Serie: Apologética Cristiana

Respondiendo al budismo

Por Mauricio Briceño

Serie: Apologética Cristiana

Respondiendo al budismo

por Mauricio Briceño

El budismo es una religión que se ha extendido considerablemente en el mundo. Si bien su número exacto de seguidores es incierto, podría estimarse moderadamente en 350 millones de personas, lo que representa aproximadamente un 5% de la población mundial. Este porcentaje es de pequeña apariencia, pero es suficiente para convertir al budismo en la cuarta religión más extendida del mundo (luego del cristianismo, islam e hinduismo). Esta fe está presente principalmente en Asia, pero ha atraído en la modernidad al hombre occidental, expandiéndose también en América y Europa en las últimas décadas. Su influencia es mayor si se piensa en el sincretismo que comúnmente se realiza entre esta y otras religiones o filosofías. Es por esto que, para el cristiano, es necesario entender la principal doctrina budista y notar cuáles de sus enseñanzas son acertadas y, sobre todo, cuáles son erróneas. 

En primer lugar, conozcamos información básica y resumida de la religión. El budismo fue fundado en el siglo V a.C. por Siddhartha Gautama, llamado Buda. Este fue un noble hindú que, según la tradición, inició su camino espiritual con los “Cuatro Encuentros”: los encuentros que él tuvo con un viejo decrépito, un enfermo, un cadáver y un monje errante. Tanto le impactó esta experiencia, pues era alejado de estas realidades, que inició una búsqueda personal con el objetivo de solucionar el problema del sufrimiento. A esta decisión la llamó la “Gran Renuncia”. Luego, mediante un proceso continuo de meditación alcanzó la “Iluminación” y, a partir de este momento, enseña y organiza a un grupo de monjes con el objetivo de reformar el hinduismo. Posteriormente, desde el noreste de la India, la religión se propagó velozmente y en el siglo III a. C. llegó a ser la religión mayoritaria de esta nación. La doctrina budista se centra en las “Cuatro Nobles Verdades” y, habiéndolas comprendido, el creyente debe emprender el “Camino de las Ocho Nobles Virtudes” para obtener la paz interior, hecho que constituye su «salvación». Además, esta doctrina ignora la existencia de Dios, hecho que la cataloga como una fe no-teísta. Por último, el budismo considera sagradas tres colecciones de libros. Primero, el Tripitaka (“triple cesto”), el cual incluye las secciones del Vinaya Pitaka (reglas y normas para los monasterios), del Sutta Pitaka (vida y enseñanzas de Buda) y del Abhidhamma (diccionario de términos). Segundo, también es sagrado el Dhammapada, una colección de dichos y máximas budistas para guiar al creyente en el camino de la Iluminación, y, tercero y último, se considera sagrado el Siksha Samukhya, el cual fue escrito por Santideva y presenta los sutras (palabras de Buda).

Entonces, dada la certeza racional de la veracidad del teísmo y cristianismo establecida en artículos anteriores, ¿qué puede decirse de la religión budista? Pues, hay mucho que decir sobre su doctrina, específicamente sobre dos aspectos centrales y distintivos: su visión de la divinidad y las “Cuatro Nobles Verdades”, los cuales analizaremos en el presente artículo. Si bien hay otros aspectos importantes que también deben tratarse, estos son elementos que comúnmente el budismo comparte y deriva del hinduismo y, por tanto, se relegan a un análisis propio de aquella religión.

«El budismo está condenado por la voz de la naturaleza, cuyo tono dominante es la esperanza y la alegría».

En primer lugar, respecto a su visión de la divinidad, se mencionó que el budismo es una religión no-teísta, posición defendida por expertos como H. Glasenapp. Esto es así porque plantea que la existencia de cualquier divinidad no es relevante para la obtención de la Iluminación y que incluso la búsqueda o la creencia de Dios puede alejar a uno de aquella. Como afirmaría el monje budista N. Mahathera: “En el Tipitaka no hay absolutamente ninguna referencia a la existencia de un Dios. […] Buda nunca admitió la existencia de un Creador sea en la forma de una fuerza o un ser. […] No puso a ningún Dios sobrenatural por sobre el hombre”. A primera vista, parece que la religión predica el ateísmo; sin embargo, aunque podría ser así en la práctica, el budismo simplemente desdeña la existencia de Dios, no la niega categóricamente. De ahí la preferencia por el término «no-teísta». No obstante, a pesar de esta distinción importante, es un craso error ignorar o, en el mejor de los casos, «poner en segundo plano» la existencia de Dios. Esto se debe al hecho de que no es posible una verdadera «iluminación» sin Dios, quien, según el cristianismo, es verdadera luz (Juan 1, 5), la cual se encarnó en la persona de Jesucristo (Juan 1, 14) y a través de la cual seremos salvados y obtendremos vida eterna (Juan 3, 16-17).  Incluso, haciendo a un lado la enseñanza cristiana, a través de la sola razón podemos afirmar que Dios, si existe, es el Ser Subsistente y posee la totalidad del ser, y, por tanto, también la bondad suprema y total. El hombre que permanece en continua búsqueda de lo bueno, ¿no alcanzará satisfacción total en lo que es plenamente bueno, Dios? Intentar obtener la Iluminación sin el Sumo Bien es, por tanto, imposible e irracional. Es, en consecuencia, relevante y crucial en la vida del hombre el hecho de que Dios exista o no. Queda, entonces, demostrar al budista, mediante el uso la razón natural, que Dios existe verdaderamente. Y, en este proceso, es importante determinar también que Dios es cualitativamente superior a una mera fuerza (doctrina recurrente en filosofías asiáticas), se debe resaltar que Dios es un ser personal. Tomemos al argumento teleológico (la quinta vía tomista), ¿el evidente orden que existe en el cosmos puede ser causado por un ser impersonal? Esto no es posible, puesto que, si Dios no poseyera intelecto para idear un orden ni tampoco voluntad para ejecutarlo, Dios actuaría simplemente conforme al azar. Y, como se concluye en el argumento del ajuste fino, es improbabilísimo que el universo haya sido causado mediante el azar: si es así debería aceptarse que tenemos la inconmensurable suerte de vivir en un universo que tiene una probabilidad de 1 en 10 elevado a la 10 elevado a la 123 oportunidades de existir. Por otro lado, si se toma como base al argumento cosmológico Kalam (el cual fue explicado anteriormente), también se deduce un Dios personal. Como comenta un defensor contemporáneo del argumento, W. L. Craig: «En este caso tenemos que el origen de un efecto temporal viene de una causa atemporal. […] Esto es bastante extraño. […] Si las condiciones necesarias y suficientes para la producción de un efecto son eternas, ¿entonces por qué ese efecto no es eterno? […] Parece que solo hay una forma de salir de este dilema y decir que la causa del inicio del universo es un agente personal que libremente elige crear el universo en el tiempo». En efecto, si la causa del universo (que es eterna pues ha creado el espacio-tiempo), no tuviese voluntad, lo más racional es creer que el efecto, el universo, deba ser semejante cualitativamente a su causa, es decir, que deba ser también eterno; pero es un hecho científico que el universo no es eterno. Dado que el universo es temporal, que posee un inicio y que tendrá fin, es evidente que el Creador actuó libremente, y este actuar solo puede ser propio de un ser personal. En suma, es de importancia radical para el hombre y su salvación descubrir si Dios existe, sobre todo si consideramos a un Dios que es Bien y Luz, el cual es capaz también de relacionarse con el hombre, pues es personal. Esto es gravemente desdeñado por el budismo.

En la misma línea de la visión de la divinidad, debe añadirse que hay budistas que sostienen que Dios, de existir sería malo. El Jataka, texto canónico del budismo Therevada, narra: «Considero a tu Brahma entre los injustos, que hizo un mundo en el cual habita el mal». Esta objeción es una forma del conocido «problema del mal», y el cristiano puede responder a esto de manera similar a la realizada en artículos previos. Más bien es curioso notar que, a pesar que el budismo niega teóricamente la importancia de Dios y, en última instancia, consideraría a Dios como «injusto», varias escuelas budistas terminan divinizando a Buda. Y esto es esperable, puesto que, como el hombre tiene una necesidad de Dios, de no encontrar al Dios verdadero, pondrá otro ser en su lugar. Como afirma J. Weldon: «Buda, quien no creía en un Dios Creador y sentía que los dioses eran también inútiles (estaban también sujetos a las miserias de la existencia kármica) fue, irónicamente divinizado. El budismo, de este modo, evolucionó al punto en que los mahayanistas aceptan actualmente innumerables deidades budistas».

En segundo lugar, analicemos los postulados budistas de las “Cuatro Nobles Verdades”. La enunciación de estas se le atribuye a Buda, según nos narra el Dhammacakkappavattana Sutra: «Esta es la noble verdad del sufrimiento: el nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la tristeza, el apego, el dolor, la pena y el desespero son sufrimiento; la asociación con lo que no se ama es sufrimiento; la separación de lo que se ama es sufrimiento; no conseguir lo que se desea es sufrimiento. […] Y esta es la noble verdad del origen del sufrimiento: el deseo que provoca el consiguiente devenir […]. El deseo de que algo sea, el deseo de que algo no sea. Y esta es, monjes, la noble verdad del cese del sufrimiento: la disminución y total extinción del deseo […]. Y esta es la noble verdad del camino que lleva al cese del sufrimiento: solo el Noble Óctuple Sendero, es decir, recto entendimiento, recto pensamiento, recto lenguaje, recta acción, recta vida, recto esfuerzo, recta atención y recta concentración». En resumen, las “Cuatro Nobles Verdades” pueden enunciarse de la manera siguiente:

1) Se halla en nuestra existencia constante sufrimiento;

2) la causa del sufrimiento es el deseo;

3) por tanto, la solución es anular todo deseo;

4) para lograr ello debemos seguir el Noble Óctuple Sendero.

Es por esto que, a diferencia del budismo, el cristianismo es una «religión misionera», pues no es indiferente al prójimo y es capaz de amar: «[Dios] quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Timoteo 2, 4).

Respecto al primer enunciado, se puede afirmar que tanto el cristianismo como el budismo coinciden que existe sufrimiento durante la vida del hombre.  Sin embargo, el budismo describe la realidad desde una mira sumamente negativa, pues nos es evidente que la vida presenta también alegrías, aun sean pasajeras. Como menciona C. F. Aiken: «Una mente fuerte y sana se rebela contra el punto de vista mórbido de que la vida no merece ser vivida, que toda forma de existencia consciente es un mal. El budismo está condenado por la voz de la naturaleza, cuyo tono dominante es la esperanza y la alegría». De manera optimista, podrían utilizarse las palabras de Buda en sentido contrario: «El nacimiento es alegría, pues recibimos una nueva vida humana; la vejez es conveniente, pues, luego de una vida laboriosa, el hombre recibe merecido descanso; las tristezas y penas son pasajeras; la sana búsqueda de bienes terrenos favorece la satisfacción corporal del hombre; es posible guardar esperanza, siempre que nos reste tiempo; amar y ser correspondido inunda al hombre de alegría». Por otra parte, fijar el sufrimiento del hombre como el problema principal de la existencia humana es egoísta. Dado que el sufrimiento es el centro del pensamiento budista, el actuar moral que se deriva no procederá del amor que Dios da y demanda a la humanidad, como enseña el cristianismo, sino estará únicamente guiado por la evasión del sufrimiento propio, lo cual es propio de un pensamiento utilitarista. Además, la doctrina budista resultará impertinente si es que existe un Dios preocupado por nuestra salvación, en la cual se nos exige resolver el mal moral, en lugar de intentar resolver únicamente el problema del sufrimiento. El mismo sufrimiento físico, como se ha explicado racionalmente, puede ser parte de nuestro perfeccionamiento, lo cual es compatible con la visión cristiana, la cual añade que también favorecería la redención moral. Como afirma Pablo: «Más aún, nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza» (Romanos 5, 3-4). Y, según hemos relatado en artículos previos, esta esperanza cristiana no es vacía.

Respecto al segundo enunciado, es necesario afirmar que estrictamente la causa del sufrimiento no es el deseo. El deseo es solamente una condición para que se dé el sufrimiento. Como explica M. Alcázar: «Causa y condición son conceptos diferentes. Condición es aquello que permite, si se da, que la causa cause el efecto. […] Las condiciones no causan, solo permiten que las causas causen. […] Ejemplo: la causa de un robo son los ladrones, no que alguien se haya olvidado de cerrar la puerta o que el vigilante se haya dormido». Tomando en cuenta esta distinción entre causa y condición, hay que esclarecer que el deseo de un bien es simplemente una condición del sufrimiento, puesto que la verdadera causa es la ausencia del bien deseado. Pensemos en un hombre que sufre por hambre. Si bien el intenso deseo de comer posibilita el sufrir, es la ausencia del alimento el cual produce realmente el sufrimiento. Esta aclaración es crítica para entender el siguiente error del budismo.

En el tercer enunciado, se afirma, entonces, que para eliminar el sufrimiento debe eliminarse el deseo. Sin embargo, según la conclusión del párrafo anterior, es más racional dar la siguiente solución: para eliminar el sufrimiento uno debe obtener el bien deseado. Pensemos nuevamente en el hombre hambriento. Este podría proclamar, en base a la doctrina budista: «¡Maldito deseo de comer! La solución a mi mal es ignorar el deseo que tengo de alimentarme». Pero es más racional que este pregunte: «¿Dónde y cómo encuentro alimentos para satisfacer mi necesidad?». Ahora bien, se sabe que los bienes físicos dan alegría y alivian el sufrimiento, pero reconocemos que lo hacen de manera pasajera. Aquí parece que tanto el cristianismo como el budismo están de acuerdo: ninguna cosa del mundo, de la realidad física, puede satisfacer todo deseo o puede otorgar perfectamente la felicidad al hombre. Pero ambas doctrinas exhiben una diferencia radical. El budismo, para dar respuesta al hecho anterior, afirma que esto es así porque el mundo existente es ilusorio y no es propiamente real (doctrina de la impermanencia), y que la plenitud del hombre se alcanza en el estado de anulación, en el cual no existen pensamientos ni deseos (doctrina del Nirvana). La visión cristiana, en cambio, afirma que las cosas sí son propiamente reales, pero que no satisfacen plenamente al hombre porque son bienes limitados (doctrina de la creación), y que la plenitud solo puede ser alcanzada en unión con el Sumo Bien, Dios, puesto que Él incorpora en sí mismo (de modo metafísicamente simple) todas las características que satisfacen los deseos y ansias de felicidad del hombre (doctrina de la bienaventuranza). Como quedó demostrado en artículos anteriores, Dios existe y tiene necesariamente atributos que satisfarán todo deseo, hecho que coincide con la doctrina cristiana; mientras el budismo, para sostener su doctrina, niega algo tan evidente como la existencia real del mundo exterior y concluye absurdamente que en la anulación total del hombre se encuentra su salvación y plenitud. Por otra parte, el solo hecho que el hombre desee bienes y, sobre todo, desee felicidad, contradice puntos centrales de la doctrina budista. Para notar esto, es necesario comprender que los deseos naturales no existen al azar o en vano, dirigidos a seres ilusorios, sino que existen para motivar al hombre a adquirir bienes realmente existentes y así satisfacer necesidades concretas. Como afirmó Tomás de Aquino: «un deseo propio de la naturaleza no puede ser un deseo vacío», es decir, a todo deseo le sustenta y precede una objetividad. Si se tiene hambre no es porque se aspira a un bien ilusorio, sino porque se aspira al bien concreto del alimento, el cual existe objetivamente dentro de una realidad física más general. Con ello, puede refutarse la doctrina budista de la impermanencia, pero también la doctrina del Nirvana: si todo hombre, por naturaleza, tiene también anhelos de felicidad (y no únicamente de satisfacciones pasajeras), es porque existe objetivamente “algo” cualitativamente superior y trascendente que nos proporcione esta felicidad. Como dijo C. S. Lewis: «Si yo encuentro en mí un deseo que nada de este mundo puede satisfacer, probablemente fui hecho para otro mundo». Pero «este mundo para el cual hemos sido hechos» no puede ser el Nirvana budista. Ya que Buda, al definir el Nirvana, afirma: «Hay una condición donde no hay tierra, […] ni espacio, ni límites, ni tiempo, ni ningún tipo de ser, ni ideas, ni falta de ideas, ni este mundo, ni aquel mundo […] ni cambio, ni detenimiento: ese es el fin del sufrimiento». ¿Cuál es la diferencia entre este planteamiento y la nada o no-existencia? ¿Esto no es acaso lo mismo que pregonar la muerte? ¿El reclamo natural de felicidad que brota de todo hombre puede quedar satisfecho por ello? El verdadero mundo al cual estamos destinados es aquel en el cual nos unimos perfectamente al Sumo Bien, Dios.

Finalmente, respecto al cuarto enunciado, puede parecer a primera vista que algunos elementos del «Noble Óctuple Sendero» constituyen un saludable llamado a una vida moral. Sin embargo, si se comprende el sentido budista de estos, se encuentran varios inconvenientes, sobre todo en los conceptos de «recto entendimiento» y «recta acción». En primer lugar, el «recto entendimiento» implica admitir afirmaciones contrarias a la razón natural como «todo es nada», que toda la realidad es literalmente ilusoria y que «todo es uno» al mismo tiempo. Como narra una fuente budista: «No puede haber distinciones fundamentales entre las cosas. Las distinciones aparentes existen solo por causa de los pensamientos absurdos y discriminadores de las personas». Otra fuente afirma: «Es erróneo ver a este mundo sea como mundo temporal o como mundo real. Solo la gente ignorante asume que este mundo es real y actúa con base en tal supuesto absurdo. Pero este mundo es solo una ilusión». Esto puede ser refutado por la razón, pero también puede serlo al notar que la doctrina budista se contradice en este punto. Como notó Descartes, el hecho mismo que podamos dudar de la realidad externa (res extensa) hace evidente que poseemos un intelecto (res cogitans), el cual, por su ser y actuar, se distingue radicalmente de lo exterior. Así, Descartes, contrariamente al budismo, pudo afirmar: «Pienso, luego existo». En segundo lugar, ¿qué puede decirse del “recto actuar” budista? Que difiere profundamente del «recto actuar» cristiano. G. K. Chesterton expone poéticamente la diferencia: «No podían existir dos idealizaciones más opuestas que un santo cristiano de una catedral gótica y un santo budista de un templo chino. La oposición se evidencia en cada punto; pero tal vez la prueba más corta sea que el santo budista siempre tiene los ojos cerrados mientras que el santo cristiano siempre los tiene bien abiertos. El cuerpo del santo budista es fino y armonioso, pero la pesadez de sus ojos la sella el sueño. El cuerpo del santo medieval se ha consumido hasta los huesos, pero sus ojos son terriblemente vivos. […] Es justamente aquí donde el budismo está con el panteísmo moderno y con el inmanentismo. Y es justamente aquí donde el cristianismo está con la humanidad, con la libertad y con el amor. El amor desea personalidad; por consiguiente, el amor desea la división. El instinto del cristiano es alegrarse de que Dios haya quebrado el universo en pequeños trozos, porque son trozos vivientes. Su instinto es decir “que los niños se amen”, más que decir a una persona grande que se ame a sí misma. […] Este es el significado de la casi insana alegría en los ojos del santo del cuadro medieval. Este es el significado de los ojos cerrados de la altiva imagen budista. El santo cristiano se alegra porque fue dividido del mundo; está separado de las cosas y las observa con asombro. Pero ¿por qué se asombraría de las cosas el santo budista puesto que existe solamente una cosa y esa, por ser impersonal, difícilmente puede despertar su asombro? […] No se puede asombrar porque no puede alabar a Dios ni a las cosas como en verdad distintas de sí mismo». Es decir, el cristianismo está inherentemente más predispuesto a admirar lo bueno, bello y verdadero y a «actuar rectamente» mediante el amor, dado que solo se puede amar si las cosas realmente existen, incluso aunque sean limitadas y contingentes. En cambio, para el budismo, si las cosas son ilusorias y no hay auténtica división, tener un amor individual a algo o al otro también es ilusorio. Y el amor que pregona el cristianismo no es mero deseo o apego, como podría objetar un budista. Como menciona D. Urbina: «La postura cristiana […] sostiene que debe haber un amor ordenado hacia lo creado: se ama realmente a las cosas individuales (“el perro”, “mis hijos”) conforme a su objetivo estatus ontológico (no puedo amar a un perro más que a mis hijos) y siempre como relativas en y hacia Dios (ni el perro ni mis hijos son un absoluto, solo Dios es absoluto, y solo en Él se halla el pleno bien de todas las cosas)». Es por esto que, a diferencia del budismo, el cristianismo es una «religión misionera», pues no es indiferente al prójimo y es capaz de amar: «[Dios] quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Timoteo 2, 4); «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mateo 28, 19). Por ello también, el cristianismo ha aportado verdaderamente al desarrollo natural de la humanidad. Como nota Juan Pablo II, reflexionando sobre ambas religiones: «[La mística cristiana] edifica la civilización, en particular, la “civilización occidental”, marcada por una positiva referencia al mundo y desarrollada gracias a los resultados de la ciencia y de la técnica, de las ramas del saber enraizadas tanto en la tradición filosófica de la antigua Grecia como en la Revelación judeocristiana. La verdad sobre Dios Creador del mundo y sobre Cristo su Redentor es una poderosa fuerza que inspira un comportamiento positivo hacia la creación, y un constante impulso a comprometerse en su transformación y en su perfeccionamiento». 

En conclusión, la doctrina budista y cristiana, si bien alcanzan ciertas convergencias, son en esencia incompatibles, y se ha evidenciado que el cristianismo, en su visión del mundo y del hombre, es más racional y más humano que el budismo. Es posible encontrar alegrías en los bienes y, sobre todo, es posible alcanzar la plena felicidad en quien es pleno bien, Dios. El budismo es la religión de la muerte, la tristeza y el egoísmo, mientras que el cristianismo es la religión de la vida, la felicidad y el amor: Dios nos redime y nos da vida eterna a través de su Hijo, Jesucristo (Juan 11, 25-26; 14, 6), en quien «rebosamos de alegría inefable y gloriosa» (1 Pedro 1, 8-9), del cual recibimos un amor que ha sido capaz de dar todo por nosotros (Juan 13, 1; 15, 13) y en el cual recibimos la capacidad de amar como Dios, sumo bien, ama (Juan 13, 34). El cristianismo es quien verdaderamente abre sus brazos hacia la humanidad, al igual que lo hizo su Maestro en la Cruz: «El budismo es centrípeto pero el cristianismo es centrífugo: se vuelca hacia afuera. […] La Cruz, pese a tener en su centro una fusión y una contradicción, puede prolongar hasta siempre sus cuatro brazos, sin alterar su estructura. Puede agrandarse sin cambiar nunca, porque en su centro yace una paradoja. El círculo [el budismo] vuelve sobre sí mismo y está cernido. La Cruz abre sus brazos a los cuatro vientos» (Chesterton).

1

El análisis crítico del budismo del presente artículo procede en su mayoría de Dante A. Urbina, ¿Cuál es la religión verdadera?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado, 2018, Parte III, Capítulo 4.

2

Helmuth von Glasenapp, Buddhism: A Non-Theistic Religion, 1966.

3

 Narada Mahathera, The Buddha and his Teachings, 1988, pág. 312.

4

 Conclusión obtenida en el artículo Entendiendo racionalmente los atributos de Dios.

5

 Se detallan diversas demostraciones en la sección de apologética teísta.

6

 El lector puede revisar el artículo El argumento del ajuste fino.

7

 Roger Penrose, The Road to Reality A Complete Guide to the Laws of the Universe, 2004, pág. 343.

8

 William Lane Craig, Reasonable Faith, 2008, pág. 153-154.

9

 Demostrado en el artículo El argumento cosmológico Kalam.

10

 Jataka, 543.

11

 Refutado en el artículo El problema del mal.

12

 John Weldon, Buddhism and Nichiren Shoshu/Soka Gakkai Buddhism: A Critique and Biblical Analysis, 2012, Part I, “Buddhism vs. Christianity”.

13

 Dhammacakkappavattana Sutra, 4-7.

14

 Charles F. Aiken, Buddhism, en la página web Catholic Answers.

15

 En el artículo El problema del mal.

16

 Manuel Alcázar, Antivirus Mental, 2017, pág. 38.

17

 Tomás de Aquino, Suma Teológica, Ia, q. 75, art. 6.

18

 Citado por: Douglas Geivett, “¿Tiene propósito el universo?”, debate entre Matt Ridley, Richard Dawkins y Michael Shemer vs. William Lane Craig, David Wolpe y Douglas Geivett, La Ciudad de las Ideas, Puebla (México), 2010, palabras finales.

19

 Udana, 8:1.

20

 Bukkyo Dendo Kyokai, The Teaching of Buddha, 1986, pág. 52.

21

 Ibidem, pág. 56-57.

22

 René Descartes, Discurso del Método, 1637, Parte IV.

23

 Gilbert Keith Chesterton, Ortodoxia, 1998, pág. 75-76.

24

 Dante A. Urbina, ¿Cuál es la religión verdadera?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado, 2018, Parte III, Capítulo 4, pág. 247.

25

 Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la Esperanza, 1994, Capítulo 14, pág. 102.

26

 G. K. Chesterton, Ortodoxia, 1998, pág. 17.

Por Mauricio Briceño

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