¿Puede un católico hacer yoga?

- 5 razones -

¿Puede un católico hacer yoga?

- 5 razones -

Seguramente más de una vez has escuchado hablar del yoga. Es una práctica que todos conocemos y que incluso algunos católicos hemos practicado. Nos acercamos a esta práctica pensando que es un simple ejercicio que nos relaja, nos ayuda a meditar o a comenzar el día con la mente enfocada. Cada vez el yoga está más de moda, y no sólo eso, cada vez es más cool hacer yoga: te compras tu “mat” súper cool y te matriculas a la clase. Seguramente incluso sientes que estás dando un paso importante al incorporar esta práctica en tu rutina diaria.

Un católico no debe hacer yoga. ¿Por qué? Aunque de primera nos cueste entender, debemos tener en claro que el yoga está fundado en una filosofía y en una visión que no son compatibles con la fe cristiana. Joel S. Peters y P. James Manjackal, especialistas en el tema, nos brindan 5 claves para convencernos:

La palabra yoga deriva de la raíz sánscrita “yuj” que significa «unión”. El objetivo del yoga es unir el yo transitorio (temporal) o «jiva», con el (yo eterno) infinito o «Brahman», el concepto hindú de Dios. Este dios no es un dios personal, sino que es una sustancia impersonal espiritual que es “uno con la naturaleza y el cosmos”. Brahman es una sustancia impersonal y divina que «impregna, envuelve y subyace en todo”.

Esta imagen de dios como algo impersonal y casi efímero se contrapone completamente a aquel Dios que los católicos conocemos. Se contrapone por completo a Jesucristo: el Hijo de Dios hecho hombre. El Dios verdadero es un Dios personal que se viene a nuestro encuentro para que le conozcamos.

El yoga no es únicamente un conjunto de posturas y ejercicios físicos, sino que es una disciplina espiritual que pregona llevar el alma al “samadhi”, es decir, a aquel estado en el que lo natural y lo divino se convierten en uno, el hombre y Dios llegan a ser uno sin ninguna diferencia.

El panteísmo es aquella visión según la cual el dios y el mundo son uno solo. En el hinduismo existe una realidad única y todo lo demás es una ilusión (o Maya), es decir, el universo es entendido como una energía eterna, divina y espiritual, donde todos los entes que existen -incluyendo los humanos- son sus extensiones.

El yoga es la vía que lleva al practicante (varón=yogi, mujer=yogini) con esta energía cósmica.

Por otro lado, en el cristianismo, a través de la revelación contenida en la Tradición y las Sagradas Escrituras se conoce la verdadera naturaleza del hombre como creación única de Dios hecho a su imagen y semejanza; y que ni el hombre ni el universo creados son divinos.

En el hinduismo, el bien y el mal son ilusorios (Maya), y por lo tanto, inexistentes. Mientras que en el cristianismo, el pecado existe y significa una transgresión de la ley de Dios y el rechazo de nuestro verdadero bien; además, es inseparable para nuestra fe porque es la razón por la que necesitamos un Salvador. La Encarnación, la Vida, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesús son para los cristianos medios de salvación, es decir, para liberarnos del pecado y de sus consecuencias.

Es un error creer que practicando yoga solo se conseguirán beneficios corporales sin ser afectado por su fundamento espiritual.

Esto se debe a que el yoga no trata esencialmente de la relajación o la flexibilidad, sino de utilizar los medios físicos para un fin espiritual.

 

Como explica el apologeta Michael Gleghorn, hay especialistas en yoga como Georg Feuerstein y Jeanine Miller, que al hablar sobre las posturas de esta práctica (asana) y de los ejercicios de respiración (pranayama), las señalan como algo más que solo otra forma de ejercicio: son “ejercicios psicosomáticos”, es decir, que el proceso de origen psíquico también tiene influencia en el cuerpo.

 

El reconocido investigador sobre yoga, Dave Fetcho, también señala que la filosofía oriental es interdependiente con la práctica del yoga: “El yoga físico, según su definición clásica, es intrínseca y funcionalmente incapaz de ser separado de la metafísica de las religiones orientales. El practicante occidental que intente hacer esto lo está haciendo desde la ignorancia y en peligro, tanto desde el punto de vista del yogui como desde el punto de vista cristiano. (Yoga; 725:2)

 

En la “Carta a los obispos de la iglesia católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana” de 1989, la Congregación para la Doctrina de la Fe, si bien no condena expresamente el yoga, señala en el numeral 12 que se debe tener prudencia con la práctica de «métodos orientales», inspirados en el hinduismo y el budismo: ”Propuestas u otras análogas de armonización entre meditación cristiana y técnicas orientales deberán ser continuamente cribadas con un cuidadoso discernimiento de contenidos y de método, para evitar la caída en un pernicioso sincretismo».

 

En el numeral 14 se explica que la sola noción de que los seres humanos se unan “con una conciencia cósmica divina” contradice las enseñanzas de la Iglesia: «Para aproximarse a ese misterio de la unión con Dios, que los Padres griegos llamaban divinización del hombre, y para comprender con precisión las modalidades en que se realiza, es preciso ante todo tener presente que el hombre es esencialmente criatura y como tal permanece para siempre, de tal forma que nunca será posible una absorción del yo humano en el Yo divino, ni siquiera en los más altos estados de gracia».

 

En el 2003, el Consejo Pontificio de la Iglesia Católica para el Diálogo Interreligioso publicó un documento titulado “Jesucristo: Portador del Agua de la Vida”, donde se ubica al yoga como una de las muchas prácticas de la New Age (Nueva Era), y que es “difícil de reconciliar con la doctrina y la espiritualidad cristianas”.

 

En el numeral 3 explica por qué el del yoga no ayuda a la meditación y oración cristiana: «Para los cristianos, la vida espiritual consiste en una relación con Dios que se va haciendo cada vez más profunda con la ayuda de la gracia, en un proceso que ilumina también la relación con nuestros hermanos. La espiritualidad, para la Nueva Era, significa experimentar estados de conciencia dominados por un sentido de armonía y fusión con el Todo. Así, ‘mística’ no se refiere a un encuentro con el Dios trascendente en la plenitud del amor, sino a la experiencia provocada por un volverse sobre sí mismo, un sentimiento exultante de estar en comunión con el universo, de dejar que la propia individualidad se hunda en el gran océano del Ser».

 

Si bien sus orígenes se remontan a 5 mil años atrás y durante mucho tiempo sus principios fueron transmitidos oralmente, el yoga fue puesto por escrito e hizo su aparición en los 4 antiguos textos hindúes conocidos como los Vedas (después en los Upanishads).

 

Tiempo después, el pensador hindú Patañjali compiló y codificó todo el conocimiento del yoga en el Yoga Sutra, el texto de más autoridad sobre esta materia y reconocido por todas sus escuelas.

 

Patañjali explicó en sus escritos las 8 vías que guían las prácticas del yoga desde la ignorancia a la “iluminación” o unión con Brahman. Estas son: el autocontrol (yama), práctica religiosa (niyama), posturas (asana), ejercicios de respiración (pranayama), control de los sentidos (pratyahara), concentración o control mental (dharana), contemplación profunda (dhyana), iluminación (samadhi).

 

Creo que estas 5 razones son una base excelente para dar respuesta a la pregunta inicial: ¿Puede un católico hacer yoga? ¡Debemos ser católicos formados! Procuremos profundizar en este tema, que no es más que un brazo del enorme árbol llamado Nueva Era. Recordemos que, como católicos, estamos siempre en busca de la verdad: aquella Verdad que nos hará libres.

 

Puedes escuchar nuestro episodio completo sobre la Nueva Era aquí:

 

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