los paupérrimos medios humanos con los que disponía para expandir su religión. Los apóstoles eran judíos promedio de dicha época, poseían profesiones corrientes (Mateo 4, 18.21; 9, 9); ellos no contaron con poder militar o económico, ni habilidad retórica. Jesús les dijo al enviarlos a proclamar el Evangelio: «No toméis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno» (Lucas 9, 1-3). Asimismo, Pablo, apóstol de los gentiles, admite sus propias limitaciones intelectuales y retóricas: «Yo mismo, hermanos, cuando fui donde vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no confié mi mensaje al prestigio de la palabra o de la sabiduría, pues solo quería manifestaros mi saber acerca de Jesucristo, y además crucificado. Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso, apoyando mi palabra y mi predicación no en discursos de sabiduría, sino en la demostración del Espíritu y de su poder» (1 Corintios 2, 1-4). Entonces, el principal (quizás el único) medio que disponían los apóstoles era la predicación. Como puede observarse, la empresa cristiana, dada la suma de las dificultades que tenía que superar, era una locura.

Sin embargo, es también un hecho histórico que el cristianismo se expandió rápida y exitosamente. Después de Pentecostés, los apóstoles fundan la Iglesia de Jerusalén, evangelizando Judea, Galilea y Samaria; Lucas narra que una «gran multitud de sacerdotes de la antigua ley» (de la ley judía) se convirtieron a la fe cristiana (Hechos 6, 7). Y desde Jerusalén, el cristianismo se expande a lo largo del mundo: Pedro funda la Iglesia de Antioquía, capital de Asia Menor, trasladando luego su sede a Roma, capital del Imperio romano; Pablo evangeliza en Asia Menor, Macedonia, Grecia e Italia; Santiago el Mayor evangeliza España; Andrés, Escitia y Tracia; Tomás, Partia y China; Bartolomé, la India. Tan considerable es la expansión cristiana en sus inicios que Pablo, 25 años después de la muerte de Cristo, escribe a la comunidad de Roma: «Vuestra fe es reconocida en todo el mundo» (Romanos 1, 8). Asimismo, Justino Mártir, apologeta católico del siglo II, afirma en su Diálogo con Trifón (4): «Pero no hay una sola raza de hombres, sean bárbaros o griegos, o personas llamadas por cualquier otro nombre, nómadas, vagabundos, o pastores que habitan en tiendas, entre los cuales no se ofrecen oraciones y acciones de gracias al Padre y Creador del universo en nombre de Jesús crucificado». Incluso, escritores no cristianos dan testimonio de esto. Tácito, en la cita suya mencionada previamente, nota la existencia de comunidades cristianas en Judea y, sobre todo, en Roma, a pesar de la inflexible persecución del emperador Nerón. Séneca (5), filósofo y político romano del primer siglo, escribe: «El cristianismo se ha fortalecido de tal manera, que se ha extendido por todos los países: los vencidos han dictado la ley a los vencedores». Así, pueden comprenderse las orgullosas palabras de Tertuliano (6), Padre de la Iglesia (160-220), a los magistrados romanos: «Somos de ayer y hemos llenado ya el orbe y todo lo vuestro: ciudades, barriadas, aldeas, municipios, asambleas, hasta el campamento, las tribus y decurias, el palacio, el senado, el foro. Solo os hemos dejado los templos. Podemos contar vuestros ejércitos: nosotros seremos más en una sola provincia. […] Si un contingente tan grande de hombres nos hubiésemos separado violentamente de vosotros para establecernos en algún alejado rincón del mundo, […] sin ninguna duda os hubierais espantado ante vuestra soledad».

No obstante, hay escépticos que afirman que este argumento no es concluyente, pues existe un «contraejemplo», la religión musulmana, la cual se expandió rápidamente también: primero, en Arabia, segundo, en Medio Oriente y África, tercero, en Europa y la India.

Un milagro es un hecho no explicable por leyes naturales. Esto se observa claramente, por ejemplo, en la conversión del agua en vino (Juan 2, 1-11), en la multiplicación de los panes (Mateo 14, 13-21; 15, 32-39), en la calma de una tempestad mediante palabras (Marcos 4, 35-41), en la curación de ciegos (Mateo 20, 29-24; Marcos 8, 22-26; Juan 9, 1-7), sordomudos (Marcos 7, 31-33), paralíticos (Lucas 5, 17-26; Hechos 9, 32-35), y en las resucitaciones de personas verdaderamente fallecidas (Lucas 7, 11-17; 8, 40-56; Juan 11, 1-43). En los casos anteriores, las leyes de la ciencia física y ciencia médica no son medios suficientes para explicar los hechos. En el caso de la expansión del cristianismo, son vencidas las leyes sociales y morales (7), pues es natural que una sociedad no varíe sus creencias, conducta y costumbres en un corto periodo de tiempo, especialmente cuando existen fortísimos medios y motivos propios para oponerse a dicho cambio. Los seguidores de Jesucristo, con medios humanamente insignificantes, tuvieron que enfrentarse a las religiones judía y pagana, a gobiernos y ejércitos que los perseguían, y a una sociedad que los despreciaba. Entonces, lo más razonable es creer que la exitosa expansión se sostuvo principalmente por medios sobrenaturales y divinos, es decir, los cristianos recibieron una clara «ayuda divina». Esto fue notado por Orígenes (8), uno de los primeros eruditos cristianos (184-253), el cual, en su refutación al filósofo griego Celso, comenta: «Pero en el caso de los cristianos, el Senado romano, los emperadores contemporáneos, el ejército, el pueblo y los familiares de los creyentes lucharon contra el Evangelio y lo habrían obstaculizado; y habría sido derrotado por la fuerza combinada de tantos, a menos que hubiera vencido y superado la oposición por el poder divino, de modo que haya conquistado el mundo entero que conspiraba contra él». Así, puede entenderse la tercera premisa de la vía.

En conclusión, según fue mencionado líneas arriba, dado que el cristianismo recibió una clara ayuda divina para poder expandir el Evangelio, es la religión deseada por Dios y, por tanto, es la religión verdadera.

No obstante, hay escépticos que afirman que este argumento no es concluyente, pues existe un «contraejemplo», la religión musulmana, la cual se expandió rápidamente también: primero, en Arabia, segundo, en Medio Oriente y África, tercero, en Europa y la India. Sin embargo, esta objeción comete definitivamente una falacia de «hombre de paja» (9), que implica falsear o alterar la argumentación de la posición contraria, de tal manera que resulte sencilla de refutar. Cuando se expone el argumento de la milagrosa expansión, no se afirma que la religión cristiana es divina y verdadera simplemente porque se propagó velozmente, sino porque lo hizo a pesar de las descomunales dificultades que enfrentó y los escasos medios con los que dispuso. En el caso del islam se cumple lo contrario. Primero, porque sí dispuso de medios humanos para su propagación: los principales fueron el poder militar y la violencia. Los musulmanes, con sus diversos califatos, reinos e imperios, según el principio del Yihad, conquistaron pueblos de Asia, África y Europa, trasladando e inculcando su religión a estos (el lector puede revisar las conquistas militares musulmanas, desde su origen, el siglo VII, al siglo XV). Incluso, puede afirmarse que se expandió principalmente sobre pueblos debilitados o disgregados, como los bereberes norafricanos y el Imperio bizantino en su declive, siendo únicamente detenido por la Europa cristiana. Segundo, la doctrina del islam ofrece poca dificultad para aceptarla, pues es simplista y atrayente a la concupiscencia del hombre. Sobre su doctrina simplista, Tomás de Aquino (10) escribió lo siguiente: «No presentó más testimonios de verdad que los que fácilmente y por cualquiera medianamente sabio pueden ser conocidos con solo la capacidad natural». Y respecto a la moral, por ejemplo, mientras el cristianismo pregona la castidad y monogamia (Mateo 19, 4-9; Efesios 5, 31; 1 Corintios 7, 10-11), el islam ofrece a los varones «gozar» de mujeres vírgenes después de la muerte, de acuerdo a su libro sagrado, el Corán (Sura 55, 70-77; 37, 40-49; 44, 51-55). Esto también lo comenta Aquino: «Así sucede con Mahoma, que sedujo a los pueblos prometiéndoles los deleites carnales, a cuyo deseo los incita la misma concupiscencia. En conformidad con las promesas, les dio sus preceptos, que los hombres carnales son prontos a obedecer, soltando las riendas al deleite de la carne». Entonces, no hay comparación posible entre la expansión musulmana y cristiana. Entendiendo esto, B. Pascal (11), matemático y filósofo francés del siglo XVII, dijo: «Mahoma [se estableció] matando; Jesucristo haciendo que mataran a los suyos. […] Son posiciones tan contrarias, que Mahoma siguió el camino del triunfo humano, y Jesucristo el de perecer humanamente; y en vez de sacar la conclusión de que, puesto que Mahoma triunfó, Jesucristo bien pudo triunfar, hay que decir que, puesto que Mahoma triunfó, Jesucristo debía perecer». Efectivamente, como afirma Pascal, la religión cristiana debería perecer, a menos que, a diferencia del islam, la hubiera sostenido una fuerza divina. Por tanto, esta objeción no es efectiva.

Como puede apreciarse, la divinidad de nuestra religión puede demostrarse a través de esta vía y, por tanto, es racional creer que el cristianismo es la religión verdadera. Sin embargo, a diferencia de los argumentos expuestos en artículos anteriores, este nos hace posible contemplar la gracia y el poder de Nuestro Señor vertidos en su pueblo escogido, pues Él «ha elegido a los débiles del mundo para confundir a los fuertes» (1 Corintios 1, 27). Esta vía nos concede entender que por ello nos vanagloriarnos en nuestra debilidad, pues Su gracia nos basta (1 Corintios 12, 9-10). Incrementa nuestra fe en Su Palabra, cuando nos dice: «Yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33).

1

Dante Urbina, ¿Cuál es la religión verdadera?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado, 2018, pág. 151.

2

A. Hillaire, La religión demostrada: Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia, Ed. Difusión, 1956, pág. 257.

3

Cornelio Tácito, Anales, Libro XVI, capítulo 44.

4

Justino Mártir, Diálogo con Trifón, Capítulo 117, 5.

5

Citado en A. Hillaire, La religión demostrada: Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia, Ed. Difusión, 1956, pág. 260.

6

Tertuliano, Apologético, Capítulo 37, 4-7.

7

A. Hillaire, La religión demostrada: Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia, Ed. Difusión, 1956, pág. 257.

8

Orígenes, Contra Celso, Libro I, capítulo 3.

9

Dante Urbina, ¿Dios existe?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer, 2016, pág. 37.

10

Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, Libro I, cuestión 6.

11

Blaise Pascal, Pensamientos, 2da parte, sección I, capítulo 2, 402.

Por Mauricio Briceño

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