Serie: Apologética Cristiana

La fiabilidad histórica del Nuevo Testamento:

La prueba bibliográfica

Por Jonatan Medina

Serie: Apologética Cristiana

La fiabilidad histórica del Nuevo Testamento:

La prueba bibliográfica

por Jonatan Medina

Uno de los primeros pasos para empezar a demostrar que el cristianismo es la religión verdadera es defender una de las principales fuentes de nuestra fe: las Sagradas Escrituras, y más en específico: el Nuevo Testamento. La razón es simple: si el Nuevo Testamento resulta ser no más que un efectivo «cuento de hadas», como pretenden los escépticos, entonces toda la fe cristiana quedaría derrumbada en el acto. Por el contrario, si el Nuevo Testamento y, más específicamente los Evangelios, aciertan en su descripción sobre la vida y obra de Jesús de Nazaret, podemos concluir plausiblemente que la fe cristiana está en la verdad, y por descarte, los demás credos religiosos no. Pero, ¿cómo podemos saber si el Nuevo Testamento es un documento históricamente fiable?

A saber, la fiabilidad histórica de un documento haya sus bases en lo que se denomina como «el criterio de las tres pruebas». De acuerdo con este estándar, para que un documento pueda ser considerado como históricamente fiable es necesario que supere las tres siguientes pruebas: la prueba bibliográfica, la prueba de la evidencia interna y la prueba de la evidencia externa. En el presente artículo abordaremos la primera de las tres: la prueba bibliográfica. Esta prueba apunta a resolver la pregunta sobre si los documentos que tenemos hoy del Nuevo Testamento se corresponden con los originales. Como indica el apologista estadounidense Josh McDowell: «puesto que no tenemos los documentos originales, ¿cuán confiables son las copias que tenemos en relación con la cantidad de manuscritos (mss.) y el lapso de tiempo entre la copia original y las copias existentes (actualmente) (1)?». Es decir, en síntesis, la prueba bibliográfica requiere esclarecer tres cuestiones fundamentales: 1) cuántos manuscritos tenemos, 2) cuán tempranos son estos manuscritos y 3) con cuánta precisión fueron transmitidos (2).

Con respecto a la primera cuestión, el Nuevo Testamento posee una ventaja inmejorable. Al principiante en el tema le puede parecer algo «decepcionante» saber que no existen copias originales del N.T. hoy; sin embargo, como indica el erudito bíblico Edwuard Glenny: «Nadie cuestiona la autenticidad de los libros históricos de la antigüedad porque no tenemos los originales. Sin embargo, tenemos mucho menos manuscritos de esas obras que los que poseemos del N.T (3).». Por su parte, el historiador F.E. Peters afirma que «solo sobre la base de la tradición de manuscritos, las obras que forman el Nuevo Testamento cristiano fueron los libros de la antigüedad más frecuentemente copiados y con circulación más amplia (4)». De esta manera, hoy en día tenemos 5 686 manuscritos griegos, más unos 10 000 de la Vulgata Latina y por lo menos unas 9 300 otras versiones antiguas, de modo que contamos con aproximadamente 25 000 copias manuscritas de porciones del Nuevo Testamento en total. No existe otro documento de la antigüedad que si quiera se acerque a dicha cifra. La Idiada de Homero, en comparación, ocupa el segundo lugar con apenas 643 manuscritos. En virtud de esto, el académico estadounidense John Warwick Montgomery afirma que «ser escéptico en cuanto al texto resultante de los libros del Nuevo Testamento es permitir que toda la antigüedad clásica caiga en la oscuridad, porque ningún documento del período antiguo está tan bien atestiguado bibliográficamente como el Nuevo Testamento (5)», mientras que el académico británico F.F. Bruce concluye afirmando que «no hay ningún cuerpo de literatura antigua en el mundo que goce de una riqueza de testimonio textual como el Nuevo Testamento (6)».

Por esta misma razón es que existe un consenso académico acerca de la historicidad de Jesús de Nazaret: la riqueza textual del Nuevo Testamento es tan abrumadora que no puede caber duda razonable sobre su existencia.

En cuanto a la segunda cuestión, el Nuevo Testamento sale mejor parado todavía. Sobre esto el erudito en griego J. Harold Greenlee comenta: «los manuscritos más antiguos que se conocen de la mayoría de los autores griegos clásicos están fechados unos mil años o más después de la muerte de autor. […] En el caso del N.T., sin embargo, dos de los manuscritos más importantes fueron escritos en el término de 300 años  después de completado el N.T.»(7). Es decir, el intervalo de tiempo entre el original y la copia manuscrita del Nuevo Testamento es notablemente menor, en comparación con cualquier otra obra de la antigüedad. Una vez más, si el escéptico quisiera rechazar el N.T. por tener copias muy «tardías», ¡tendría que rechazar también toda la historia antigua que conoce! En este sentido, el propio F.F. Bruce sostiene: «Ningún erudito clásico prestará atención a un argumento de que la autenticidad de Heródoto o Tucídides esté en dudas porque los manuscritos más antiguos de sus obras, que tienen algún valor, provienen de 1 300 años después de los originales» (8). Por esta misma razón es que existe un consenso académico acerca de la historicidad de Jesús de Nazaret: la riqueza textual del Nuevo Testamento es tan abrumadora que no puede caber duda razonable sobre su existencia.

Finalmente, con respecto a la tercera cuestión, el Nuevo Testamento nuevamente queda muy por encima de cualquier otro documento de la historia antigua. El erudito bíblico Bruce Metzger estima que el Mahabharata del hinduismo se copió con un 90 por ciento de precisión (9), mientras la Ilíada de Homero con alrededor del 95 por ciento. En comparación, se estima que el Nuevo Testamento tiene el 99,5 por ciento de precisión. Por otra parte, las citas neotestamentarias por parte de los Padres de la Iglesia son tan abundantes que se dice que «prácticamente se podría reconstruir el Nuevo Testamento a partir de ellas sin el uso de los manuscritos del Nuevo Testamento» (10). Sin embargo, eruditos ateos como Bart Ehrman sostienen que hay innumerables variantes entre las copias, dejando entrever que son demasiadas las diferencias textuales como para que el Nuevo Testamento pase la prueba bibliográfica. Pero Ehrman se olvida de que es totalmente razonable que exista gran cantidad de variantes pues, a diferencia de cualquier otro documento antiguo, el N.T. posee alrededor de 25 000 copias. Es de esperarse, pues, que las variantes del N.T. sean muchísimo mayores que, por ejemplo, las de La Guerra de los Judíos de Flavio Josefo que tiene tan solo 9 copias que datan recién del siglo V (11). Metzger aclara esta objeción cuando dice que este tipo de variantes no alteran el sentido del texto en absoluto. Incluso críticos liberales han refutado a Ehrman, asegurando que «al menos el 95% del texto del Nuevo Testamento no está en cuestión (12)». Es decir, el «precio» que tiene que pagar el N.T. por tener tan abundante cantidad de copias es que exista una importante número de variantes entre ellas, pero este tipo de variantes por las que se escandaliza Ehrman no cuestionan en absoluto la precisión del Nuevo Testamento.

Así, pues, podemos decir que el Nuevo Testamento pasa con creces la prueba bibliográfica: 1) la cantidad de copias que posee es abrumadora, 2) la brecha de tiempo entre las primeras copias y los originales es históricamente corta, 3) y la precisión con que fueron escritas es más que notable. Insistimos: si el escéptico va a pretender cuestionar la fiabilidad histórica del N.T., va a tener que hacer lo mismo con toda la historia antigua conocida, y terminará siendo no solo un escéptico del cristianismo, sino de la historia en general. Por todas estas razones podemos concluir que el Nuevo Testamento es un documento históricamente fiable, aunque quedan pendientes todavía la prueba de la evidencia interna y la prueba de la evidencia externa que abordaremos en los siguientes capítulos.

1

 Josh McDowell, Nueva evidencia que exige un veredicto, Editoria Mundo Hispano, Cuarta edición: 2010, p. 41.

2

 Dante Urbina, ¿Cuál es la religión verdadera? Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado, Ed. CreateSpace, Charleston SC, 2018, p. 61

3

 Glenny W. Edward. “The Preservation of the Scripture”, The Bible Version Debate. Minneapolis: Central Baptist Theological Seminary, 1997.

4

 Peters, F. E. The Harvest of Hellenism. New York: Simon and Schuster, 1971.

5

 Montgomery, John W. History and Christianity. Downers Grove, III: InterVarsity Press, 1971.

6

 F.F. Bruce. The Books and the Parchments: How We Got Our English Bible. Old Tappan, N. J.: Fleming H. Revell Co., 1950. Reimpresiones: 1963, 1984.

7

 Greenlee, J. Harold. Introduction to New Testament Textual Criticism. Grand Rapdis: William B. Eerdmans Publishing Company, 1977.

8

 F.F. Bruce, The New Testament Documents: Are They Reliable? Downers Grove; III.:InterVarsity Press, 1964

9

 Los manuscritos del Nuevo Testamento «, en NL Geisler, de Baker Encyclopedia Of Apologética Cristiana , 2002, Baker Books: Grand Rapids (MI), páginas 532-533

10

 Greenlee, J. Harold. Ibid.

11

 Greg Boyd, How do you respond to Bart Ehrman’s book Misquoting Jesus?, ReKnew, January 8 ,2008.

12

 Lee Strobel, El caso de Cristo, Editorial Vida, Miami, 2000, p. 39

Por Jonatan Medina

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