Serie: Apologética Cristiana

La fiabilidad histórica del Nuevo Testamento:

La prueba de la evidencia externa

Por Mauricio Briceño

Serie: Apologética Cristiana

La fiabilidad histórica del Nuevo Testamento:

La prueba de la evidencia externa

por Mauricio Briceño

Según se mencionó en artículos anteriores, para probar la fiabilidad histórica del Nuevo Testamento, el texto cristiano debe atravesar satisfactoriamente «el criterio de las tres pruebas». En el presente artículo, se explicará la aplicación de la tercera prueba al Nuevo Testamento: la prueba de la evidencia externa.

Esta prueba analiza si material histórico externo al documento evaluado confirma o niega el testimonio interno de este. Es decir, si existen documentos históricos adicionales que confirman hechos o detalles narrados en el texto evaluado, este tendrá mayor confiabilidad, mientras que, si existen documentos que lo contradicen, su confiabilidad disminuye. Ejecutemos, entonces, esta prueba al Nuevo Testamento.

En primer lugar, debe afirmarse que existe una amplia evidencia de escritores cristianos tempranos que mencionaron o citaron libros del Nuevo Testamento, dando constancia de la existencia de estos y de la veracidad de elementos de su narración (1). Eusebio de Cesarea, en su Historia eclesiástica, conserva los escritos de Papías (60-130 d.C.), obispo de Hierápolis, en el cual se colecciona ciertos dichos de «El Anciano», quien probablemente era el apóstol Juan. «El Anciano» afirma que Marcos, dado que fue el intérprete de Pedro, escribió su Evangelio según el testimonio del apóstol, con precisión y sin equivocarse. Irineo de Lyon (130-202 d.C.), obispo de Esmirna y discípulo de Policarpo (quien fue discípulo del apóstol Juan) afirmó que el terreno sobre el cual descansan los Evangelios es firme (2) y nota que los cuatro Evangelios son pilares de la Iglesia, comparándolos con los «cuatro» puntos cardinales (3). Clemente (d-101 d.C.), obispo de Roma, narra sobre Jesús y la Iglesia primitiva, resumiendo el origen del cristianismo: menciona la entrega del Evangelio a los apóstoles, la Resurrección de Jesús y el inicio de la actividad misionera. Asimismo, en su Epístola a los corintios, cita a diversas enseñanzas de Jesús presentes en los Evangelios (Mateo 5, 7; 6, 14-15; 7, 1-2.12; Lucas 6, 31.36-38). Ignacio (35-108/110 d.C.), obispo de Antioquía, provee diversas referencias históricas de Jesús en sus escritos. En su carta a los tralianos, menciona que Jesús era descendiente de David e hijo de María, que fue perseguido en el periodo de Poncio Pilato, y que fue crucificado, que murió y resucitó. En su epístola a los de Esmirna y en su carta a los de Magnesia, también narra doctrina cristiana significativa. Policarpo (70-155 d.C.), discípulo del apóstol Juan, confío en la fe que le fue transmitida a través del testimonio oral y escrito, incluso momentos antes de ser martirizado. Taciano (120-180 d.C.), creó el Diatessaron, un documento síntesis de los Evangelios, basándose en los cuatro existentes.

«Para Hechos, la confirmación de la historicidad es abrumadora. […] Cualquier intento de rechazar su historicidad básica debe parecer absurdo ahora» (A. Sherwin-White); «Lucas es un historiador de primer nivel, sus declaraciones de hechos no son solamente dignas de confianza. […] Este autor debe ser colocado junto al más grande de los historiadores» (W. Ramsay).

Si bien, como comenta N. Geisler (4), los testimonios de los escritores cristianos no deben considerarse parcializados, sino confiables, también podemos observar evidencia en fuentes no-cristianas de elementos de Jesús, del Nuevo Testamento y de las primeras comunidades cristianas. Tácito (55-120 d.C.), historiador romano del siglo I, considerado como uno de los más precisos del mundo antiguo, da testimonio de la presencia de cristianos en Roma en el año 64 y de la existencia y muerte reales de Jesús, en su narración sobre el gran incendio ocurrido en la ciudad: «En consecuencia, para deshacerse de los rumores, Nerón culpó e infligió las torturas más exquisitas a una clase odiada por sus abominaciones, quienes eran llamados cristianos por el populacho. Cristo, de cuyo nombre tiene su origen, sufrió la pena extrema durante el reinado de Tiberio a manos de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato, y la superstición muy maliciosa, de este modo sofocada por el momento, de nuevo estalló no solamente en Judea, la primera fuente del mal, sino incluso en Roma» (5). Probablemente, Tácito también hizo referencia a la creencia sobre la Resurrección de Jesús con el término «superstición muy maliciosa». Josefo (37-100 d.C.), fariseo e historiador judío de ciudadanía romana, realiza al menos tres afirmaciones importantes. Primero, se refiere a Jesús y a su hermano llamado Santiago. Refiriéndose al sumo sacerdote Ananías, Josefo escribe: «Reunió al Sanedrín y trajo ante ellos al hermano de Jesús, que se llamaba Cristo, cuyo nombre era Santiago, y a algunos de sus compañeros y, habiendo formado una acusación contra ellos por violadores de la Ley, los entregó para que fueran apedreados» (6). Este pasaje, escrito en el 93 d.C., confirma el hecho que Jesús era una persona real del siglo primero, que fue identificado por algunos como Cristo y que tenía un «hermano» llamado Santiago (lo cual coincide con el texto de Gálatas 1, 19, en el cual se le denomina a Santiago el «hermano del Señor»). Segundo, Josefo confirmó la existencia y el martirio de Juan el Bautista: «Algunos de los judíos pensaron que la destrucción del ejército de Herodes venía de Dios y, muy justamente, como un castigo por lo que [Herodes] hizo contra Juan, que era llamado el Bautista, porque Herodes lo mató. Aquel era un buen hombre, ordenó a los judíos que ejercieran la virtud, tanto en la rectitud de sí como en la piedad hacia Dios, y así llegar al bautismo» (7). Tercero, en su escrito Antigüedades, está presente un fragmento del cual la mayoría de eruditos opina que (quitando posibles añadidos posteriores) confirma la existencia de Jesús como un «hombre sabio» que realizó «hazañas sorprendentes» y que fue condenado por Pilato a la crucifixión. Por otro lado, Suetonio (70-126 d.C.), secretario en jefe del emperador romano Adriano, confirmó la expulsión de los judíos de Roma por el emperador Claudio en el 49 d.C., suceso narrado en Hechos 18, 2: «Como los judíos estaban provocando constantes disturbios por instigación de Cresto, los expulsó de Roma» (8). Además, coincide con Tácito sobre la presencia de cristianos en Roma: «Se infligió castigo a los cristianos, un grupo de personas adictas a una novedosa y maliciosa superstición». Por su parte, Plinio el Joven, gobernador de Bitinia entre 111-113 d.C., menciona también a los cristianos en una correspondencia suya con el emperador Trajano (9). En esta carta, le pregunta al emperador si es que los estaba castigando adecuadamente por su fe. Curiosamente, narra también que los cristianos cantaban a «Cristo como a un dios», de lo cual no solamente se deduce que los cristianos creían que Jesús era un personaje histórico y real, sino alguien más, superior. Adicionalmente, Luciano de Samosata, satírico griego del siglo II, comentó sobre los primeros cristianos en uno de sus escritos, haciendo referencia a Jesús: «Aquel a quien todavía adoran hoy, el hombre de Palestina que fue crucificado porque trajo esta nueva forma de iniciación al mundo» (10). Afirmó también que los cristianos se consideraban hermanos en el momento en el que dejaban de adorar a dioses griegos, mientras comenzaban a «adorar a ese sofista crucificado según sus leyes». Celso, pensador romano, escribió alrededor de 175 d.C. sobre Jesús, presentando sus milagros como resultado de magia o hechicería que aprendió en Egipto (11). Si bien sus afirmaciones sobre el cristianismo pueden considerarse como sátiras o caricaturas de esta religión, no niega el hecho que Jesús realizó milagros. Como último ejemplo, Mara Bar-Serapion, filósofo sirio, en una carta dirigida a su hijo alrededor del 70 d.C., mencionó a Jesús como el «sabio rey» de los judíos, comparándolo con los filósofos Sócrates y Pitágoras (12).

En tercer lugar, debe notarse que la arqueología ayuda a confirmar elementos narrados en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, puede probarse el censo mencionado en Lucas 2, 1-3: «Por aquel entonces, se publicó un edicto de César Augusto, por el que se ordenaba que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo Cirino gobernador de Siria. Todos fueron a empadronarse, cada cual a su ciudad». Primero, se ha descubierto que los romanos mantenían una inscripción regular de contribuyentes de impuestos y realizaban censos cada catorce años. Este procedimiento se inició bajo el periodo del emperador Augusto y el primero tuvo lugar entre el 23-22 a.C. o entre el 9-8 a.C. Lucas se refiere probablemente al último periodo. Segundo, por una inscripción encontrada en Antioquía (13), se tiene evidencia que Cirino fue gobernador de Siria alrededor del 7 d.C., lo cual coincide con el periodo del censo de Augusto. Tercero, un papiro encontrado en Egipto (14), da información de cómo fue realizado el censo: «Debido a que se acerca el censo, es necesario que todos los que residen por cualquier causa fuera de sus hogares se preparen de inmediato a regresar a sus propios gobiernos para que puedan completar el registro familiar». La existencia de cristianos antes del 50 d.C. puede ser verificada en dos osarios encontrados en las cercanías de Jerusalén.  En estos, están escritas las frases «Iesous iou» y «Iesous aloth», las cuales serían un rezo de súplica y otro por la resurrección del difunto, respectivamente (15). Además, se ha confirmado la existencia del tribunal en donde Jesús fue juzgado por Pilato, llamado «Gabbatá» o el «Enlosado» (Juan 19, 13), el cual era la corte de la Torre de Antonia, cuartel general militar romano en Jerusalén. También, gracias a excavaciones cerca a la Iglesia de Santa Ana, se ha identificado la piscina de Betesda, en el cual Jesús curó a un paralítico (Juan 5, 1-16). Asimismo, en una losa de piedra encontrada en Nazaret en 1878, una inscripción narra el decreto del emperador Claudio (quien reinó entre 41-54 d.C.) que ordena que no se debía remover tumbas ni extraer o mover cuerpos. Este tipo de decreto no es infrecuente, pero lo sorprendente es que se menciona que quien infrinja esta norma será condenado a la pena capital. N. Geisler (16) deduciría de ello lo siguiente: «Una explicación probable es que Claudio, habiendo oído hablar de la doctrina cristiana de la Resurrección y de la tumba vacía de Jesús, decidió no dejar que ningún evento de este tipo volviera a aparecer. Esto tendría sentido a la luz del argumento judío de que el cuerpo había sido robado (Mateo 28, 11-15)». Este es un testimonio temprano de la firme y persistente creencia de que Jesús resucitó de entre los muertos. Por otro lado, el descubrimiento de un osario en 1968 (Osario n.4, Tumba I, en Giv’at ha-Mivtar) da evidencia de que la crucifixión era un método de ejecución romano empleado en Judea durante la administración de Pilato (17). Incluso, da indicios de que se les quebraban las piernas a los crucificados, confirmando lo narrado en Juan 19, 31-36. La existencia de Poncio Pilato también ha sido corroborada arqueológicamente. Una piedra descubierta en Cesarea Marítima cuenta con una inscripción en latín en la cual se lee: «Tiberio. Poncio Pilato, prefecto de Judea» (18). Incluso las tres monedas mencionadas en el Nuevo Testamento han sido identificadas con una certeza razonable (19). Primero, la «moneda del tributo» (Mateo 22, 17-21; Marcos 12, 13-27; Lucas 20, 20-26), la cual era un denario, una pequeña moneda de plata que llevaba la imagen de César en un lado, y su valor era igual al salario diario promedio de un trabajador en Palestina. Segundo, las «treinta monedas de plata» (Mateo 26, 14-15), las cuales eran probablemente «siclos» de plata. Tercero, las «moneditas de la viuda» (Marcos 12, 41-44; Lucas 21, 1-4): «pero llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as». Las primeras palabras (lepta en griego) hacen referencia a la moneda griega de cobre más pequeña y el segundo (quadrans en el mismo idioma), a la moneda romana de cobre más pequeña. En suma, dada la continua confirmación de elementos neotestamentarios por el trabajo arqueológico, M. Burrows, arqueólogo de la universidad de Yale, afirmaría: «En general, el trabajo arqueológico sin lugar a dudas ha fortalecido la confianza en la confiabilidad del registro bíblico. Más de un arqueólogo ha descubierto que su respeto por la Biblia ha aumentado gracias a la experiencia de las excavaciones en Palestina».

En el mismo sentido, diversos hechos y elementos de los libros escritos por Lucas, su Evangelio y Hechos, pueden ser corroborados arqueológicamente. Se han identificado la mayoría de las ciudades antiguas mencionadas en Hechos (20); es más, N. Geisler afirma que, en total, Lucas nombra 32 países, 54 ciudades y 9 islas sin error. Mediante una inscripción encontrada en Abila, se ha comprobado la existencia de Lisanias, tetrarca de Abilene, quien gobernó en Siria y Palestina al inicio del ministerio de Juan el Bautista en el año 27 d.C. (Lucas 3, 1). Una inscripción del pavimento descubierto en las excavaciones de Corinto (21) ha identificado a Erasto como «conservador de edificios públicos», lo cual hace muy probable que sea el Erasto mencionado en Romanos 16, 23 como el «tesorero de la ciudad». También en Corinto, se ha encontrado una inscripción que aparenta decir «Sinagoga de los Hebreos», la cual podría haber estado en la puerta de la sinagoga en donde Pablo debatió (Hechos 18, 4-7). Asimismo, otra inscripción corintia menciona al «mercado de carne» de la ciudad, al cual se refiere Pablo en 1 Corintios 10, 25. Lucas también escribe sobre un motín en Jerusalén que sucedió porque Pablo llevó a un gentil al templo (Hechos 21, 28). Este actuar judío ha sido justificado con inscripciones encontradas que dicen, en griego y latín: «Ningún extranjero puede entrar dentro de la barrera que rodea el templo y el recinto. Cualquiera que sea sorprendido haciéndolo será personalmente responsable de su consiguiente muerte» (22). Por otro lado, descubrimientos arqueológicos también han confirmado la precisión de Lucas en su terminología: cuando menciona que Filipos era un «distrito» (meris en griego) de Macedonia (Hechos 16, 12), cuando se refirió a los gobernantes de dicha ciudad como «pretores» (Hechos 16, 20), cuando se refirió a Galión como «procónsul» de Acaya (Hechos 18, 12), dato confirmado por una inscripción en Delfos, cuando le da a Publio, hombre de Malta, el título de «Principal de la isla» (Hechos 28, 7), y cuando menciona como «politarcas» a las autoridades civiles de Tesalónica (Hechos 17, 6). Dada esta y más evidencia, es entendible que eruditos afirmen lo siguiente: «Para Hechos, la confirmación de la historicidad es abrumadora. […] Cualquier intento de rechazar su historicidad básica debe parecer absurdo ahora» (A. Sherwin-White, 23); «Lucas es un historiador de primer nivel, sus declaraciones de hechos no son solamente dignas de confianza. […] Este autor debe ser colocado junto al más grande de los historiadores» (W. Ramsay, 24).

En conclusión, el Nuevo Testamento atraviesa satisfactoriamente la prueba de la evidencia externa. Y, junto con los artículos anteriores, puede afirmarse con certeza que el Nuevo Testamento es un documento históricamente fiable. Si bien, como menciona D. Urbina (25), este hecho es suficiente para demostrar que el cristianismo es la religión verdadera (dada la naturaleza del documento neotestamentario y sus afirmaciones especialísimas sobre Jesús), en el contenido siguiente profundizaremos sobre las demás «vías» que demuestran la veracidad del cristianismo.

1

Josh McDowell & Sean McDowell, Evidence That Demands a Verdict: Life-Changing Truth for a Skeptical World, 2017.

2

Irineo, Contra las herejías, III.11.7.

3

Ibidem, III.11.8.

4

Norman L. Geisler, “Resurrection, Evidence for”, Baker Encyclopedia of Christian Apologetics, 2006, pág. 381.

5

Tácito, Anales, 15.44.

6

Josefo, The Antiquities of the Jews, 20.9.1.

7

Ibidem, 18.5.2.

8

Suetonio, Las vidas de los doce césares, 25.4.

9

Citado en Robert E. Van Voorst, Jesus Outside the New Testament: An Introduction to the Ancient Evidence, 2000, pág. 25.

10

Ibidem, pág. 59.

11

Ibidem, pág. 66-67.

12

Citado en Darrell L. Bock, Studying the Historical Jesus, 2002, pág. 53.

13

John Elder, Prophets, Idols, and Diggers, 1960, pág. 160.

14

Ibidem, pág. 159-160.

15

Frederick F. Bruce, “Archaeological Confirmation of the New Testament”, en Revelation and the Bible, 1969, pág. 327-328.

16

Norman L. Geisler, “Resurrection, Evidence for”, Baker Encyclopedia of Christian Apologetics, 2006, pág. 48.

17

Craig A. Evans, “Getting the Burial Traditions and Evidences Right”, en How God Became Jesus: A Response to Bart Ehrman, 2014, pág. 83-84.

18

 David S. Dockery y otros, Foundations for Biblical Interpretation, 1994, pág. 360.

19

Ibidem, pág. 362.

20

Frederick F. Bruce, The New Testament Documents: Are They Reliable?, 1964, pág. 95.

21

Ibidem

22

Frederick F. Bruce, “Archaeological Confirmation of the New Testament”, en Revelation and the Bible, 1969, pág. 326.

23

Adrian N. Sherwin-White, Roman Society and Roman Law in the New Testament, 1963, pág. 189.

24

William M. Ramsay, The Bearing of Recent Discovery on the Trustworthiness of the New Testament, 1915, pág. 222.

25

(25) Dante Urbina, ¿Cuál es la religión verdadera?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado, 2018, pág. 68.

Por Mauricio Briceño

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