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Humildad: el

secreto de Francisco

04 Oct - 22

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Cristo desde la Cruz llamó a Francisco: Reconstruye mi Iglesia. Cristo lo llamó, con la Palabra creadora, con aquella Palabra que había puesto a funcionar el universo. Esa Palabra gritó a Francisco su vocación. Y él se puso en marcha. ¡Vocación grande, inmerecida! Que lo movió a dejar todo para conseguir un tesoro más grande: cumplir la voluntad divina.

¿Y cuál fue el secreto de Francisco? ¿Qué le permitió hacer semejante entrega? Un secreto enorme, clave en todos los grandes santos que se dejaron hacer por Cristo: la humildad. Humildad vivida a tal grado que permite a Cristo hacer las cosas a su antojo, sin ser estorbo ni impedimento; mas bien siendo instrumento que acelera su obra. Humildad que permite al alma desprenderse de toda seguridad para poner su única esperanza en Jesús y dejarle que se ocupe de todo.

Francisco, como solo los grandes santos saben hacer, se pone a completa disposición de la voluntad divina. Se abandona en las manos de aquel que le había llamado y le dice: Hazme instrumento tuyo. Se encuentra siempre disponible para la obra de Dios.

Vale la pena preguntarnos entonces en qué consistía esta disponibilidad a la voluntad de Dios. ¿Consistía acaso en cosas extraordinarias, en obras fuera de lo común, en grandes hazañas? Ya lo dice el mismo Francisco de esta manera, hablando a sus hermanos:

Pero el Señor no nos ha pedido, a nosotros, Hermanos Menores, ni hacer, ni reformar, ni defender nada en la Santa Iglesia. El mismo me ha revelado que debíamos vivir según la forma del Santo Evangelio. Vivir, sí, simplemente vivir. Eso sólo, pero plenamente. Siguiendo la humildad y la pobreza del Altísimo Señor Jesucristo.

Francisco sabía que el cambio que le pedía Cristo que realizara en la Iglesia no partía de realizar lo extraordinario, sino que partía de vivir el Evangelio plenamente: partía de hacer aquello que tenían que hacer. La llamada que recibió el santo desde la Cruz del Señor le exigía humildad para hacer las cosas solamente al modo de Cristo, olvidándose de él. Humildad para encarnar el Evangelio perfectamente: amando, sirviendo, abrazando la Cruz, haciéndose pequeño.

Y en esa humildad Cristo encontró el camino libre para reconstruir la Iglesia, y para forjar numerosos santos: para hacer lo que Él quiso.

Hoy Cristo nos exige la misma humildad de Francisco: humildad que le deje la Mano libre. Humildad que haga que desaparezca yo para que Cristo resplandezca. Humildad que me permita rendirme a sus planes para cumplir con su llamada, con aquello que me ha mandado hacer desde la eternidad, con aquello que me hará santo. Humildad para permitirle encargarse de todo, confiándome sinceramente en su Providencia. Humildad que me haga solamente querer amarle y servirle, que me haga sentirle cerca. Humildad que me lleve a la Cruz, al Calvario.

Jesús, enséñame a hacerme pequeño y solo agrandarme para cumplir tu voluntad. Que mi pecado, mis propios deseos y planes vivan ocultos en Tu Corazón de manera que Tú resplandezcas. Que tu voluntad guíe mi vida y que yo sea capaz cada día de poner todo en tus Manos amorosas, para así responderte.

Cristo, Tú me llamas y me necesitas dócil para acudir a esa llamada. ¡Me quieres humilde!

San Francisco, maestro de humildad, tómame en tus manos y llévame a la Cruz de Cristo para, desde ahí, contemplarlo contigo y vivir para Él.

San Francisco de Asis, ora pro nobis.

Aquí te dejo un podcast del Evangelio de hoy que te puede ayudar a cerrar la meditación sobre la humildad :).

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