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Un sólo propósito:

amarle y amarle mucho

19 Enero - 23

Ser sal y luz

Hemos sido creados para ser sal y luz del mundo. Cristo ha querido valerse de nosotros, con nuestras debilidades, pecados, imperfecciones y faltas de amor. Él ha querido que nosotros colaboremos en su proyecto de salvación porque quiere que todos los hombres le conozcan y le amen. ¿Es posible ser sal y luz en medio de un mundo que parece rechazar a Dios? No solo es posible, es necesario; porque aunque parezca un mundo que lo rechaza, en realidad lo reclama a gritos, lo necesita, lo demanda. Es un mundo que necesita amor porque se está muriendo de frío. En medio de eso, estamos llamados a ser fuego que haga arder la tierra.

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Epifanía: Dios al descubierto

esus, te encuentro Niño, sobre el pesebre, entre los cuidados de María y de José. He llegado con los Magos a adorarte: he hecho con ellos el camino.
Te hemos descubierto, hemos visto al Rey escondido, que hoy se muestra al mundo. Un mundo que, muchas veces, no lo reconocerá. Que difícil es rendirse a lo pequeño, a lo aparentemente insignificante que esconde la grandeza de lo divino.

Se arrodillan los magos y me arrodillo yo también. En la maravilla de la peregrinación para encontrar a un Niño, envuelto en pañales, se esconden revelaciones importantes que pretendo atesorar de a partir de ahora.

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Hasta el cielo, Benedicto

En su primera homilía pública hace ya casi 17 años, Benedicto XVI nos decía: «Mi verdadero programa de gobierno no es hacer mi voluntad, no es seguir mis propias ideas sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y la voluntad del Señor». Esta frase es el reflejo mas profundo de su pensamiento.

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Totus Tuus: la Consagración a María

Ayer, Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, nos consagramos a la Virgen. Han sido semanas en las que María se ha hecho presente de manera extraordinaria, ha estado gritando nuestro nombre, mi nombre. Me he sentido personalmente llamada y profundamente amada. He comprendido que Jesús me quiere para Él y quiere que lo ame como quiere ser amado: con todo mi ser. Y, ¿quién mejor que María para enseñarme cómo?

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Que maravilloso es saber que Cristo busca intimidad con cada uno de nosotros. Él nos ha llamado a estar con Él, ha conocerle, a servirle, a amarlo y trabajar para que otros le amen, ¡pero cuántas veces hemos rechazado esa invitación! Y se que no es fácil identificar las veces en que no hemos respondido, pero hagamos un examen rápido que nos ayude a clarificar.

Jesús nos ha llamado a ser santos, y no esa santidad adornada con milagros extraordinarios (que ojalá algún día nos llegara), sino esa santidad ordinaria, de amarle en lo cotidiano, en lo diario: hacer tiempo para Él en nuestra vida común. Tenerle presente, hacer vida divina la vida corriente. Esa santidad que se forja viviendo el amor con obras.

De pronto caemos en cuenta de que el tiempo que hemos vivido, cada minuto, cada día, era un regalo: era gracia para forjar la santidad propia y colaborar en la santidad de los demás. Pues el tiempo, para los que estamos en el camino del Señor, vale eternidad. ¿Y qué hemos hecho? ¿Qué he hecho yo con el tiempo que Dios me ha regalado? ¿Acaso he aprovechado cada día para vivir la vida divina a la cual me llama? Y duele, porque sabemos que hemos desperdiciado tantos días, tantas oportunidades de entregarnos. Sabemos que le hemos dicho que no con una dureza que Él no merece. Y duele el corazón, pero con dolor que debe convertirse en reparación: dolor que invite a hacer el propósito de no desperdiciar más el tiempo que Él te regala.

Y así es Jesús, corrige, pero te muestra el camino. Te invita a hacer el cambio - no mañana ni en un año - hoy. Porque la santidad no puede - no debe - esperar. Hoy tenemos tiempo, hoy estamos vivos, hoy podemos pedir la gracia, hoy estamos forjando nuestra eternidad. Mañana, ¿quién sabe?

El otro día que meditaba sobre esto, encontraba ocho maneras de concretar el amor, de configurar el día de cara a Cristo, para ser capaces de aprovechar el tiempo. La clave: organiza bien tu vida y verás como no desperdicias ni un minuto. Si, porque la vida con Dios requiere organización: la santidad no se improvisa.

1. Despierta cada mañana y piensa en Jesús: entrégale tu día. Comienza con Él. Ofrécele el tiempo, pide la gracia para hacer con amor aquellas tareas diarias, para recibir con alegría los cambios de planes, los regalos que Él tenga para ti. Dispongamonos a vivir el día lo mejor que podamos cumpliendo el deber que nos ha encomendado, dejándole la Mano libre a que Él acomode lo que quiera.

2. Ni un solo minuto de tu vida en pecado mortal. ¡Corramos de la tentación! Y si caemos, corramos al confesionario. Atesoremos el regalo de poder vivir en gracia, en amistad con Cristo. No perdamos esa comunión, ¡cuidémosla a muerte!

3. Evita el pecado venial deliberado: que no desaprovechemos oportunidad para agradarle a Cristo y hacer algo por Él. Estemos atentos a las inspiraciones del Espíritu Santo que nos instruyen en el camino de santidad. Atentos para ser capaces de escuchar y de responder, de actuar. Que la falta de amor no protagonice ni uno solo de nuestros días.

4. Busca la recta intención en cada acto, decisión y pensamiento. Que dejemos el yo para pensar solamente en Él, y que seamos capaces de dejarnos a nosotros mismos para agradarle cada vez más. Jesús, como Tú quieras, cuando Tú quieras; a pesar de mi.

5. Cultivemos la vida interior: que nuestra vida espiritual esté nutrida por la oración diaria, por la Misa, la visita al Sagrario, la Adoración Eucarística, el rosario, la comunión, el apostolado. Busca estos tiempos de intimidad, porque si no hay relación personal con Cristo, no hay nada.

6. ¡Generosidad! Para entregarnos completamente, para dárselo todo. Generosidad que nos permita no reservarnos nada, desgastarnos, decirle que sí mil veces al día, todas las veces que sea necesario. Generosidad para entregarle nuestra vida para que Él la viva con nosotros. Y generosidad con los demás, con los hermanos, en el servicio, en el apostolado, en la casa, con aquellos que nos cuesta amar. Porque ahí se traduce nuestro amor a Dios, ¡donarnos, aunque a veces cueste tanto!

7. Fidelidad. Fidelidad para no abandonar el plan de vida con excusas tontas. Fidelidad para hacer oración cuando cueste, para rezar aún sin sentir, para cumplir los deberes, para hacer bien el trabajo que no queremos. Fidelidad que nos permita perseverar en días de sol y en días de tormenta. Fidelidad que eduque el amor.

8. Examen de conciencia al terminar el día: una revisión bien hecha. Jesús, ¿en qué te he dejado de amar hoy? ¿En cuánto te dije que no? Pedir perdón, y poner los medios concretos para no repetirlo al día siguiente. Pedir la gracia de una conciencia iluminada que nos ayude a recordar la falta cuando estemos a punto de caer, para evitarla y corregir.

Un día a la vez vamos forjando el caminito de santidad. A veces parecen muchas cosas difíciles de cumplir, pero pidamos a Cristo la gracia de la fidelidad diaria. Que estemos atentos a conversar con Él y entender lo que nos va pidiendo, o aquello en lo que quiere que trabajemos primero. Pongamos los medios, pidamos la gracia y tengamos paciencia. El alma que anda en amor ni cansa ni se cansa, decía San Juan de la Cruz. ¡Que no nos cansemos nunca de buscar amar más a Jesús! Que Él nos enseñe a amarlo cada día mejor.

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Hemos sido creados para ser sal y luz del mundo. Cristo ha querido valerse de nosotros, con nuestras debilidades, pecados, imperfecciones y faltas de amor. Él ha querido que nosotros colaboremos en su proyecto de salvación porque quiere que todos los hombres le conozcan y le amen. ¿Es posible ser sal y luz en medio de un mundo que parece rechazar a Dios? No solo es posible, es necesario; porque aunque parezca un mundo que lo rechaza, en realidad lo reclama a gritos, lo necesita, lo demanda. Es un mundo que necesita amor porque se está muriendo de frío. En medio de eso, estamos llamados a ser fuego que haga arder la tierra.

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