Esperar con María

Por Majo

Hoy sábado se siente un silencio especial, como del que intenta comprender lo que acaba de pasar ¿será real? Un silencio que espera que algo pase, un silencio que guarda en el corazón pena o tal vez angustia, pues Jesús no está más.

En este momento del año, suelo imaginar a los apóstoles después de la muerte de Jesús. Seguro tendrían el corazón roto, mucho miedo, mucha angustia… con ese sin sabor que permanece en la garganta y en el pecho cuando presenciamos una injusticia. Además, no solo habían perdido a su maestro; también perdieron a un gran amigo… todos juntos eran una familia. 

Pero dentro de todo este mar de preocupación, junto a una ventana con la mirada en el cielo y el corazón en las manos, yace nuestra Madre María. Para ella, no puede ser un día triste; pues la fe, la esperanza y el amor a su Hijo le traen paz para aguardar que se cumple lo que prometió: RESUCITAR. 

Jesús en medio del dolor y el sufrimiento en la Cruz, pensó en cada uno y nos dejó a su Madre para que nos cuidase y guiara hacia Él. Eso es amor de verdad, cuando incluso en el momento más difícil, se olvida de uno mismo para pensar en el bien del otro… así es Jesús. Desde el primer momento, María abrazó esa tarea. La imagino recibiendo a los apóstoles en el Cenáculo uno por uno… abrazándolos y consolándolos. Pero, sobre todo, recordándoles lo que seguro ya habían olvidado: “Se burlarán de Él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero después de tres días resucitará”… Los apóstoles tenían miedo, María no. Ella confiaba plenamente en los planes de Dios, su vida ha sido una continua entrega a su voluntad, un Fiat en cada paso… salto de fe, tras salto de fe… y este momento, tal vez el más importante, no sería la excepción.  

¿Saben por qué Jesús al resucitar no fue a mostrarse rápido a María, a su propia Madre? Jesús fue a visitar a quienes necesitaban ver para creer… pero bien dijo: Bienaventurados los que creen sin haber visto… y ¿quién es María sino la bienaventurada? Ella creyó desde siempre sin haber visto, ella estaba segura que al tercer día resucitaría y volvería en toda su Gloria para abrirnos las puertas del Cielo. 

Es a la luz de esa esperanza que se volvieron a encender los corazones de los apóstoles…¿será que resucitará? ¿será verdad? ¿habrá pasado ya? María es esa chispa que mantiene unida a la Iglesia en ese momento de dolor… guiando siempre las miradas hacia el mensaje de su Hijo, nuestro Salvador… con ternura, pero también firmeza. La imagino enviándolos a buscar a los que faltaban, pidiendo que se reúnan pues debían tener el corazón listo para recibir nuevamente a Jesús… ¡Que gran mujer! Fuerte y valiente. Nosotros también queremos apoyar nuestra fe en la tuya: sobre todo cuando llegan las dificultades y los momentos de oscuridad o tristeza. San Bernardo lo decía «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María»

Ella tuvo en sus brazos a un Jesús pequeñito, lo acunó y vio crecer para después tener que cargarlo nuevamente, pero al bajarlo de la Cruz. Vaya espada la que atravesó ese Corazón Inmaculado… hoy te abrazamos María. Así como Jesús nos encomendó a tu maternal cuidado, también nosotros cuidamos de ti. 

Hoy queremos estar a tu lado, queremos que sientas que no estás sola… fuiste el umbral que abrió nuestro paso al cielo, nuestro ejemplo de entrega, servicio y lealtad. Nuestro ejemplo de mujer santa… hoy te tomamos de la mano para no soltarte nunca más. 

No te preocupes María, aquí estamos… de rodillas junto a ti, alistando el corazón para la venida majestuosa de nuestro Señor. Lo volveremos a ver María y esta vez, será en la Gloria del Reino Celestial. 

Por Majo

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