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Solo Dios basta:

lo que aprendí de Teresa

15 Oct- 22

Haced lugar para el Rey

Comienza el Adviento. Cristo ya viene y es hora de despertar. Es hora de prepararnos para recibirle y ante esto me pregunto: ¿cómo está mi corazón?

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Su reino no tendrá fin

Cristo Rey del Universo. Esta semana meditaba sobre la implicancia de estas palabras en mi vida personal.
Escuchamos mucho hablar sobre el reino de Dios, sobre el reino de los cielos, pero ¿cuál es este reinado? ¿Dónde lo vemos? ¿Es algo que decimos en sentido figurado? ¿Es una metáfora?

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Amar aunque no sienta nada

Está oscuro y se me hace difícil verte. Te busco, pero no te siento. Es como si no estuvieras. Pareciera que todos mis esfuerzos son inútiles. Me siento sola y sobretodo desconsolada. Me desespera no encontrarte, a pesar de los esfuerzos.

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Santidad: cuestión de amor

Cristo llama y en su voz amorosa encontramos el sentido de cada uno de nuestros días: de nuestras tareas, de nuestro cansancio, de nuestra entrega, de nuestra existencia. Esa voz nos exige insistentemente solo una cosa: santidad.

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El corazón humano naturalmente desespera ante la incertidumbre. ¡Cuán a menudo nos encontramos angustiados, reclamando respuestas, acciones inmediatas o explicaciones! El corazón se rompe, porque le cuesta desprenderse de su propia seguridad para descansar en lo único verdaderamente seguro: Cristo mismo.

Santa Teresa de Jesús escribe que Dios es lo único que colma todas nuestras necesidades, hasta las más profundas: lo único y lo primero. Cristo, en sí mismo, contiene todo el sentido de nuestra existencia personal. Como dice Hechos de los Apóstoles: "pues en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17:28). En Cristo está la historia de nuestra vida, de nuestra vocación, de nuestro propósito; porque por Él hemos sido llamados. Y también en Cristo se esconden los mínimos detalles de cada minuto de nuestra vida: nuestros sentimientos, pensamientos, deseos, anhelos, impulsos interiores; hasta los que creemos fugaces y poco importantes. Incluso aquellos que creemos que nadie conoce.

Dios conoce nuestra espera. Dios conoce nuestras constantes consultas y, por el contrario de lo que solemos creer, siempre nos responde. Rompe el silencio y grita: ¡Espera, confía! ¡Espera con calma! Yo me estoy encargando. Y entonces te recuerda sus promesas: te conoce completamente, y no ha dejado nada al azar; te pensó perfectamente: no solo conoce tu interior, tus anhelos, tus pensamientos, sino que Él mismo los puso en lo más profundo de tu corazón.

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro.

Dios te ve en tu individualidad y te llama por tu nombre, donde quiera que te encuentres, te ve y te comprende porque Él te ha hecho. Y ahora que sabemos que somos completamente amados y conocidos, ¿por qué desesperamos? Nos corresponde profundizar en ese amor y meditar en ello, de manera que estemos cada vez más convencidos de esa realidad. Solo entonces seremos capaces de repetir con Teresa de Ávila: solo Dios basta, porque en Él confío, porque Él dispone todo en su sabiduría eterna, porque lo que Él me de será siempre lo bueno. Solo Dios basta porque el amor que me tiene me permite ver gracia y salvación incluso en la tormenta, en la Cruz, en el dolor, en el sufrimiento. Solo Dios basta y por eso debemos pedir la gracia y ejercitarnos en ver todos los acontecimientos de nuestra vida con mirada sobrenatural: sabiendo que nada escapa de sus manos, de su providencia.

Solo Dios basta y por eso podemos descansar en la espera, sabiendo que todo está bajo su control. Sobrenaturalizar la espera, calmando así al corazón cuando sea necesario, porque, como continúa el poema: la paciencia todo lo alcanza. En la espera Dios moldea tu fe, te prepara para recibir aquello que tiene preparado. En la espera se trabaja la confianza completa y rendida en el amor infinito de Cristo. En la espera aprendemos a identificar también dónde están los bienes eternos, infinitos; aprendemos a trabajar en negocios eternos porque comprendemos que estamos llamados más: a santificarnos, a invertir en nuestra alma, en nuestra vida interior, en nuestra reciedumbre. La espera es tiempo propicio para mirar hacia adentro, para allanar el camino, para crecer, para cuidarnos, para cultivar con calma aquello que Dios nos promete que pronto cosecharemos.

Aprendamos de Teresa a repetir todos los días: solo Dios basta. Aprendamos a aferrarnos al amor y esperar en Él. Profundicemos en estas palabras que sugieren que en Cristo estamos ya completos, que Él es el único que puede colmar todo lo que somos y soñamos. Solo Dios basta, y esto es verdad para quienes comprendieron que toda, absolutamente toda nuestra existencia está en Cristo. Tengamos presente la llamada eterna que encierra esta afirmación: Dios basta hoy y Dios basta eternamente. Fuimos creados para ser completos en Él.

Santa Teresa De Avila, maestra de vida interior y conocedora de los misterios del amor de Cristo, tómame de la mano y acompáñame a hacer vida aquello que tú asegurabas: solo Dios basta.

Santa Teresa de Jesús, ora pro nobis.

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