Tentaciones: pequeña reflexión

Tentaciones: pequeña reflexión

Para abordar el tema de las tentaciones, primero es importante aprender a reconocerlas, aprender a manejarnos cuando haya peligro y saber que este es un trabajo de largo aliento. Las tentaciones son engaños que nos hacen caer constantemente en pecado o que tienden a inducirnos hacia el mal.

Las tentaciones son originadas por los tres enemigos del alma: el mundo, la carne y el demonio. Consideramos al mundo como un enemigo del alma porque implica aquella presión que nos invita al consumo superficial y trata de hacernos creer que la verdadera y eterna felicidad puede ser encontrada y realizada en la tierra. El mundo nos seduce con sus placeres, modas e ideologías. La carne es otro enemigo del alma, que se refiere a aquellos pecados en los que hemos venido cayendo desde hace mucho tiempo, tal vez antes de un proceso de conversión y que ahora nos atacan una y otra vez.  Y por último tenemos al demonio, quien aparece mientras cuando estamos tratando de mejorar, de edificar, de crecer en el camino de la fe y nos sentimos bien, contentos y en paz. Es justamente aquí cuando el demonio, al mismo tiempo, está trabajando para que se desmorone esa pared que hemos estado construyendo: esa vida espiritual sólida y fuerte que anhelamos.

A pesar de que lo que hemos mencionado nos presenta un gran panorama de enemigos, es importante decir que no hay que tenerle miedo a las tentaciones, sino por el contrario, hay que saber identificarlas y conocer cómo actúan. Debemos conocer, por ejemplo, que antes de cometer algún pecado, hay un proceso por el que somos tentados, compuesto por acciones que anteceden al pecado. El proceso de tentación comienza siempre con un diálogo, en el cual las mentiras priman y poco a poco nos van jalando, hasta la confusión. El problema viene cuando nosotros respondemos, entramos en ese diálogo y finalmente cedemos. En Génesis 3, podemos adentrarnos más en el proceso de tentación y comprenderlo a profundidad: la serpiente comienza el diálogo, pero Eva responde y entra en la conversación. La serpiente aprovecha el diálogo para confundirla con mentiras y finalmente llevarla a pecar. Claro que es una decisión consciente y voluntaria de Eva, pero también es cierto que el demonio es astuto y nos conoce: sabe que su táctica no falla. Ahora ya sabemos que la tentación tiene una manera de operar. Es importante conocerla para poder identificar el momento en el que estemos en esa situación y luchar por nunca entrar en diálogo. Ese es el paso clave.

«Mientras más cerca de Dios estemos y mientras más cultivemos nuestra vida interior, más afinada estará nuestra antena para identificar tentaciones.»

Otro punto crucial es estar conscientes de que las tentaciones van a estar siempre con nosotros: son parte de nuestra vida. Por esta razón debemos aprender a lidiar con ellas y hacernos más fuertes, ejercitándonos espiritualmente. Ahora, hay que tener claro que tentación y consentimiento no son lo mismo. Por un lado, tenemos la tentación, que no es pecado, es simplemente una sugerencia. Mientras que por el otro lado, tenemos el consentimiento, que es la aceptación consciente de estas sugerencias para cometer el pecado.

El demonio nos conoce muy bien y sabe perfectamente cuáles son nuestras debilidades. Este aprovecha nuestros puntos débiles para tentarnos fácilmente. Recordemos que el demonio es un ángel caído, y como ángel tiene cualidades que le permiten ser muchísimo más inteligente que el hombre y usa esas artimañas para jugar con nuestra mente y confundirnos. Sin embargo, ese poder que posee para tentar, tiene un límite, por lo que nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas. Dios siempre sale a nuestro encuentro y nos da la capacidad de superar las tentaciones. Para mostrarnos eso, Cristo mismo fue tentado, mostrándonos que siempre podemos vencer.

 

Es inevitable decir que, en algún punto de nuestra vida, todos nosotros nos hemos sentido incapaces de luchar contra alguna tentación, o tal vez tenemos una tentación que es muy recurrente y sabemos que por nuestras propias fuerzas no somos capaces de vencerla. Es aquí donde surgen la siguientes preguntas: ¿cuál es esta gran ayuda que siempre está con nosotros para poder combatir estas tentaciones recurrentes? Y, ¿de dónde proviene esta fuerza, que no es nuestra, que nos impulsa a combatir? Esa fuerza que nos ayuda en la lucha espiritual es, nada menos, que el Espíritu Santo. Él viene en nuestro auxilio porque sabe que, por nuestras propias fuerzas, ni siquiera estaríamos dispuestos a entablar un combate o peor, ni siquiera identificaríamos la tentación para poder luchar, y simplemente caeríamos. Sí. El Espíritu Santo es nuestro auxilio, pero para que Él obre y actúe, tenemos que entrar en esa vida del espíritu, que implica una correspondencia. Esa correspondencia parte de la vida de gracia: la oración diaria, acudir a los sacramentos, la formación y la perseverancia. Por supuesto que es importante también pedirle auxilio, pedirle fuerzas al Espíritu Santo para no caer en tentación. Mientras más cerca de Dios estemos y mientras más cultivemos nuestra vida interior, más afinada estará nuestra antena para identificar tentaciones.

 

Puede que finalmente nos surja esta pregunta: Si la tentación es siempre la puerta que nos lleva al pecado, ¿por qué Dios lo permite? ¿Acaso se divierte viéndonos confundidos? Dios, lo permite porque es parte de nuestra condición humana y es parte de nuestra libertad. Lo que permite es que, en la tentación, nosotros elijamos crecer o no en amor. Si escogemos el pecado, rechazamos el camino de la Gracia, rompemos nuestra comunión con Dios: somos libres de elegir a Dios o al pecado. Entonces, Dios permite las tentaciones para que nosotros podamos ser más fuertes, más valientes y no olvidemos que Él es nuestro Padre y nos acompaña siempre. Como decía el Santo Padre Pio de Pietrelcina: “No dejes que las innumerables tentaciones que se te presentan te atemoricen, porque el Espíritu Santo advierte al alma devota que está tratando de avanzar en los caminos del Señor para que se prepare a enfrentar las tentaciones. Sin embargo, no te desanimes, porque la tentación es un signo seguro e infalible de la salud del alma. Piensa que ni los santos fueron privados de esta prueba y esto te dará el coraje para soportarlas.”

 

Es verdad que las tentaciones son muy personales y particulares: cada uno de nosotros lucha con pecados puntuales, según nuestros defectos o nuestra vida pasada. Sin embargo, me animo a compartir algunas tentaciones que pasan a veces desapercibidas. ¿A qué me refiero? Es fácil identificar cuando estamos evidentemente expuestos a caer en impureza, en alguna mentira, en vanidad o en faltas de caridad. Pero, ¿qué hay de aquellas tentaciones que pasan desapercibidas? Como dejarnos llevar por alguna ideología contraria a nuestra fe, o ponernos alguna bandera con una causa que no sea compatible con nuestra fe católica. Otra tentación muy evidente es la incoherencia: ¿estamos actuando siempre como verdaderos enamorados de Cristo, o es sólo una pose que pretendemos mostrar pobremente? ¿Es nuestra vida coherente? ¿Somos verdadero testimonio de aquello que decimos amar? No me malinterpreten, no hablo de no tener caídas o flaquezas: todavía no somos santos. Hablo de aceptar, conscientemente, el diálogo y el coqueteo con aquellas cosas que nos alejan de Dios, aunque no sean muy evidentes, o peor aún, caer en pecado y no correr a pedir perdón.

 

Después de haber leído esto y de haber escuchado el podcast te invito a que, en un examen de conciencia – dentro de un momento de oración – te animes a reconocer aquellas tentaciones que más te persiguen y te molestan. Identifícalas y después pon medios concretos para no caer. Por ejemplo: no estar a solas con esta persona en este lugar, no buscar este tipo de películas, no entrar a ese foro de chat, no ocultar esto o esto a mis padres, no hacer mi oración hasta el final del día cuando ya no puedo más del cansancio, etc. Ya hiciste lo tuyo, ahora termina tu oración pidiendo el auxilio del Espíritu Santo. Llámalo a tu alma y pídele que su fuego arda fuerte, para que seas capaz de escuchar sus inspiraciones. Cierra tu oración con un Padre Nuestro y reside muy a conciencia: “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén”.

 

Por Renzo S.

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