Serie: Apologética Cristiana

La fiabilidad histórica del Nuevo Testamento:

La prueba de la evidencia interna

Por Mauricio Briceño

Serie: Apologética Cristiana

La fiabilidad histórica del Nuevo Testamento:

La prueba de la evidencia interna

por Mauricio Briceño

Según se mencionó en el artículo anterior, para probar la fiabilidad histórica del Nuevo Testamento, el texto cristiano debe atravesar satisfactoriamente «el criterio de las tres pruebas». En el presente artículo, se explicará la aplicación de la segunda prueba al Nuevo Testamento, la prueba de la evidencia interna.

Esta prueba evalúa la confiabilidad intrínseca de un documento histórico, es decir, de la capacidad del autor del documento de narrar hechos verdaderos, que sucedieron realmente (1). Esta capacidad depende de al menos dos cuestiones: en primer lugar, de la cercanía espacio-temporal del autor con los hechos que narra y, en segundo lugar, de la sinceridad que él muestra en su narración.

¿Qué puede decirse del Nuevo Testamento habiendo analizado en sí estas dos cuestiones? Que aprueba ambas de manera sobresaliente. Sobre la primera cuestión, se debe afirmar que los autores de los libros del Nuevo Testamento han sido ellos mismos testigos oculares de los acontecimientos de la vida y ministerio de Jesús o han registrado los relatos de los testigos oculares. Sobre ello nos narra la Escritura (2):

El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis (Juan 19, 35).

Os hemos enseñado cosas referentes al poder y a la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Para ello no hemos recurrido a fábulas ingeniosas, pues os hemos hablado después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad (2 Pedro 1, 16).

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida, os lo anunciamos (1 Juan 1, 1).

Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo (Lucas 1, 1-3).

No obstante, hay quienes afirman que el Nuevo Testamento no pasa la prueba de la evidencia interna, debido a que existen supuestas contradicciones entre los libros que contiene, especialmente entre los Evangelios.

Respecto a la segunda cuestión, se debe notar que el Nuevo Testamento muestra rasgos de honestidad, sencillez y humildad, los cuales no son esperables en la narración de un impostor. En particular, narra abiertamente situaciones que deberían ser comúnmente consideradas como vergonzosas para los discípulos y comunidades cristianas. Si los autores de los libros hubieran inventado o modificado las historias a su conveniencia, es razonable creer que también hubieran ocultado la información que podría desprestigiar a los cristianos. Por ejemplo, se narra que los apóstoles discutieron quién era «el mayor» o el más importante (Lucas 22, 24); que Santiago y Juan fueron reprendidos por Jesús porque sugirieron enviar fuego del cielo a unos samaritanos (Lucas 9, 52-54); que los apóstoles se quedaron dormidos dos veces a pesar que Jesús les pidió que velaran con él antes de su Pasión (Mateo 26, 36-43); que los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron cuando le apresaron (Mateo 26, 56; Marcos 14, 50-52); que Pedro negó a Jesús tres veces (Mateo 26, 69-75; Marcos 14, 66-72; Lucas 22, 54-62; Juan 18, 15-18.25-27); que los apóstoles no creyeron el testimonio de las mujeres discípulas sobre la Resurrección de Jesús, catalogando sus palabras como «desatinos» (Lucas 9, 9-11); que Tomás no creyó en el testimonio de los demás apóstoles sobre la Resurrección (Juan 20, 24-29); que los primeros cristianos eran considerados por «el mundo» como lo «plebeyo y despreciable» (1 Corintios 1, 28); que en la comunidad cristiana de Corinto habían graves casos de inmoralidad (1 Corintios 5, 1-2); que se dieron abusos en la «Cena del Señor», en las primeras celebraciones eucarísticas (1 Corintios 11, 17-22); que Pablo reprendió a Pedro por una actitud negativa hacia los no-judíos (Gálatas 2, 11-14); que surgieron las primeras herejías y «anticristos» (1 Juan 2, 18-26; 2 Juan 1, 7-11; Mateo 24, 24); entre otros. Por otra parte, respecto a la misma cuestión, observemos que los Evangelios detallan milagros realizados por Jesús: si los autores fueran embaucadores, sería razonable esperar que dichos hechos sean narrados de una manera soberbia, exagerada o rimbombante. Ello no ocurre, incluso podría decirse que la narración es sobria y sencilla, a pesar de la magnitud del hecho. Esto se evidencia, por ejemplo, en los textos de primera multiplicación de los panes (Marcos 6, 34-44), de la curación de un leproso (Lucas 5, 12-14), y de la conversión del agua en vino en las Bodas de Caná (Juan 2, 1-10).

Un elemento que también suma a la fiabilidad del Nuevo Testamento, relacionado a la cuestión primera, es el hecho que los principales libros que narran el ministerio de Jesús, fueron escritos temporalmente muy cercanos a los acontecimientos. Muchos eruditos sostienen que los Evangelios fueron escritos a finales del siglo I, siendo Marcos escrito entre los años 60 y 70; Mateo, entre los 80 y 90; Lucas, alrededor del 85; y Juan, en la década de los 90. Sin embargo, mediante un análisis de las características del texto de los Evangelios y la historia cristiana temprana, J. Akin (3) provee fechas considerablemente más tempranas: Marcos habría sido escrito en la década de los 50; Mateo, alrededor del año 63; Lucas, alrededor del 59; y Juan, alrededor del 65. Ello implica que todos los Evangelios fueron escritos alrededor de 30 años después de la muerte de Jesús. Al lector moderno le puede parecer que esta es una amplia brecha entre los hechos y los registros de estos, y, en base a ello, algunos como K. Armstrong (4) afirman que aquello facilitaría variaciones o errores en los textos del ministerio de Jesús. Sin embargo, como diría C. Blomberg (5), si los Evangelios son comparados con otros documentos antiguos, los Evangelios serían «una noticia de última hora». Por ejemplo, las dos primeras biografías de Alejandro Magno, escritas por Arriano y Plutarco, fueron escritas 400 años después de la muerte de Alejandro en el 323 a.C. y, a pesar de ello, historiadores consideran en general que estas son dignas de confianza. Además, dadas las fechas tempranas, los autores debieron ser necesariamente sinceros y precisos en las historias, puesto que, como aún vivían muchos testigos y discípulos directos de Jesús, también familiarizados con su ministerio, estos podrían haber expuesto cualquier inexactitud en la narración (6). Ello concuerda con el discurso de Pedro en Hechos 2, 22, quien apeló principalmente al conocimiento de los oyentes y no al suyo propio: «Israelitas, escuchad estas palabras: Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis».

Asimismo, hay indicios secundarios en el Nuevo Testamento que también confirman la confiabilidad. De acuerdo a L. McGrew (7), existen «coincidencias no-diseñadas», estas son conexiones entre dos o más fragmentos de los libros del Nuevo Testamento que no parecen haber sido planificadas por los autores que los escribieron. Por ejemplo, en los Evangelios, Mateo menciona que Herodes se enteró de la fama de Jesús y dijo a sus criados que creía que Jesús era Juan el Bautista resucitado (Mateo 14, 1-2). ¿Cómo Mateo podría haberse enterado de este suceso tan privado? La explicación radica en Lucas: una seguidora de Jesús era Juana, la esposa de Cusa, quien era un administrador de Herodes (Lucas 8, 1-3). Es sumamente probable que Juana, entonces, haya estado al tanto de lo que acontecía en dicha casa, especialmente de lo relacionado a los criados, y haya comentado estos sucesos a los discípulos. Existe, por tanto, una conexión significativa, pero resulta notorio que no es planificada, ya que el fragmento de Lucas no menciona a Herodes o la muerte de Juan el Bautista. Observemos otra coincidencia no-planificada. En Hechos 18, 1-5, se narra que mientras Pablo estaba en Corinto, él se dedicó a la fabricación de tiendas durante la semana y los sábados «discutía» en la sinagoga. Sin embargo, cuando Silas y Timoteo vinieron de Macedonia, Pablo «se dedicó enteramente a la palabra». ¿Por qué el arribo de Silas y Timoteo generó ese cambio en el itinerario de Pablo? La explicación está presente en la carta que Pablo envió a la misma comunidad tiempo después: «Cuando estuve entre vosotros, me vi necesitado; pero no fui gravoso a nadie. Fueron los hermanos llegados de Macedonia los que remediaron mi necesidad» (2 Corintios 11, 9). Se deduce de ambos fragmentos, que Pablo requirió trabajar por necesidad económica en un inicio, hasta que Silas y Timoteo le trajeron dinero desde Macedonia. En conclusión, según los ejemplos anteriores, dadas las conexiones existentes entre los libros del Nuevo Testamento y la improbabilidad de que estas hayan sido diseñadas, lo más razonable es creer que cada autor haya escrito siempre de acuerdo a la verdad.

No obstante, hay quienes afirman que el Nuevo Testamento no pasa la prueba de la evidencia interna, debido a que existen supuestas contradicciones entre los libros que contiene, especialmente entre los Evangelios. Sobre esta objeción, debe tomarse en cuenta lo afirmado por J. Montgomery (8), que «uno debe dar atención a las afirmaciones del documento bajo análisis y no suponer fraude o error, excepto si el autor se descalifica por contradicciones o por inexactitudes factuales conocidas». Es decir, antes de afirmar inmediatamente que ciertos fragmentos se contradicen, es necesario suponer que lo narrado es verdadero hasta que se pruebe lo contrario. ¿Cómo, pues, analizar a profundidad un texto para juzgar si existe contradicción real o solamente una aparente? R. Horn (9) nos sugiere lo siguiente. En primer lugar, debemos estar seguros de haber entendido correctamente el pasaje, el sentido en el que usa palabras o números. En segundo lugar, debemos poseer todo el conocimiento disponible relacionado con dicha cuestión. En tercer lugar, debemos verificar si se puede arrojar luz adicional a través del avance de la investigación documental y de la arqueología. Evaluemos algunas supuestas contradicciones. En el Evangelio de Mateo se narra que, saliendo de Jericó, Jesús sanó a dos ciegos (Mateo 20, 28-34), mientras que, en Marcos, a uno (Marcos 10, 46-52). Sobre esto hay que notar que Marcos menciona el nombre del ciego, Bartimeo, y su padre, Timeo: conocía al ciego personalmente. Por tanto, es natural que su narración se halla centrado en él, como notan N. Geisler y T. Howe (10): «Si dos hombres fueran a recibir una medalla de honor del presidente de los Estados Unidos y uno fuera tu amigo, es entendible que, cuando cuentes la historia, hables solo de quien conocías». Como segundo ejemplo, analicemos lo narrado sobre la muerte de Judas. El Evangelio de Mateo explica que Judas se ahorcó (Mateo 27, 5), mientras que Lucas detalla en Hechos que él cayó de cabeza en el campo y «reventó por medio» (Hechos 1, 18). Para resolver la aparente contradicción, se debe tomar en cuenta que Lucas fue médico y, por tanto, es natural que se centre en el estado final del cuerpo de Judas. Sumado a ello, debemos considerar lo afirmado por K. Vij en su tratado de medicina y toxicología: que, entre tres y siete días después del fallecimiento, la creciente presión de los gases de putrefacción internos puede llevar al ablandamiento en la zona abdominal, ocasionando que el abdomen y tórax se abran. Es decir, tomando en cuenta ambos pasajes, es perfectamente posible que Judas se haya ahorcado en la rama de un árbol y esta haya cedido en algún momento, cayendo el cuerpo de Judas y, por la caída o el pasar de los días, su vientre se haya abierto. Finalmente, analicemos otra supuesta contradicción relacionada a este suceso. Lucas narra que el campo en el cual falleció Judas fue comprado por él (Hechos 1, 18), mientras que Mateo menciona que lo compraron los fariseos (Mateo 27, 6-7). Para armonizar los textos, es necesario fijar nuestra atención en el hecho que, por ley judía (Números 35, 31), los fariseos no podían poseer o utilizar las treinta monedas dejadas por Judas, por tanto, para deshacerse de ellas, compraron el campo en el cual falleció el apóstol a nombre de Judas. Es decir, como nota E. Manning (12), los fariseos actuaron como intermediarios: al comprar el campo a su nombre era como si Judas mismo lo comprase. Entonces, en términos legales, el campo fue comprado por Judas, aunque al mismo tiempo, en términos factuales, el campo fue comprado por los judíos.

Por último, hay quienes afirman que el intento de armonizar los diferentes fragmentos de los escritos implica realmente «esconder» o minimizar contradicciones. Esto es sostenido por B. Ehrman (13). Ante esto, el creyente debe afirmar, como lo hizo N. Wright (14), que los intentos de armonización son comunes cuando se trata de fuentes antiguas: «Después de todo, no estoy sugiriendo más que estudiar a Jesús como a cualquier otra figura del pasado antiguo. Nadie se queja de un libro sobre Alejandro Magno si, al contar la historia, el autor “armoniza” dos o tres fuentes; ese es su trabajo, promover hipótesis que unan los datos en un marco coherente, en lugar de dejarlos dispersos. Por supuesto, las fuentes sobre Alejandro, como las fuentes sobre Jesús, Tiberio, Beethoven, Gandhi o cualquier otra persona, tienen su propio punto de vista, que deben tenerse muy en cuenta».

En conclusión, el Nuevo Testamento también atraviesa satisfactoriamente la prueba de la evidencia interna. Y al igual que en el artículo anterior, es sumamente razonable deducir que el Nuevo Testamento es un documento históricamente fiable. En el siguiente artículo, se abordará la última prueba científica: la prueba de la evidencia externa.

1

 Dante Urbina, ¿Cuál es la religión verdadera?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado, 2018, pág. 63.

2

 Josh McDowell & Sean McDowell, Evidence That Demands a Verdict: Life-Changing Truth for a Skeptical World, 2017.

3

 Jimmy Akin, The Bible Is a Catholic Book, 2019, pág. 102-106.

4

 Karen Armstrong, A History of God: The 4,000-Year Quest of Judaism, Christianity and Islam, 1994, pág. 79.

5

 Claig Blomberg en Lee Strobel, El Caso de Cristo, 2000, pág. 36-39.

6

 Frederick F. Bruce, The New Testament Documents: Are They Reliable?, 1964.

7

 Lydia McGrew, Hidden in Plain View: Undesigned Coincidences in the Gospels and Acts, 2017.

8

 John W. Montgomery, History and Christianity, 1971, pág. 29.

9

 Robert M. Horn, The Book That Speaks for Itself, 1970.

10

 Norman L. Geisler & Thomas Howe, When Critics Ask: A Handbook of Bible Difficulties, 1992.

11

 Krishan Vij, Textbook of Forensic Medicine & Toxicology: Principles & Practice, 2011.

12

 Erick Manning, “The Death of Judas: A Hopeless Bible Contradiction?”, Cross Examined, 2020.

13

 Bart D. Ehrman, Jesus, Interrupted: Revealing the Hidden Contradictions in the Bible (and Why We Don’t Know About Them), 2010.

14

 Nicholas T. Wright, Jesus and the Victory of God, 1996.

Por Mauricio Briceño

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