Serie: Apologética Católica

Una sola Iglesia

La necesidad de un solo cristianismo

Por Jonatan Medina

Serie: Apologética Católica

Una sola Iglesia

La necesidad de un solo cristianismo

por Jonatan Medina

Hasta ahora se ha demostrado con bastos argumentos racionales que, en primer lugar, Dios existe y, en segundo lugar, el cristianismo es la religión verdadera. Habiendo ya presentado plausibles evidencias de estas dos primeras verdades, es necesario plantearnos una gravitante y crucial cuestión más: ¿cuál de todos los cristianismos existentes es el verdadero? Es evidente para todos que no existe una sola denominación cristiana, sino que hay muchas diferentes iglesias y confesiones con diversas y hasta incompatibles interpretaciones del evangelio de Jesucristo. Es aquí que, para empezar, debemos establecer dos principios fundamentales: la verdad del cristianismo debe ser necesariamente una sola y es deber de todo hombre buscarla y conocerla hasta su máxima plenitud posible. En el presente artículo presentaremos y demostraremos tres argumentos: 1) el verdadero cristianismo debe ser necesariamente uno solo y debe estar expresado por medio de una sola Iglesia  2) la verdadera Iglesia de Cristo debe poseer las garantías de esa unidad y 3) que la verdadera Iglesia es la Iglesia católica romana.

Empecemos con el primer argumento. ¿Por qué concluimos que la verdad cristiana debe ser una sola? Básicamente por una cuestión puramente lógica y estrictamente bíblica. En primer lugar, es necesario que solo un cristianismo sea el verdadero porque la propia razón lo demanda así. Jesús dejó un solo evangelio y edificó una sola Iglesia. Él no tuvo la intención de dejar un mensaje confuso y contradictorio consigo mismo para que cada fiel lo interpretase a su propia manera. No obstante, pasados dos mil años, hay cientos de diferentes «cristianismos» y diferentes iglesias afirmando tener cada una la interpretación correcta de la verdad revelada. ¿Qué sucedió? ¿Debemos suponer que a Jesús se le escapó dejar algunos signos visibles que garanticen la unidad de su Iglesia? O, peor aún, ¿debemos suponer que el Espíritu Santo inspiró confusión? En este punto hay quienes piensan que el cristianismo verdadero no tiene por qué estar circunscrito a una sola organización visible. La verdadera Iglesia no tiene por qué ser la católica, la ortodoxa, la luterana, la anglicana, la mormona o la adventista. Todas pueden ser la única Iglesia de Cristo mientras todas crean en Él. «Cristo no vino a fundar una denominación ni religión, sino un estilo de vida» son frases que suelen escucharse de bienintencionados pero cándidos creyentes. Esta forma de pensar simplemente viola el sentido común e ignora al Jesús histórico. Puede sonar ideal o «buenista» pensar así, pero la realidad es que Jesús fue un judío del siglo I, con una clara intención de establecer un nuevo culto al Padre y una nueva fe con el propósito de propagar el mensaje de salvación por el mundo entero. Y al irse, dejó signos o vínculos que puedan garantizar la unidad de su Iglesia. Por pura lógica, entonces, el cristianismo católico, el luterano, el anglicano, el presbiteriano, el bautista, el mormón o el adventista, no pueden estar todos en la verdad al mismo tiempo. No hay duda de que todas estas denominaciones comparten grandes verdades, pero si viven separadas una de las otras es precisamente porque no predican el mismo evangelio, sino que cada cual posee su propia interpretación del mensaje cristiano.

Con respecto a la unidad del cristianismo y de la Iglesia las Escrituras son más que claras. Este fue el deseo del propio Jesucristo cuando dijo: «para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Juan 17, 21). Cristo mismo sabía que la Iglesia debía permanecer como una para que el mundo crea en el evangelio pues, dividida la Iglesia, queda dividido también el mensaje. ¿Y cómo podrían los inconversos creer en un mensaje dividido contra sí mismo? San Pablo, ya preocupado por la primigenia división de la Iglesia, escribe: «Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos…» (Efesios 4, 4-6). Queda claro, entonces, que la Iglesia —que es el Cuerpo de Cristo— debe enseñar una sola fe, pues dividida la fe queda también dividido el mismo Cuerpo. San Pablo veía con inquietud los diferentes «evangelios» que ya se iban predicando pocos años después de la partida del Señor. En otra ocasión exhortó a los corintios: «pues, cualquiera que se presenta predicando otro Jesús del que os prediqué, y os proponga recibir un Espíritu diferente del que recibisteis, y un Evangelio diferente del que abrazasteis, ¡lo toleráis tan bien!» (II Corintios 11, 4). La Biblia es clara al establecer que una sola fe y un solo evangelio es lo que garantiza a un solo Cristo y un mismo Espíritu. Por ejemplo, para la Iglesia católica Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre, el mismo Dios encarnado, para los mormones, en cambio, es solo el Hijo de Dios, pero no Dios mismo, para los Testigos de Jehová es el Arcángel Miguel. ¿Qué Iglesia está en lo correcto sobre este aspecto cristológico? O bien todas están en el error, o solo una puede estar en lo correcto, pero no es lógicamente posible que todas acierten. Pero si todas las iglesias están equivocadas con respecto a algo tan esencial como la identidad de Cristo, ¿entonces para qué ser cristianos? Como creyentes debemos tener la garantía de que el Espíritu Santo ha guiado a su Iglesia a toda verdad (Juan 16, 13) desde el siglo primero hasta hoy, y que sí es posible que reconozcamos el verdadero evangelio de Jesucristo y su única Iglesia. Para este propósito Cristo dejó un grupo de apóstoles específicos como custodios y propagadores del evangelio cuando explícitamente dijo: «Quien a vosotros escucha a mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me envió» (Lucas 10, 16). La cadena de mando está más que clara: el Padre celestial envió al Hijo y el Hijo envió a su Iglesia. Así como no es posible separar al Padre del Hijo, tampoco es posible separar a Cristo de su Iglesia. Él mismo lo expresó con estas palabras: «Así como el Padre me envió, también yo os envío» (Juan 20, 21). Al mismo tiempo, las Escrituras establecen que es la Iglesia la columna y fundamento de la verdad (I Timoteo 3, 15). Entonces, si Cristo envió a sus Apóstoles, así como el Padre envió al Hijo, y es la Iglesia la que inspirada por el Espíritu Santo debe ser el fundamento de la verdad revelada, se hace evidente, entonces, que el cristianismo verdadero es equivalente a la Iglesia verdadera. No existe tal cosa como un cristianismo sin Iglesia. Como dice P. A. Hillaire: «Así como la humanidad no actúa o existe en el orden real más que en el hombre; así tampoco el cristianismo se realiza más que en la Iglesia» (1). El cristianismo, pues, es expresado concreta y necesariamente por medio de la sociedad de creyentes que llamamos Iglesia. 

Continuemos con el segundo argumento. Habiendo demostrado que el cristianismo debe ser necesariamente uno solo y debe, al mismo tiempo, expresarse por medio de una sola Iglesia, se sigue entonces que esta Iglesia deba tener los signos o vínculos visibles que la identifiquen como una puesto que Cristo no dejó un organismo etéreo e invisible, sino que —como ya se ha dicho— estableció a discípulos específicos como autoridad (Lucas 10, 16) para que preserven y propaguen una enseñanza específica. En tal sentido, la Iglesia debe ser no solo espiritual, sino también visible. Pero no debe ser solo una misma fe la garantía de la unidad, sino también dos signos más: un mismo culto y un mismo gobierno. Solo estos tres signos o vínculos visibles pueden garantizar una verdadera unidad. Ya ha sido demostrado la necesidad de una misma fe para que se trate de un mismo cristianismo. ¿Por qué también un mismo culto? Puesto que Jesús dio ordenanzas específicas como modos ordinarios para reconciliarnos con Dios y adorarlo. Así, por ejemplo, mandó a bautizar a toda criatura (Mateo 28, 19), mandó a sus apóstoles a perdonar pecados (Juan 20, 22-23) y mandó a celebrar el memorial de su muerte con la partición del pan (Lucas 22, 19). No obstante, pasados los siglos, casi cada denominación cristiana ha interpretado de manera diferente qué significan estas ordenanzas. Hay iglesias que creen que el bautismo no salva, sino que es solo es una señal externa de quien ya ha sido salvado, hay quienes creen que a los apóstoles y sus sucesores no les fue dado el poder de perdonar pecados, sino que se trata de una malinterpretación católica, hay quienes creen que la Eucaristía no es más que un símbolo y no el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo. Vemos, pues, cómo la forma de celebrar el culto también constituye un signo de unidad visible. Ahora bien, es importante observar que no es lo mismo unidad que uniformidad. Dentro de la Iglesia puede existir una diversidad de ritos pero que al fin y al cabo conforman el mismo culto para todos los cristianos. Así, por ejemplo, en la Iglesia católica puede celebrarse la misa según el rito latino y en otro país según el rito bizantino, pero en ambos casos se trata de la misma Eucaristía que posee igual significado tanto para el celebrante como para los fieles reunidos. El cristianismo, al ser universal, puede variar entre cultura y cultura, pero para que el culto sea garantía de unidad debe significar lo mismo para todos los cristianos. En ese sentido, no podría tratarse del mismo culto si para una iglesia la Eucaristía es el cuerpo y la sangre real de Cristo, mientras que para otra es solo un símbolo.

El último signo de unidad visible es el de gobierno. Para que la Iglesia pueda ser un solo Cuerpo y una sola sociedad debe también tener necesariamente una sola autoridad gobernante sobre los fieles. Como lo expresa el P. A. Hillaire: «Así, en toda sociedad civil hay necesariamente dos  clases de ciudadanos: los que mandan en virtud de la autoridad de la que son depositarios, y los que obedecen; si falta eso, se podrá tener una muchedumbre de hombres, pero no una sociedad» (2). De hecho, es parte de la naturaleza humana la necesidad del orden y de la autoridad para que se cumplan con éxito los objetivos de una sociedad. Colegios, universidades, estados, empresas, etc. necesitan de una autoridad gobernante para su adecuado funcionamiento. Jesús sabía que estaba dejando a un grupo de imperfectos discípulos con la tremenda tarea de llevar el Evangelio a todo el mundo. Es lógico pensar que debía dejar un liderazgo como autoridad de gobierno por sobre todos los fieles que se unirían después. No estamos abordando aquí la naturaleza de este gobierno, no estamos diciendo aún que deba ser el Papa, un patriarca ecuménico o un consistorio de pastores, estamos diciendo que es necesario que haya un único gobierno de manera que garantice la unidad visible de la Iglesia. Un país puede tener un presidente, un primer ministro, un gabinete o un rey, pero lo cierto es que necesita de un único gobierno orgánico que sea identificable y visible a todos sus ciudadanos. Lo mismo debe suceder con la Iglesia. Pero he aquí el detalle: este gobierno no debe ser de cualquier clase, sino de tipo apostólico. Como ya hemos afirmado, la Biblia deja en claro que la autoridad que Jesucristo estableció en su Iglesia fueron los Apóstoles cuando les dijo: «quien a vosotros escuche, a mí me escucha» (Lucas 10, 16). El mismo San Pablo lo reafirma cuando escribe: «edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo». (Efesios 2, 20). Cristo es la Cabeza misma de la Iglesia, pero él ha dejado su Cuerpo en la tierra y es lógico y conveniente pensar que este Cuerpo, compuesto por seres humanos de todas las razas y todas las lenguas, deba tener un gobierno de autoridad apostólica que vincule a todos los creyentes, de manera que la Iglesia sea una sola.

Efectivamente en las Escrituras notamos que la Iglesia se mantenía como una sola por medio de la autoridad apostólica. Muestra de ello es el primer concilio de la historia en Jerusalén (Hechos 15) en el que los primeros cristianos discutían entre sí si los gentiles que se convertían debían también circuncidarse como los judíos para ser salvos. Para zanjar el asunto, Pedro se levanta entre los apóstoles y junto con ellos determina que, en la Nueva Alianza, ya no es necesaria la circuncisión para pasar a formar parte del Pueblo de Dios. Jesús tuvo aproximadamente setenta discípulos durante su ministerio, pero no fueron sino sus Apóstoles, liderados por Pedro, quienes establecieron la nueva forma de entrar en la Nueva Alianza por medio de la fe y del bautismo (Hechos 2, 38). Por otra parte, el hecho de que San Pablo haya escrito diversas epístolas a siete ciudades de la iglesia naciente, es muestra de que él tenía autoridad apostólica para enseñar y gobernar en aquellas regiones donde había llevado el evangelio y había delegado discípulos. Cada iglesia local no se autogobernaba por algún líder autodenominado, sino por un discípulo que había recibido previamente la imposición de manos de un Apóstol (II Timoteo 1, 6).

Queda demostrado, entonces, que una misma fe, un mismo culto y un mismo gobierno apostólico constituyen los tres signos o vínculos visibles de unidad del cristianismo. La verdadera Iglesia de Cristo debe poseer la garantía de estos tres signos para calificar como una sola. ¿Qué iglesias o comunidades cristianas son las candidatas para tal propósito? En la actualidad, el conjunto del cristianismo está compuesto básicamente por cuatro grandes grupos: la Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa, las Iglesias orientales, el protestantismo y las sectas de inspiración cristiana, como los Testigos de Jehová, Mormones y Adventistas del Séptimo Día. Analicemos cada grupo rápidamente para verificar si califican para poder constituirse verdaderamente como la única Iglesia de Jesucristo. Empecemos con el protestantismo puesto que es el que menos califica a todas luces. No existe tal cosa como una Iglesia protestante, sino más bien un sinnúmero de diferentes denominaciones que salieron de la Reforma que no guardan ni unidad de fe, ni de culto ni de gobierno. No guardan unidad de fe porque cada denominación protestante tiene su propio credo, confesión o catecismo. Están por ejemplo, los luteranos con su Confesión de Augsburgo, las iglesias reformadas o calvinistas con su Confesión de Westminster, los bautistas con su Confesión bautista de fe de 1689, y así cada denominación particular discrepando de la otra, razón por la cual se dividen hasta hoy. Esto afecta directamente en su forma de culto, la cual tampoco es una sola. Así, por ejemplo, los luteranos creen en la consubstanciación, mientras las demás denominaciones protestantes rechazan todo tipo de presencia en la Eucaristía. Los presbiterianos bautizan niños, aunque no como sacramento, sino solo como una «señal de pacto», mientras los bautistas rechazan tal práctica. Los calvinistas creen que Cristo murió solo por los elegidos que se terminan por salvar, mientras los arminianos sostienen que murió por todo el mundo. Así, en cuestiones tan elementales como soteriología, cristología o sacramentología, el protestantismo entero está dividido consigo mismo. Por otro lado, no existe un único gobierno que pueda garantizar al menos una unidad visible para el protestantismo en su conjunto. Está la Federación Luterana Mundial que ni si quiera es vinculante para todos los luteranos puesto que también existe división de gobierno entre ellos. Están las Asambleas de Dios que pretenden gobernar sobre las iglesias pentecostales, pero al mismo tiempo existen congregaciones pentecostales independientes de todo vínculo con tal organismo. Lo mismo sucede con los metodistas, los presbiterianos y ni qué decir de las iglesias no denominacionales que se autogobiernan bajo un pastor independiente. Queda en evidencia que ninguna de las denominaciones protestantes posee ninguno de los signos o vínculos que garantizan la unidad. Luego, ninguna de las denominaciones protestantes puede ser la verdadera Iglesia de Cristo.

Empezamos a darnos cuenta entonces de que la unidad, la continuidad histórica y la universalidad (o catolicidad) están estrechamente conectadas. Solo aquella Iglesia que cumpla con esas marcas puede calificar como la verdadera.

Pasemos a analizar a la Iglesia ortodoxa. A diferencia del protestantismo, la Iglesia ortodoxa sí guarda una unidad de fe y de culto. Para todos los ortodoxos los dogmas sobre Dios, Cristo, la Virgen y los Santos son vinculantes, así mismo todos celebran la misma Divina Liturgia —como llaman a la Misa— y tienen también siete Sacramentos. No obstante, la Iglesia ortodoxa no tiene unidad de gobierno. No existe un único cuerpo de autoridad gobernante que vincule a todos los ortodoxos en su conjunto. El Patriarca de Constantinopla es, en teoría, la máxima autoridad, pero se trata solo un cargo honorífico que no tiene ninguna injerencia jurisdiccional sobre otras diócesis o patriarcados. Tal es así que la Iglesia ortodoxa no ha podido convocar concilio ecuménico alguno desde el II Concilio de Nicea en 787. Tras más de doce siglos, en el 2016, luego de cincuenta arduos años de preparación, se convocó el Concilio pan-ortodoxo de Creta con la intención de reunir a todas las iglesias ortodoxas del mundo, pero tanto la Iglesia ortodoxa rusa (una de las más importantes), como la de Antioquía, Bulgaria y de Georgia se negaron a participar y no enviaron a sus representantes. Al final, hubo más disenso que unidad. Esta clara división no solo se ve reflejada en el gobierno, sino incluso en su propia doctrina pues no toda la Iglesia ortodoxa comparte el mismo Canon bíblico. Ortodoxos griegos, rusos, armenios o etíopes poseen sus propios cánones, sin guardar la unidad aún en algo tan elemental como las Sagradas Escrituras. Queda en evidencia, pues, que la Iglesia ortodoxa no posee todas las garantías de los signos visibles de unidad. Luego, no puede ser la verdadera Iglesia de Cristo.

¿Qué sucede en el caso de las sectas de inspiración cristiana? ¿Acaso no se trata de iglesias que sí parecen guardar una misma fe, un mismo culto y hasta un mismo gobierno más férreo y estructurado que cualquiera? En apariencia sí. Los Testigos de Jehová, por ejemplo, son una comunidad que guarda una sola doctrina y culto, establecido por un cuerpo gobernante denominado Watch Tower Bible o también llamado «La Sociedad», liderada por un presidente. Los mormones, por su parte, aunque sí tuvieron divisiones internas —de ahí que los primeros mormones fueran polígamos al igual que su fundador Joseph Smith— parecieran guardar cierta unidad de fe, culto y gobierno, al igual que los Adventistas, que también surgieron de un movimiento milenarista antecedente. ¿Califican entonces estas sectas como aquella Iglesia con garantías de unidad? Desde luego que no, porque aún si fuese cierto que nunca hayan tenido divisiones —cosa que no es verdad— ya su propio origen es una división misma. De hecho, la palabra «secta» significa separado o cortado. Cada una de estas iglesias se separaron ya ni siquiera de la Iglesia católica, como lo hicieron los primeros protestantes, sino de las propias denominaciones protestantes que fueron apareciendo con el paso del tiempo. Tanto Charles Russell, como Joseph Smith o Elena White habían sido antes presbiterianos y metodistas, que más tarde pasaron a fundar su propia iglesia que según cada quien «restauraba» el verdadero cristianismo «usurpado» por la Iglesia Católica. Además, hemos dejado establecido que el gobierno de la verdadera Iglesia no debe ser cualquiera, sino de tipo apostólico. Ninguno de estos fundadores tiene conexión con los apóstoles ni con sus primeros discípulos. Es por su propio origen histórico de división que no pueden garantizar una verdadera unidad, porque además, como veremos en el siguiente artículo, la unidad debe estar directamente ligada a la continuidad histórica de la verdadera Iglesia de Jesucristo. Solo aquella Iglesia históricamente ininterrumpida es la que puede decir que se ha seguido manteniendo como una.

Para tales efectos, el mismo argumento se puede utilizar para las Iglesias orientales como lo son la copta, la armenia o la siria, pues todas estas iglesias, aunque históricas y apostólicas, se dividieron después del Concilio ecuménico de Calcedonia en 451. Fueron ellas las que se separaron de la única Iglesia universal existente hasta ese momento. Por tal motivo, aunque guarden una misma fe, un mismo culto y un mismo gobierno, no representan una auténtica unidad debido a su origen, razón por la cual no han podido pasar de ser iglesias meramente étnicas o nacionales, sin que se hayan logrado expandir por el mundo tal y como lo mandó Cristo (Mateo 28, 19). Empezamos a darnos cuenta entonces de que la unidad, la continuidad histórica y la universalidad (o catolicidad) están estrechamente conectadas. Solo aquella Iglesia que cumpla con esas marcas puede calificar como la verdadera. Pero el presente artículo pretende atender solo el primer peldaño de un caso acumulativo que termina por comprobar la veracidad y autenticad de la Iglesia Católica. No pretendemos demostrar aquí que por el solo hecho de cumplir con la marca de la unidad, la Iglesia Católica pasa automáticamente a ser la verdadera, lo que pretendemos aquí es construir el primer escalón que nos lleve a concluir tal afirmación.

Llegamos así al último argumento. Verifiquemos si la Iglesia Católica posee los tres signos o vínculos visibles de unidad. Se hace evidente que toda comunidad católica en el mundo cree en los mismos dogmas de fe compendiados todos en un solo Catecismo, a través de sus veintiún concilios ecuménicos vinculantes para todo católico del mundo. Sean franciscanos, agustinos, dominicos, benedictinos, trapenses, jesuitas, carmelitas o de cualquier otra orden, toda congregación o diócesis del mundo cree en los mismos dogmas de fe establecidos por el Magisterio en consonancia con la Tradición y las Escrituras. Al mismo tiempo, toda la Iglesia Católica celebra siete Sacramentos que significan exactamente lo mismo para todo fiel. No importa el rito o el idioma en que se celebre, todo católico del mundo entiende (o debería), por ejemplo, que el bautismo salva y que en la Eucaristía está realmente presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y que la Misa es la actualización de su sacrificio en la cruz. Finalmente todo obispo católico del mundo está en comunión con el obispo de Roma, garantizando así una unidad real, efectiva y visible. Tal es así que la Iglesia Católica Romana, pese a su superación con la ortodoxa en 1054, sí ha podido seguir convocando concilios ecuménicos bajo la autoridad del Papa desde entonces hasta el Concilio Vaticano II, cosa que no la logrado hacer la Iglesia ortodoxa como ya quedó demostrado. En todo lo que el protestantismo está en desacuerdo consigo mismo, la Iglesia católica guarda la unidad de fe, de culto y de gobierno. En todo lo que está dividida la Iglesia ortodoxa en cuanto gobierno y Canon bíblico, la Iglesia Católica guarda la unidad. Finalmente, la Iglesia Católica posee una autoridad de gobierno con conexión apostólica, a diferencia de todas las sectas modernas de inspiración cristiana. La Iglesia católica, gracias a su comprensión del Primado de Pedro que abordaremos en su debido artículo, ha podido hasta hoy mantenerse como una sola. Por tal motivo han sido muchos los protestantes, mormones, testigos de Jehová, anglicanos y hasta ortodoxos quienes han pasado a entrar a la única Iglesia que puede garantizar con efectividad los signos o vínculos visibles de unidad. Se sigue, entonces, que la Iglesia Católica Romana es verdaderamente una. Luego, la Iglesia Católica Romana es la única que califica como la verdadera Iglesia de Jesucristo.

1

P. A. Hillaire, La religión demostrada, 9na edición Argentina, BAF, p. 332.

2

Ibid, P. A. Hillaire.

Por Jonatan Medina

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