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Su reino no tendrá fin.

¿Qué implica el reinado de Cristo?

23 Set - 22

Jesús lloró.

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Cristo Rey del Universo. Esta semana meditaba sobre la implicancia de estas palabras en mi vida personal. Escuchamos mucho hablar sobre el reino de Dios, sobre el reino de los cielos, pero ¿cuál es este reinado? ¿Dónde lo vemos? ¿Es algo que decimos en sentido figurado hablando de la salvación? ¿Es una metáfora?

A veces resulta un término lejano o imaginativo, pero la realidad es que el reinado de Dios no es más que la soberanía absoluta que tiene el creador del Universo sobre todo aquello que ha creado. Cristo reina verdaderamente. Cristo reina hoy, vivo, presente, activamente. Pero su reino no es impositivo, no es de aplastar a quienes gobierna. Su reino es un reino de amor, al cual todos los seres humanos estamos llamados por ser amados por el Corazón de todo un Dios, que ha ganado el cielo para nosotros.

Nuestro rey resplandece Resucitado, pero también clavado en una Cruz. Nuestro rey luce una corona de vida eterna, precedida por una dolorosa corona de espinas, con la cual decidió hacer lo que ningún otro rey jamás: dar su vida por amor. Da la vida por nosotros, por ti. Y decide llamarte hijo, decide adoptarte en la familia divina y decide compartir contigo su vida divina. Este rey te quiere para Él. Te quiere suyo.

Y podemos estar seguros de que este rey, que nos toma como posesión, es un rey de infinito amor y de infinita bondad: se da Él mismo para que tengamos vida. Extiende sus manos llagadas para abrazarnos e invitarnos a conocerle. Nos abre la herida de su costado para mostrarnos Su Corazón, traspasado de amor por los hombres. Es un rey que tiene sed de nuestras almas, un rey que mendiga nuestro amor.

Cristo debe reinar en la vida de cada uno de nosotros para que el reino de los cielos se establezca en esta tierra, en la que parece tan lejano. Solamente cuando Cristo reina en nuestros corazones nos volvemos amadores, como Él. Y este reinado implica dárselo todo: tiempo, anhelos, planes, sueños, expectativas. Implica decirle cada día que tome el primer lugar. Implica comprometerse a darle el gobierno de todo, confiando en que gobernará con amor, con planes perfectos, con sabiduría divina. Que Cristo reine en nuestra propia vida implica también ir desprendiéndose de uno mismo para dejarse hacer, dejarse moldear y dejarse llevar por sus manos amorosas.

Solamente cuando le damos el primer lugar a Cristo en nuestras vidas personales, irá tomando también Él el primer lugar en lo exterior, en lo que nos rodea: el trabajo, la familia, la sociedad, la Iglesia. La Iglesia, que somos nosotros, ¡cuántas veces se olvida de hablar de Cristo! Que es su principal y más importante tarea. ¡Cuántas veces removemos a Jesús para poner objetivos y metas orientados a todo menos a la vida eterna! Busca primero el reino de Dios, nos dice Jesús, ¡y cuántas veces nos olvidamos! Nos olvidamos de que eso es lo más importante: lo único importante. Porque todo lo demás se nos da por añadidura. Porque si buscamos que Cristo reine todo lo demás toma su lugar, se ordena, se santifica, se pone en perspectiva de eternidad. Y, ¿existe algo más importante para nosotros que ganar el cielo?

No olvidemos nunca que la conquista del reino es una lucha constante y diaria. Contemplemos de nuevo a ese Jesús en la Cruz y entendamos que ese será siempre nuestro camino, pero que la vida triunfará, que ya somos vencedores aunque aparentemente no podamos verlo. Si nos cansamos, miremos de nuevo la Cruz y pidamos las fuerzas para caminar de nuevo. Nunca reneguemos de las espinas, del camino con la cruz a cuestas, de los martillazos; pues no hay camino distinto para llegar a Vivir para siempre.

Ahora que terminamos el año, acabemos con el firme propósito de hacer a Cristo rey de nuestras vidas. Dejarle todo a disposición. Entregarnos por completo con todo lo que eso implica. Confiar. Confiar en que el Rey que seguimos es todo amor y todo bondad. Confiar en que sus planes, sus caminos y sus maneras son siempre mejores que las nuestras. Amarle tanto que no podamos estar nunca lejos de Él. Trabajar con pasión para servirle, darnos a todos aquellos que Él ha amado con intensidad: a todos sus hijos. Decidamos servirle cuando muchos le han rechazado, han renunciado y le han dejado de mirar; con el propósito de vivir cada día para que los demás le conozcan y le amen, que le vuelvan a mirar. Pidamos la gracia de ser capaces de entregarnos sin reservas al servicio de un reinado eterno.

Seamos apóstoles del reinado divino. Para que Cristo reine, para que reine Su Corazón.

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