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La llamada:

el encuentro con Cristo

31 Oct - 22

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Ayer en Misa escuchamos lecturas hermosas que tenían un tema en común: la llamada. Cristo nos ha hecho, somos suyos. Viene a nuestro encuentro y nos espera desde siembre. No deja de buscarnos.

En la primera lectura escuchábamos del libro de la Sabiduría: ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?,o ¿cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado? Y en el Evangelio nos encontramos con Zaqueo, en quien se concreta esta llamada que nos hace a cada uno de nosotros.

Sabemos que Zaqueo era un cobrador de impuestos, poco querido por la gente, despreciado por muchos. Seguramente había tenido comportamientos hostiles hacia los demás, seguramente había pecado mucho: como tu y como yo. Sin embargo, este hombre tiene algo que resalta y que llama la atención: él tiene un corazón en búsqueda. Ese corazón inquieto del que habla San Agustín.

Dice la Escritura que Zaqueo escuchó que Jesús iba a pasar por allí y que deseaba conocerle, pero que la gente se lo impedía porque era bajo de estatura y no podía alcanzarlo. Cuántas veces nos pasa a nosotros que, a pesar que sabemos que podemos tener un encuentro con Cristo, no podemos verle; pero no porque Él no está, sino porque nos hemos quedado quietos, justificándonos en aquello que no nos permite verlo. Muchas veces excusas que se desprenden del sentimentalismo: “es que no tengo ganas, no siento nada”. “Es que no puedo porque he pecado mucho, no me siento digno. Dios no me va a recibir”. O tantos otros obstáculos, heridas, pensamientos internos que no nos permiten verle.

Continúa la Escritura contando que Zaqueo corrió y se subió a un árbol para poder ver a Jesús cuando pasara. Lejos de quedarse quieto y lamentarse en aquello que parecía un impedimento, decidió - obedeciendo a una voluntad guiada por el deseo de conocer a Cristo - ponerse en acción y hacer algo al respecto. ¿Acaso no pasa también eso en la vida de cada uno de nosotros? ¿Acaso no tenemos siempre la libertad de quedaros sentados lamentándonos o de levantarnos y hacer lo que haga falta para ir al encuentro de aquello que sabemos que necesitamos? Zaqueo obedece al reclamo de su corazón inquieto y se pone en marcha: se sube al árbol.

¡Cuánto nos falta tomar esta figura también nosotros y hacerla vida! Subir al árbol de la Cruz. Aquella Cruz que pesa, que duele. Porque siempre es duro enfrentarse a uno mismo: al pecado que nos ata, a la miseria que nos envuelve, al dolor que nos paraliza. Siempre duele reconocer las heridas, los defectos, la mediocridad. Pero una vez que se comienza ese camino de reconocimiento, por fin podemos ver a Cristo. ¿Por qué? Porque a Él siempre le encontraremos en el camino De la Cruz. Porque nuestro Dios es un Dios que acompaña, que camina con nosotros.

Entonces Zaqueo se sobrepone a los impedimentos y hace algo al respecto. Él da un paso y eso fue suficiente para que Jesús pueda actuar: Cristo lo mira. Se encuentra la mirada divina con nuestra mirada humana que lo buscaba: los ojos De Dios resplandecen. ¡Cómo habrá sido esa mirada de amor! Imagina los ojos de Cristo, mirando muy dentro de tu alma, que Él conoce ya muy bien. Y Jesús no solo lo mira, sino que lo llama por su nombre: Zaqueo, baja pronto, hoy me quedaré en tu casa. A Jesús, que sabe muy bien quien ese ese hombre y su pasado, no le interesa nada más que ese encuentro.

Jesús te mira como miró a Zaqueo y te ha dicho: hoy me quedo en tu casa. Hoy me quedo contigo. No me importa nada de lo que hayas hecho antes. No me importa quien crees tú que eres. Importa que tu mirada y la mirada de Cristo se han encontrado. Y eso es todo.

La mirada de Dios penetra hasta lo más íntimo de nuestro ser y nos grita con amor: ¡cuánto esperaba este momento de encuentro!

Dice la Palabra que Zaqueo bajó enseguida y recibió a Jesús muy contento. Zaqueo hizo lo que Jesús había dicho: corrió hacia Él sin perder ni un segundo, con el corazón desbordando de alegría. Zaqueo goza en el encuentro con Cristo. Aunque el murmullo de la gente se haga fuerte, aunque comenten sobre nuestro pasado, la verdad es una: Jesús ha venido a encontrarse conmigo, que soy pecador, y eso es lo único que importa ahora.

Pero es verdad que este encuentro tiene un fruto inmediato: la conversión. Porque la conversión es momento esencial después del encuentro personal con la mirada amorosa de Dios. Porque alguien que realmente se ha encontrado con Él no puede dejar su vida igual: TIENE que haber un cambio. Porque el encuentro con Cristo nunca nos va a dejar como estamos. El encuentro con Cristo nos va a elevar a ponernos en marcha a aquello para lo que hemos sido creados: santidad. El encuentro con Cristo va a implicar necesariamente dejar al hombre viejo para comenzar, con verdadera voluntad y con ayuda de la gracia, a construir al hombre nuevo: al hombre nuevo en Cristo. Zaqueo decide cambiar su vida: Cristo marca un nuevo comienzo.

Jesús ha venido a salvar, a dar vida nueva, a sacarnos de la mediocridad de la vida sin Él. Ha venido a llevarnos con Él y no quiere que lo sueltes. Y efectivamente, el Hijo de Dios ha venido a buscar aquello que estaba perdido. El Hijo de Dios ha venido a encontrarte: a que te encuentres con Él. El Hijo De Dios te ha llamado, y te ha amado, desde antes de la creación del mundo para que, a partir de ese encuentro, permanezcas muy cerca de Su Corazón.

Quiero, Jesús, responder a esa llamada que me haces. Quiero, como Zaqueo, poder vencer la incomodidad y el dolor de subirme al árbol que sea necesario para poder verte. Concédeme el poder dominar mi voluntad, para obedecer al profundo deseo que tengo en mi alma de encontrarte. Concédeme permanecer fiel después del encuentro y desear, con todo mi corazón, dejar de ofenderte para comenzar una vida nueva contigo.

Concédeme, Jesús, comenzar a entender el regalo de mi vocación: de mi llamada. Ayúdame a entender hacia donde me llevas y poder responder con generosidad. Ayúdame, Señor, a encontrarme contigo.

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