Serie: Apologética Católica

La Sucesión Apostólica

Una Iglesia ininterrumpida

Por Mauricio Briceño

Serie: Apologética Católica

La Sucesión Apostólica

Una Iglesia ininterrumpida

por Mauricio Briceño

Según lo desarrollado en el artículo Una sola Iglesia, la Iglesia de Jesucristo debe ser necesariamente una. Y estrechamente relacionada a la unidad de la Iglesia está la «continuidad histórica», la cual constituye otra marca imprescindible para identificar a la verdadera Iglesia en donde vive el pleno cristianismo.

Entonces, se puede formular el siguiente argumento, en base al concepto de la «continuidad histórica»:

1. La verdadera Iglesia de Jesucristo debe estar presente a lo largo de la historia, desde el siglo I hasta la actualidad, mediante una sucesión apostólica ininterrumpida.

2. La única denominación cristiana que cuenta con una sucesión apostólica ininterrumpida y con la «marca de unidad» es la Iglesia católica romana.

3. Conclusión, la verdadera Iglesia es la Iglesia católica romana.

La premisa clave es la primera, por ello, es sumamente necesario comprender el significado de ella. El tema de la sucesión apostólica y la continuidad histórica es muy profundo, pero puede desglosarse resumidamente en las siguientes afirmaciones:

A. Jesús da autoridad a sus apóstoles, al igual que el Padre da autoridad al Hijo.

B. Esta autoridad es una marca de la Iglesia de Jesucristo, es decir, es parte de su identidad y no es una realidad transitoria.

C. Por tanto, como la Iglesia permanecerá «por todas las generaciones», «hasta el fin del mundo», es necesario que esta autoridad sea trasmitida por los apóstoles a unos sucesores, y de estos a otros, sucesivamente, de manera ininterrumpida.

D. Esta trasmisión de autoridad es racional, pues es efectiva para concretar una unidad de doctrina y culto en la Iglesia a través del tiempo.

E. Esta trasmisión de autoridad es evidente en el comportamiento de la Iglesia primitiva o de los primeros cristianos, luego de la muerte de los apóstoles.

F. Conclusión, se deduce bíblica, racional e históricamente que la verdadera Iglesia de Jesucristo debe contar con una sucesión apostólica ininterrumpida (esto es, la primera premisa del argumento de la continuidad histórica).

Comencemos con la afirmación A. Jesús llama a doce varones judíos, de entre todos sus discípulos, a los cuales instituye como sus apóstoles (Mateo 10, 1-4; Marcos 3, 13-19; Lucas 6, 12-16). Les indica que prediquen y proclamen el Reino de Dios (Mateo 10, 7; Marcos 3, 14), les da poder para curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos y expulsar demonios (Mateo 10, 8; Marcos 3, 15), y a hacer discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mateo 28, 19). A lo largo del Evangelio, este poder y autoridad es ejercido principalmente por Jesucristo; los apóstoles también lo ejercerán, pero únicamente mediante el envío de parte de Jesucristo, de la misma manera que Él es enviado por el Padre, el cual le da autoridad: «Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío» (Juan 20, 21); «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mateo 10, 40); «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y a quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y a quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lucas 10, 16); «Yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí» (Lucas 20, 29). Destacamos el hecho que solamente mediante la elección de Jesucristo, los apóstoles tienen autoridad: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Juan 15, 16); he ahí de donde proviene el nombre «apóstol», que significa en griego «enviado», y específicamente, «aquel a quien se le confía una misión». Asimismo, la Escritura nos relata lo siguiente respecto a la autoridad apostólica, Jesús le dice a Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mateo 16, 19); luego, Jesús les dice a los apóstoles en su conjunto: «Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mateo 18, 18). El poder de «atar» y «desatar» implica, entre otros, la capacidad de incluir y excluir a miembros de la comunidad, capacidad unida al perdón de los pecados: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan 20, 23); y también está relacionado a la enseñanza autoritativa, que les permite identificar o definir verdadera doctrina. Respecto a la última función, un buen ejemplo está presente en Hechos 15. Al inicio de la Iglesia, se discutió si la circuncisión era necesaria para la salvación. Luego de debatir, los apóstoles deciden que esta práctica judía ya no es obligatoria y notifican esta resolución a la comunidad de Antioquía a través de una carta en la que se menciona: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…» (Hechos 15, 28). Es decir, los apóstoles rigen con autoridad divina y no únicamente humana, en asuntos de doctrina y vida de la Iglesia.

Continuemos con la afirmación B. La autoridad que le es dada a los apóstoles es propia de la identidad de la Iglesia y no es una característica que desaparece en un punto específico de la historia. Esto se evidencia, por ejemplo, en las instrucciones que Jesús da a los cristianos en Mateo 18, 15-17: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad [en griego “ekklesia”, Iglesia]. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano». Estas instrucciones que da Jesucristo no son temporales o dadas únicamente a los cristianos del siglo I: siempre que haya pecado y controversia, es necesaria la corrección fraterna y también, en última instancia, la corrección por parte de la Iglesia. Ergo, la autoridad de la Iglesia no es limitada por el tiempo, sino es parte de ella. Curiosamente este pasaje colinda inmediatamente antes del versículo de «atar» y «desatar» (Mateo 18, 18), esta facultad apostólica es entonces propia y permanente de la Iglesia. Asimismo, veamos cómo Pablo describe la Iglesia en Efesios 4, 11-13: «El mismo [el Espíritu Santo] “dio” a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo». Es decir, el «Cuerpo de Cristo» que es místicamente su Iglesia (Efesios 1, 22-23), está «edificado» por el Espíritu Santo de manera jerárquica, mediante diversos cargos y funciones, de los que destaca y preside el apóstol. Nuevamente se deduce que la autoridad apostólica es una realidad medular de la Iglesia. Otros fragmentos también suman: la Iglesia está «edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas» (Efesios 2, 20), «La muralla de la ciudad [de Jerusalén, que representa a la Iglesia] se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero» (Apocalipsis 21, 14).

Llegamos a la afirmación C, la afirmación central de la sucesión apostólica. Jesucristo encarga a la Iglesia una gran misión: el Evangelio debe ser proclamado en «todo el mundo» y a «toda la creación» (Marcos 16, 15), se debe bautizar «a todas las gentes» (Mateo 28, 19), y los apóstoles deben ser los testigos de Jesucristo hasta «los confines de la tierra» (Hechos 1, 8). Por la magnitud de esta responsabilidad, la Iglesia no podía cumplir en su totalidad este mandato en el siglo primero, por tanto, la ejecución de esta misión continuará a lo largo de la historia, hasta la segunda venida de Jesucristo. De esta manera, la Iglesia continuará existiendo por «todas las generaciones y todos los tiempos» (Efesios 3, 21), lo que es semejante a decir «todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20). Y, como la Iglesia continuará existiendo y la autoridad apostólica es una característica inherente a ella, entonces la autoridad apostólica deberá también continuar, pero mediante una sucesión. Es decir, los apóstoles deberán transmitir su cargo a unos sucesores, para que gobiernen la Iglesia con autoridad, y así sucesivamente. Ejemplos de esta sucesión están narrados en el Nuevo Testamento. La primera sucesión está descrita en Hechos 1, 15-26. Luego de la Ascensión de Jesús, Pedro menciona a los discípulos que Judas «era uno de los suyos y obtuvo un puesto en el ministerio» (Hechos 1, 17), es decir, se refiere a su cargo de «apóstol», el cual ejerció verdaderamente (Mateo 10, 1-4; Marcos 3, 13-19; Lucas 6, 12-16). Sin embargo, Judas falleció y, reconociendo ello, Pedro afirma citando al Salmo 109: «Que otro reciba su cargo» (Hechos 1, 20). El término griego usado en este versículo para «cargo» es «episkopin», que es traducido más precisamente en español como «episcopado», el cual es el oficio que ostenta un «obispo» («episkopos» en griego). Es decir, Pedro reconoce, en primer lugar, que Judas poseía un ministerio y autoridad que trasciende su propia persona y, en segundo lugar, por tanto, que este cargo puede y debe ser transferido a un sucesor. De esta manera, los apóstoles escogen a Matías como sucesor de Judas (Hechos 1, 26).

Más ejemplos de la sucesión de los apóstoles están presentes en la vida de Pablo. Él, junto con Bernabé apuntaron sucesores en Hechos 14, 23: «Designaron presbíteros en cada Iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído». En otra ocasión, él manda a llamar a los presbíteros de Éfeso (Hechos 20, 17) y, sabiendo que morirá pronto (Hechos 20, 25), les dice: «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes [«episkopos», obispos] para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio hijo» (Hechos 20, 28). Es decir, Pablo apuntó sucesores con el cargo de «obispos-presbíteros» que «pastorean la Iglesia de Dios», y esta elección no es meramente humana, de parte de Pablo, sino también divina, asistida por el Espíritu Santo. Y, por ello, la comunidad cristiana deberá «obedecer y someterse a ellos» (Hebreos 13, 17), al igual que obedecieron a los apóstoles. Además de los anteriores pasajes generales, podemos identificar dos discípulos concretos a quienes Pablo delegó autoridad: Timoteo y Tito. Pablo asignó a Timoteo con un cargo para enseñar, predicar, exhortar y reprender a la comunidad, para la salvación de los cristianos (1 Timoteo 4, 6.11.13.16; 2 Timoteo 4, 2), incluso para la supervisión del culto (1 Timoteo 2, 1-11). Asimismo, Pablo le confiere un rol administrativo, encargándole los ancianos, jóvenes, viudas e incluso los presbíteros de la comunidad (1 Timoteo 5, 1-20). Esta autoridad le fue dada a través de la imposición de manos de Pablo y los presbíteros: «No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros» (1 Timoteo 4, 14); «Por eso te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos» (2 Timoteo 1, 19). Entonces, queda claro que a Timoteo le es entregado un cargo autoritativo sobre la comunidad, únicamente mediante la imposición de manos de los apóstoles y los presbíteros, a través de los cuales actúa el Espíritu Santo. De manera similar, Pablo establece a Tito para enseñar, exhortar, reprender y amonestar «con toda autoridad» (Tito 2, 1.7-8.15; 3, 1). Recordemos que el oficio de enseñanza «con toda autoridad» era el propio oficio de los apóstoles. Al igual que Timoteo, a Tito le es encomendada la comunidad: a los ancianos, jóvenes y esclavos (Tito 2, 2-10). Incluso, en esta ocasión, Pablo le da indicaciones sobre excomunión: «Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele; ya sabes que ese está pervertido y peca, condenado por su propia sentencia» (Tito 3, 10), haciendo eco a la autoridad de «atar» y «desatar».

Sumado a lo anterior, Pablo les da, a las autoridades que nombró, instrucciones para que estas también instituyan otros sucesores. Por ejemplo, le comenta a Tito: «El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené» (Tito 1, 5). Inmediatamente después, Pablo lista las características que estos sucesores deben tener (Tito 1, 6-9). Por otro lado, le comenta a Timoteo: «Cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros» (2 Timoteo 2, 2). En este último versículo, Pablo menciona a cuatro generaciones de la sucesión apostólica: (1) Pablo, (2) Timoteo, (3) los «hombres fieles» de Timoteo y (4) los futuros instruidos por estos «hombres fieles». ¡Pablo visualizó tres generaciones posteriores a la suya! Y, al igual que con Tito, Pablo le detalla a Timoteo las características necesarias para dichos cargos (1 Timoteo 3, 1-13).

Finalmente, para culminar la explicación de la afirmación C, es necesario resaltar que esta sucesión de autoridad debe ser permanente e ininterrumpida. Esto es así por los pasajes citados anteriormente: la Iglesia debe estar presente por «todas las generaciones y todos los tiempos» (Efesios 3, 21). No puede haber, pues, un momento en el cual la Iglesia desaparezca y vuelva a surgir: debe existir necesariamente una continuidad desde el primer siglo hasta la actualidad. Por esto, Cristo es enfático cuando nos dice que estará con sus discípulos «todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20).  Además, evaluemos racionalmente: Si una sociedad cesa de existir, pero se argumenta que luego de un periodo de tiempo «apareció nuevamente», ¿cómo puede afirmarse que ambas sociedades, la de antes y después, son exactamente las mismas? ¿Qué asegura la continuidad ontológica de esta sociedad? En conclusión, la autoridad de la Iglesia debe ser transmitida necesariamente de manera ininterrumpida, mediante la imposición de manos, en una sucesión apostólica.

Continuemos con la afirmación D. Esta sucesión tiene un motivo razonable: salvaguardar la identidad de la Iglesia y la verdadera doctrina de Jesucristo. Esto mismo es sustentado por Pablo; luego de notar la jerarquía de la Iglesia, en Efesios 4, 10-13, afirma: «Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo» (Efesios 4, 14-15). Pablo reconoce que existe el riesgo que miembros de la comunidad adquieran falsa doctrina (Hechos 20, 29-30; lo cual llega a ocurrir en 2 Corintios 11, 4; 1 Juan 2, 18-19; 2 Pedro 3, 16) y que, por tanto, un medio adecuado para garantizar la unidad y la verdad es la autoridad de los apóstoles y sus sucesores. Esta trasmisión de verdadera doctrina, salvaguardada por los sucesores de los apóstoles, es denominada por Pablo como «tradición»: «Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido» (1 Corintios 11, 2); «Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta» (2 Tesalonicenses 2, 15). En este sentido, él mismo denomina a la Iglesia «columna y fundamento de la verdad» (1 Timoteo 3, 5).

Habiendo ya explicado la sucesión apostólica mediante la Escritura y la razón, conviene evaluar si esta interpretación fue compartida por los primeros cristianos o la Iglesia primitiva (afirmación E). Clemente, obispo de Roma, alrededor del año 80, dijo al respecto: «Los apóstoles recibieron el Evangelio para nosotros del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado por Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y los apóstoles de Cristo. […] Y así, predicando por campos y ciudades, por todas partes, designaron a las primicias, una vez hubieron sido probados por el Espíritu, para que fueran obispos y diáconos de los que creyeran. […] Y nuestros apóstoles sabían por nuestro Señor Jesucristo que habría contiendas sobre el nombramiento del cargo de obispo. Por cuya causa, habiendo recibido conocimiento completo de antemano, designaron a las personas mencionadas, y después proveyeron a continuación que, si éstas durmieran, otros hombres aprobados les sucedieran en su servicio».

Ignacio (nacido en el año 50 y fallecido entre el 98 y 117), obispo de Antioquía, habla de manera elocuente y extensa sobre la autoridad de los obispos y presbíteros que sucedieron a los apóstoles. «Es por tanto apropiado que vosotros, en todas formas, glorifiquéis a Jesucristo que os ha glorificado; para que, estando perfectamente unidos en una sumisión, sometiéndoos a vuestro obispo y presbítero, podáis ser santificados en todas las cosas». «Me atreví a exhortaros, para que corráis en armonía con la mente de Dios; pues Jesucristo, nuestra vida inseparable, es también la mente del Padre, así como los obispos establecidos hasta los extremos de la tierra están en la mente de Jesucristo. Por lo tanto, es apropiado que andéis en armonía con la mente del obispo; lo cual ya lo hacéis. […] Tengamos cuidado en no resistir al obispo, para que con nuestra sumisión podamos entregarnos nosotros mismos a Dios». «A todo aquel a quien el Amo de la casa envía para ser mayordomo de ella, debe recibírsele como si fuera el que le envió. Simplemente, pues, deberíamos considerar al obispo como al Señor mismo». «Os aconsejo que seáis celosos para hacer todas las cosas en buena armonía, el obispo presidiendo a la semejanza de Dios y los presbíteros según la semejanza del concilio de los apóstoles». «Que no haya nada entre vosotros que tenga poder para dividiros, sino permaneced unidos con el obispo y con los que presiden sobre vosotros como un ejemplo y una lección de incorruptibilidad. Por tanto, tal como el Señor no hizo nada sin el Padre, [estando unido con Él], sea por sí mismo o por medio de los apóstoles, no hagáis nada vosotros, tampoco, sin el obispo y los presbíteros». «El que está dentro del santuario es limpio; el que está fuera del santuario no es limpio; esto es, el que hace algo sin el obispo y el presbiterio y los diáconos, este hombre no tiene limpia la conciencia». «No que haya hallado divisiones entre vosotros, pero sí filtración. Porque todos los que son de Dios y de Jesucristo están con los obispos. […] Si alguno sigue a otro que hace un cisma, “no heredará el reino de Dios”». «Que nadie haga nada perteneciente a la Iglesia al margen del obispo. Considerad como eucaristía válida la que tiene lugar bajo el obispo o bajo uno a quien él la haya encomendado. Allí donde aparezca el obispo, allí debe estar el pueblo; tal como allí donde está Jesús, allí está la iglesia universal. No es legítimo, aparte del obispo, ni bautizar ni celebrar una fiesta de amor; pero todo lo que él aprueba, esto es agradable también a Dios; que todo lo que hagáis sea seguro y válido».

Eusebio, obispo de Cesarea, recoge evidencia de la sucesión apostólica, en un texto de Egesipo (fechado alrededor del año 180): «Cuando llegué a Roma hice una lista de la sucesión [de obispos de Roma] hasta Aniceto, cuyo diácono fue Eleuterio. Y después de Aniceto le sucedió Soler, y luego de él Eleuterio. En cada sucesión y en cada ciudad hay una continuación en lo que se proclama en la Ley, los Profetas y el Señor».

Irineo, obispo de Lyon, fue discípulo de Policarpo y este, a su vez, fue discípulo del apóstol Juan. Él escribe alrededor del año 180 lo siguiente: «Para todos aquellos que quieran ver la verdad, la Tradición de los Apóstoles ha sido manifestada al universo mundo en toda la Iglesia, y podemos enumerar a aquellos que en la Iglesia han sido constituidos obispos y sucesores de los Apóstoles hasta nosotros. […] Siendo, pues, tantos los testimonios, ya no es preciso buscar en otros la verdad que tan fácil es recibir de la Iglesia, ya que los Apóstoles depositaron en ella, como en un rico almacén, todo lo referente a la verdad, a fin de que «cuantos lo quieran saquen de ella el agua de la vida» (Ap 22,17). Esta es la entrada a la vida. «Todos los demás son ladrones y bandidos» (Jn 10,1.8-9). Por eso es necesario evitarlos [a los herejes], y en cambio amar con todo afecto cuanto pertenece a la Iglesia y mantener la Tradición de la verdad. Entonces, si se halla alguna divergencia aun en alguna cosa mínima, ¿no sería conveniente volver los ojos a las Iglesias más antiguas, en las cuales los Apóstoles vivieron, a fin de tomar de ellas la doctrina para resolver la cuestión, lo que es más claro y seguro? Incluso si los Apóstoles no nos hubiesen dejado sus escritos, ¿no hubiera sido necesario seguir el orden de la Tradición que ellos legaron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias?». Más adelante escribe: «Por este motivo es preciso obedecer a los presbíteros de la Iglesia. Ellos tienen la sucesión de los Apóstoles, como ya hemos demostrado, y han recibido, según el beneplácito del Padre, el carisma de la verdad junto con la sucesión episcopal. En cambio, a los otros, que se apartan de la sucesión original y se reúnen en cualquier parte, habrá que tenerlos por sospechosos, como herejes que tienen ideas perversas, o como cismáticos llenos de orgullo y autocomplacencia, o como hipócritas que no buscan en su actuar sino el interés y la vanagloria».

Finalmente, citemos a Tertuliano, escritor cristiano, quien escribe alrededor del año 200 lo siguiente: «Si aparece cualquier herejía que pretenda tener sus orígenes en el tiempo apostólico, de modo que parezca una doctrina entregada por los mismos apóstoles porque son -dicen ellos- de aquel tiempo, podemos decirles: que nos muestren los orígenes de sus iglesias, que nos muestren el orden de sus obispos en sucesión desde los comienzos, de tal modo que su primer obispo tenga como su autor y predecesor a uno de los apóstoles o de los hombres apostólicos que trabajaron codo a codo con los apóstoles. Porque es así que las iglesias apostólicas transmiten sus listas: como la iglesia de Esmirna, que sabe que Policarpo fue puesto allí por Juan; como la iglesia de Roma, donde Clemente fue ordenado por Pedro. Es así que todas las demás iglesias muestran quiénes han tenido ellas como brotes de las raíces apostólicas, habiendo recibido el cargo episcopal de manos de los apóstoles. Tal vez los herejes quieran inventar listas ficticias: después de todo, si han sido capaces de blasfemar, ¿qué les parecerá ya pecaminoso? ».

Entonces, en base a todo lo anteriormente expresado, se concluye bíblica, racional e históricamente la primera premisa de la continuidad histórica: que la verdadera Iglesia de Jesucristo debe contar con una sucesión apostólica ininterrumpida.

Continuemos con la segunda premisa del argumento: analicemos brevemente ciertas denominaciones cristianas, con el objetivo de determinar si estas cuentan con la necesaria sucesión apostólica. En el contenido anterior, identificamos a cinco grupos de denominaciones: las sectas de inspiración cristiana, el protestantismo, la Iglesia ortodoxa, las Iglesias orientas y la Iglesia católica. Iniciemos con las sectas de inspiración cristiana, de las cuales los Testigos de Jehová y los mormones son las denominaciones más extendidas. Los Testigos de Jehová surgieron al noreste de los Estados Unidos en los años 70, aunque en dicho momento fueron conocidos como los Bible Students. Su fundador fue Charles Taze Russell, quien, ya en 1881, creó The Watchtower Bible and Tract Society, que continúa existiendo hasta la actualidad y funciona como la autoridad legal y eclesial de los Testigos de Jehová. Esta denominación asegura que han restaurado las verdaderas doctrinas de la fe cristiana, las cuales se perdieron tras la muerte de los apóstoles. Por otro lado, el Movimiento de los Santos de los Últimos Días, también llamado mormonismo, fue fundado por el estadounidense Joseph Smith en el año 1830. Según los relatos mormones, a Smith se le apareció Dios Padre y Jesucristo mientras rezaba en una arboleda al norte de Nueva York. Ellos le habrían indicado que no se una a ninguna iglesia existente y, supuestamente, a través de la traducción de un texto americano precolonial, le dieron el Libro de Mormón. En base a esta y posteriores «revelaciones», la hipótesis mormona afirma que Smith restauró la Iglesia de Jesucristo a través de su movimiento. Según se observa, ambas sectas tuvieron un inicio absoluto en el siglo XIX y no poseen ningún tipo de sucesión apostólica. Por tanto, no pueden ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Analicemos ahora a las denominaciones protestantes. El protestantismo puede ser descrito como un movimiento cristiano que surgió al inicio del siglo XVI en Europa, a partir de la publicación de las Noventa y cinco tesis, un documento escrito por el monje alemán Martín Lutero. Este texto inició una controversia religiosa en la Europa Occidental, que posibilitó y facilitó, mediante la doctrina protestante de sola scriptura, el surgimiento de una serie de denominaciones cristianas que rechazaron la autoridad de la Iglesia católica romana y, con ella, a diversa doctrina católica. En primer lugar, surgió el luteranismo, fundado por el mismo Martín Lutero en 1517; luego, en 1535, apareció el anglicanismo, fundado por Enrique VIII, rey de Inglaterra, cuando él se estableció como jefe supremo de la iglesia de su nación. En el mismo siglo, la tradición teológica iniciada por Juan Calvino (1509-1564) inspira la creación de iglesias presbiterianas o reformadas. Posteriormente, en 1609, John Smyth funda la primera iglesia bautista; años más tarde, a inicios del siglo XVIII, el movimiento metodista es originado a través del ministerio de John Wesley. Ya en el contemporáneo siglo XX, surgen los movimientos pentecostales y carismáticos. Si bien estas denominaciones guardan cierta identidad compartida por su «protestantismo», difieren en abundantes temas de doctrina, moral y culto, incluso en el entendimiento de las doctrinas medulares del protestantismo: sola scriptura y sola fide. De manera general, puede afirmarse que ninguna de estas denominaciones salvaguarda plenamente la continuidad histórica. Esto se debe al criterio de sola scriptura. Debido a que esta doctrina protestante afirma que la última y superior autoridad en materia de fe y culto es la Escritura, la sucesión apostólica y la tradición de los apóstoles caerá en segundo plano o en completo desuso (según el tipo de denominación). Además, recordemos el origen de estos movimientos: surgen como «protesta» a la Iglesia católica romana y, en ese sentido, manifiestan una discontinuidad entre el cristianismo protestante y el cristianismo medieval y antiguo. Por consiguiente, las diversas denominaciones cristianas no pueden ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

En este punto, nos resta evaluar a las Iglesias ortodoxas, las Iglesias orientales y la Iglesia católica romana. Pues, hay que decir que todas estas Iglesias cuentan con una sucesión apostólica ininterrumpida. Los apóstoles y sus sucesores fundaron diversas Iglesias a lo largo de Asia, Europa y África y todas estas mantuvieron una unidad en la gran Iglesia antigua. Durante los primeros siglos, los obispos y autoridades de la Iglesia, haciendo uso del ministerio recibido por los apóstoles, se reunieron en concilios para resolver temas doctrinales (como la Trinidad y la naturaleza de Jesucristo), disciplinares y de culto. Sin embargo, en algunos concilios, ciertas Iglesias locales rechazaron el dictamen final del concilio, y se separaron de la gran Iglesia. Así, por ejemplo, luego del tercer concilio ecuménico en Éfeso del año 431, se separó la Iglesia asiria del Oriente, manteniendo su herejía nestoriana. Luego del concilio ecuménico de Calcedonia del 451, se separaron las Iglesias de tradición copta, siríaca y armenia, ya que sostuvieron herejías miafisitas. Estas iglesias son las llamadas Iglesias orientales, y, mediante sus sucesiones apostólicas, mantienen su existencia hasta la actualidad. Luego de varios siglos, la Iglesia antigua tuvo un quiebre significativo. Por motivos más políticos y culturales que doctrinales, se separaron los cristianismos de Occidente y Oriente en el año 1054. La Iglesia de Occidente, que tiene su sede en Roma, sería conocida como la «Iglesia católica romana», mientras que la Iglesia de Oriente adquirió el nombre de «Iglesia ortodoxa». Ambas mantuvieron sus sucesiones apostólicas y continúan existiendo hoy.

Debido a que las tres Iglesias cuentan con una sucesión, es necesario utilizar un criterio adicional para discernir en último término cuál es la Iglesia que guarda y manifiesta en su ser la totalidad de la doctrina dada por Jesucristo. Pues, si bien las tres muestran buenas «marcas», incluyendo la sucesión apostólica, no cuentan con todas las necesarias. En el artículo Una sola Iglesia, se justificó que la Iglesia de Jesucristo debe ser necesariamente una (esto es, poseer la «marca de unidad») y, por tanto, debe tener elementos que aseguran la unidad en la Iglesia de manera efectiva. Así, por medio de un extenso análisis, se concluyó que dicha «marca» la posee únicamente la Iglesia católica romana, y está ausente en la Iglesia ortodoxa e Iglesias orientales. Este argumento, unido al presente artículo, ya es suficiente para concluir que la Iglesia católica romana es la verdadera Iglesia. Sin embargo, añadamos un «peldaño» más en nuestra búsqueda del verdadero cristianismo que, si es resuelto, completará y embellecerá los dos criterios anteriores de «unidad» y «continuidad». Esta nueva «marca», será explicada en otro artículo, pero podemos adelantar su descripción: de entre todas las sucesiones e Iglesias, hay una que ostenta la primacía sobre las demás, pues fue fundada directamente por quien tenía la primacía sobre los demás apóstoles: el apóstol Pedro. Esta Iglesia es descrita por Irineo de Lyon, mientras explica la sucesión apostólica: «Pero como sería demasiado largo enumerar las sucesiones de todas las Iglesias en este volumen, indicaremos sobre todo las de las más antiguas y de todos conocidas, la de la Iglesia fundada y constituida en Roma por los dos gloriosísimos Apóstoles Pedro y Pablo, la que desde los Apóstoles conserva la Tradición y «la fe anunciada» (Rom 1,8) a los hombres por los sucesores de los Apóstoles que llegan hasta nosotros. […] Es necesario que cualquier Iglesia esté en armonía con esta Iglesia, cuya fundación es la más garantizada -me refiero a todos los fieles de cualquier lugar-, porque en ella todos los que se encuentran en todas partes han conservado la Tradición apostólica».

En conclusión, luego de este extenso artículo puede afirmarse bíblica, racional e históricamente que la Iglesia católica romana es la verdadera Iglesia de Jesucristo. Sin embargo, según se indicó, queda otra «marca» de la Iglesia que falta evaluar. Así, pues, estas vías irán confluyendo (como lo han venido haciendo) solamente hacia una Iglesia: la Iglesia que tiene su sede en Roma.

AMTG

1

Honors Coppieters, Apostles, Encyclopedia of Catholic Answers.

Extraído de: https://www.catholic.com/encyclopedia/apostles

2

 Pues este cargo es nombrado en primer lugar. 

3

 Muy al inicio de la vida de la Iglesia, no había distinción patente entre el presbítero y obispo. La Iglesia realiza la distinción a finales del primer siglo. Los obispos ostentarán el cargo superior, el cual está estrechamente relacionado a la sucesión apostólica.

4

 Este punto ya fue expuesto en el artículo Una sola Iglesia, así que realizaremos una breve adición.

5

Clemente Romano, Epístola a los corintios, 42, 44.

Citado de: https://escrituras.tripod.com/Textos/EpClemente1.htm

6

Ignacio de Antioquía, Epístola a los efesios, 2.

Citado de: https://escrituras.tripod.com/Textos/EpIgnacio.htm

7

 Ibidem, 3, 4, 5.

8

 Ibidem, 7.

9

Ignacio de Antioquía, Epístola a los magnesianos, 6.

Citado de: https://escrituras.tripod.com/Textos/EpIgnacio.htm

10

 Ibidem, 6, 7.

11

Ignacio de Antioquía, Epístola a los trallianos, 7.

Citado de: https://escrituras.tripod.com/Textos/EpIgnacio.htm

12

Ignacio de Antioquía, Epístola a los filadelfianos, 3.

Citado de: https://escrituras.tripod.com/Textos/EpIgnacio.htm

13

 Ignacio de Antioquía, Epístola a los esmirneanos, 8.

Citado de: https://escrituras.tripod.com/Textos/EpIgnacio.htm

15

 Irineo de Lyon, Contra los herejes, Libro III, 3, 1; 4, 1.

16

 Ibidem, Libro IV, 26, 2.

18

 Trent Horn, 20 Answers: Jehovah’s Witnesses, 1.

19

 Trent Horn, 20 Answers: Mormonism, 1.

20

 Este relato está presente en la página mormona oficial: http://www.mormon.org/beliefs/joseph-smith 

21

 Jimmy Akin, 20 Answers: Protestantism, 9.

22

 Irineo de Lyon, Contra los herejes, Libro III, 3, 2.

Por Mauricio Briceño

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