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Santidad:

cuestión de amor

01 Nov - 22

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Su reino no tendrá fin

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Ayer en Misa escuchamos lecturas hermosas que tenían un tema en común: la llamada. Cristo nos ha hecho, somos suyos. Viene a nuestro encuentro y nos espera desde siembre. No deja de buscarnos.
En la primera lectura escuchábamos del libro de la Sabiduría: ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?,o ¿cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado? Y en el Evangelio nos encontramos con Zaqueo, en quien se concreta esta llamada que nos haces a cada uno de nosotros.

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Cristo llama y en su voz amorosa encontramos el sentido de cada uno de nuestros días: de nuestras tareas, de nuestro cansancio, de nuestra entrega, de nuestra existencia. Esa voz nos exige insistentemente solo una cosa: santidad.

Y la llamada que nos hace a ser santos no es otra cosa que una llamada a estar con Él para toda la eternidad. Quiere que nuestra existencia, aparentemente insignificante y fugaz, sea compartida para siempre con Él. ¡Para siempre! Por un tiempo sin fin. Porque es verdad que el llamado a ser santos es una exigencia, un deber del cristiano, pero no porque tenemos un Dios caprichoso, sino porque tenemos un Dios amoroso que quiere que estemos con Él. Ser santos es la única manera que tendremos para entrar al cielo. Por eso ha venido el Hijo de Dios a ganarnos la vida eterna: nos ha comprado con su sangre. ¿Somos capaces de rechazar todo ese amor?

Y este ideal de santidad, aunque suena intimidante y parece esconder grandes entregas, realmente esconde todo lo contrario: esconde santos que se forjan todos los días, en lo cotidiano, en la entrega diaria, en lo pequeño hecho con gran amor. En lo ordinario está la receta de tu santificación, de tu salvación. La vida eterna la conquistas todos los días, con las pequeñas renuncias, con los pequeños esfuerzos, cuidando el amor en los detalles. El santo se forja en lo escondido, en lo silencioso de la vida anónima, que es trascendente solo porque se está conquistando la vida eterna. Me has llamado, Señor, para que siga siendo gente corriente y a la vez luz del mundo, sal de la tierra.

Y por eso podemos decir con Santa Teresita: Dios no inspira deseos irrealizables, por eso a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Ser santos no es solo una invitación divina: es un deber, una exigencia. Hay un compromiso que debemos asumir para llegar a este ideal: ideal completamente posible de realizar, puesta toda nuestra voluntad e implorando la gracia para lograrlo. Cristo nos pide esfuerzo, nos pide compromiso, nos pide entregarnos por completo, y se compromete a realizarlo con nosotros.

Hoy, 1 de noviembre, recordamos y celebramos a todas aquellas personas que, siendo como nosotros, apostaron todo por Cristo y vivieron decididos a cumplir con su gran ideal: llegar al cielo y estar con Él. ¿El secreto de los santos? La profunda intimidad con Cristo que los empujó a vivir heroicamente el amor.

Jesús nos llama a la vida, nos grita como a Lázaro: ¡levántate y sal fuera! Nos mueve, con su llamada, a la vida eterna. Él nos espera, y nuestra respuesta debe ser un sí generoso a vivir nuestro camino de santificación: sí a su voluntad, sí a sus planes, sí a las renuncias que nos pida, sí al servicio a los demás, sí a anunciar el Evangelio. Sí a conocerlo íntimamente en nuestra oración personal, sí al compromiso de tener una vida interior seria. Sí a asumir que nuestra santificación es nuestra empresa más importante porque es la más trascendente: es aquello que definirá con quién viviremos eternamente.

Pidamos a todos los Santos que rueguen por nosotros. Pidamos que nos enseñen a vivir el mismo amor heroico que ellos vivieron, que nos muestren el camino de la intimidad con Jesús, que nos ayuden a subir a la Cruz con amor y continuar amando aún sufriendo. Pidamos a nuestros amigos en el cielo que nos contagien su alegría, su vida divina, su pasión de apostolado. Que de todos ellos podamos aprender que seguir a Cristo vale la vida eterna.

Tu y yo hemos sido llamados a la santidad de vida. ¿Cuál será nuestra respuesta?

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